6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #9
Eran exactamente la misma clase de comentarios que podemos leer en algunos autores latinos de entonces, aunque cabría preguntarse si la crítica a aquella institución romana era más afilada cuando venía de la pluma de un griego.
A Marco Aurelio los gladiadores le resultaban repetitivos y aburridos 121 .
En una alocución pública, Cicerón recordó con orgullo a sus oyentes que, cuando era edil, había patrocinado tres series de juegos: «Creedme, los juegos deleitan a la gente, no solo a los que lo reconocen, sino también a los que se lo callan».
Como siempre, Cicerón decía lo que hiciera falta por salir airoso en un discurso político.
En un contexto diferente, sin embargo (en concreto, en unos consejos que escribió para su hijo), su opinión fue bien distinta: los espectáculos de gladiadores y de cazadores de fieras, además de los banquetes públicos y los repartos gratuitos de carne sacrificada, eran «cosas que no van a reportar [a sus patrocinadores] sino un recuerdo insignificante de ellos, cuando no ninguno».
Mejor gastarse el dinero en otras formas de beneficencia: en pagar rescate por personas secuestradas por forajidos o en sufragar dotes para las hijas de tus amigos, por ejemplo.
Cicerón recicló unas palabras de Aristóteles a modo de recapitulación: «Estas cosas agradan a niños y a mujercillas y a esclavos y a los libres más semejantes a los esclavos, pero de ninguna manera puede aprobarlas un hombre serio y que sopesa con criterio ajustado lo que se hace» 122 .
«¡El filósofo Anneo Sénecas [sic] es el único escritor romano que condena estos juegos sanguinarios!
». Este grafito se halló en el segundo de los pabellones de los gladiadores de Pompeya, el de construcción más tardía.
Fue rascado en la pared de una estancia grande, identificada como comedor por su tamaño y su proximidad a la cocina.
Se suele interpretar como el cri de coeur de un gladiador descontento con su destino, quejoso ante la crueldad del mundo 123 .
Desde luego, es casi seguro que lo escribió un gladiador, pero, muy posiblemente, lo hiciera no por desesperación, sino mofándose de la excéntrica postura del famoso filósofo.
Fuera cual fuese su intención, podemos presuponer que el autor de la frase solo tenía un vago conocimiento de las ideas de Séneca, de quien ni siquiera escribió bien el nombre.
El gladiador que garabateó aquello en la pared acertó en una cosa: la principal crítica a los juegos era de naturaleza filosófica.
Las dos escuelas de filósofos más destacadas en tiempos del Principado eran el estoicismo y el cinismo.
Ambas compartían la fe en la fraternidad humana.
Era un concepto fundado sobre la idea de que todos los hombres tienen en su interior una diminuta porción de la razón divina (o logos, como la llamaban los estoicos) que rige el cosmos.
Podríamos suponer que esto implicaba una actitud hostil hacia los espectáculos de gladiadores, pero nos equivocaríamos si lo hiciéramos.
En la filosofía estoica, ser condenado a una escuela gladiatoria carecía de importancia, era moralmente irrelevante.
Lo único que contaba era la virtud interior.
Si poseías el alma de un hombre libre, seguías gozando de libertad real aun encadenado como un esclavo.
Por el contrario, si tenías alma de esclavo, ya podías ser el rey de Persia (un ejemplo habitual en aquellos discursos moralizantes) y estar sentado en un trono de oro, vistiendo seda y siendo adorado por miles de súbditos, que no dejarías de ser un esclavo.
La esclavitud (o, para el caso, la condición de gladiador) solo era una ficción jurídica.
El problema con los gladiadores era que resultaban demasiado emocionantes.
El mejor ejemplo lo encontramos en un relato de san Agustín sobre un estudiante que cursaba derecho en Roma.
Se llamaba Alipio y siempre había detestado los juegos gladiatorios, pero hizo amigos y compañeros de estudio que se lo llevaron con ellos a verlos.
Alipio les decía: «Aunque arrastréis mi cuerpo hasta allí, ¿seréis acaso capaces de concentrar mi espíritu y mis ojos en esos espectáculos».
Cuando por fin llegaron al anfiteatro, él vio que allí «todo se enfervorizaba en monstruosísimos placeres», pero, aun así, y fiel a su palabra, mantuvo los ojos cerrados.
¡Y ojalá hubiese taponado también sus oídos!
Porque, en un lance de la lucha, un hombre cayó; tras recibir el fuerte aldabonazo del enorme griterío del público entero, vencido por la curiosidad, [Alipio] abrió los ojos y fue más grave la herida que sacudió su alma que la que sacudió el cuerpo de aquel otro a quien quiso mirar.
Bebiéndose las furias, emborrachado con el cruento placer del combate, ya no era aquel que había venido, sino uno más de la multitud, un auténtico compinche de aquellos por los que se había dejado llevar 124 .
Agustín era cristiano, bien lo sabemos, pero el modo de pensar del que aquí hace gala estaba muy influido por su amplia lectura de la filosofía pagana. Aunque con un lenguaje menos evocativo, Séneca vino a decir más o menos lo mismo:
Nada resulta tan perjudicial para las buenas costumbres como la asistencia a algún espectáculo [gladiatorio], ya que entonces los vicios se insinúan más fácilmente por medio del placer.
[…] ¿Me vuelvo más avaro, más ambicioso, más disoluto?
¡Y hasta más cruel e inhumano!, porque estuve entre los hombres 125 .
La oposición filosófica a los juegos gladiatorios no tenía nada que ver con la compasión por quienes sufrían y morían en la arena.
Guardaba relación, más bien, con la amenaza al autocontrol de los miembros de la élite que acudían a presenciarlos.
El control de uno mismo era un elemento esencial de la identidad de esa élite.
Era lo que la separaba del resto de los mortales: desde los bárbaros del exterior hasta el resto de población del propio imperio ajena a esa élite.
Si, dejándote llevar por el entusiasmo, perdías el control de ti mismo, ya no eras mejor que la plebe que ocupaba el resto del graderío a tu alrededor; tal vez ni siquiera fueras mejor que los esclavos, los criminales y los cautivos bárbaros que saltaban a la arena.