Aquellos que van a morir 6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #8
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6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #8

En el este helénico, las lápidas funerarias de los gladiadores eran asimilables a las de los atletas de prestigio, una asimilación que, al parecer, era una impresión que el público griego compartía de forma bastante general.

De las ruinas de la localidad de Cibyra, en la antigua provincia de Asia, los arqueólogos han recuperado el conjunto más grande de representaciones visuales de combates de gladiadores conocido hasta ahora en el oriente helénico.

Varios de esos relieves escultóricos retratan a dichos luchadores de maneras harto inusuales.

En el arte de la mitad occidental del imperio, a los gladiadores se les suele representar en pleno duelo, con cierta distancia entre sus cuerpos.

Tanto si están combatiendo como si uno de ellos se ha rendido, lo que importa son sus armas (véanse las imágenes 2 y 5 del encarte fotográfico).

Algo muy distinto vemos, sin embargo, cuando nos fijamos en uno de los relieves de Cibyra (véase la imagen 8 del encarte fotográfico) 111 .

Los gladiadores están forcejeando entre sí, con los cuerpos muy próximos.

Las piernas de la pareja central están entrelazadas.

El del extremo derecho ha sido derribado hacia atrás.

Aunque ha perdido el casco, no se rinde, sino que continúa luchando al igual que su adversario.

Estas posturas están tomadas del arte que representa los deportes de combate griegos: la lucha y el pancracio (pankration, una especie de arte marcial mixta).

El artista —o el hombre que encargó la obra (entre varias más) para conmemorar en su tumba los juegos que había organizado— interpretó el combate gladiatorio desde la óptica del atletismo griego.

El griego que asistía a los juegos no se convertía en romano, pero la visión de aquellos gladiadores le suscitaba reflexiones acerca del poder del Imperio romano y de su lugar en él.

Los gladiadores simbolizaban la valentía marcial romana con la que se había conquistado el territorio imperial.

Todas las polis griegas estaban acostumbradas a guerrear desde mucho antes de la invasión romana.

De hecho, tal como Herodiano expresó, las contiendas entre ciudades helénicas habían desembocado en que todas ellas quedaran sometidas al yugo romano y esclavizadas por él 112 .

Pero la Pax Romana había desterrado todas las guerras lejos de allí, hacia fronteras lejanas, o, mejor dicho, las había confinado al simulacro que las representaba en el confinado recinto de la arena gladiatoria 113 .

Solo el emperador —o sus representantes (el gobernador, por ejemplo)— podía condenar a alguien a luchar o morir en la arena.

Todos los combates de gladiadores estaban ligados de un modo u otro al emperador.

Los no patrocinados por sacerdotes del culto imperial debían contar por ley con el permiso del emperador 114 .

Una de las inscripciones, hallada en la provincia de Tracia, de una serie que anunciaba la celebración inminente de unos juegos, sitúa de forma explícita al público griego dentro de la estructura del imperio.

Minicio, el sacerdote local del culto imperial, y su hija Minicia Firmina invitan a los ciudadanos de Nicópolis del Istro a una exhibición gladiatoria por la fortaleza, la seguridad y la vida eterna de los emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero, y en honor también de Faustina —esposa de Aurelio— y de sus hijos, del Senado y el pueblo de Roma, del gobernador de la provincia, y también del consejo y la población de la ciudad 115 .

Tanto el consejo como los ciudadanos de Nicópolis del Istro están allí presentes como grupos diferenciados que, aun formando parte del imperio, cabe ubicar en la base de la pirámide de poder.

Los juegos contribuían asimismo a reforzar las estructuras locales de autoridad.

El patrocinador del espectáculo poseía algún vínculo —por tenue que fuera— con el emperador, bien por ser su sacerdote, bien como receptor de alguna de sus misivas.

Aquello era un recordatorio de que el poder local dependía del lejano emperador, y el dominio de la élite de la ciudad se sostenía gracias al poder imperial.

Bien escribió Plutarco que los griegos siempre debían recordar las «botas romanas que tienen por encima de la cabeza» 116 .

La oposición de los filósofos

Algunos filósofos griegos —menos de los que se suele imaginar— extrajeron conclusiones muy negativas de su reflexión acerca de lo que vieron en la arena: aquello era un producto importado de los romanos que los helenos debían rehuir 117 .

Cuando los atenienses se plantearon organizar un espectáculo gladiatorio inspirado en los que se celebraban en Corinto (una colonia romana), el cínico Demónax —según Luciano, su biógrafo— les instó a no aprobar semejante resolución sin antes desinstalar el altar que tenían dedicado a la diosa Piedad (Eleos) 118 . No le hicieron caso.

Dion Crisóstomo, al tiempo que reprendía al pueblo de Rodas por sus defectos morales, les decía que las cosas eran aún peores en Atenas, pues, imitando a Corinto, los atenienses habían superado a todos los demás en su desmedida fascinación por los gladiadores.

Los corintios, al menos, celebraban los juegos en una quebrada a las afueras de la ciudad —un lugar sucio donde un ciudadano libre no querría ser enterrado siquiera—, pero los atenienses los organizaban en el teatro, en pleno centro urbano, bajo los muros de la Acrópolis, «de modo que muchas veces cae algún gladiador degollado, dicen, entre los mismos asientos donde tienen que sentarse el hierofante y los demás sacerdotes» 119 .

Estos dos filósofos quisieron jugar sobre seguro: enfocaron su atención solo en Atenas, centro tradicional de la cultura griega, y no en el mundo helénico en general, y su crítica a Roma era indirecta, pues los gladiadores habían llegado a través de la colonia romana de Corinto.

Por lo general, la respuesta de los intelectuales griegos al fenómeno gladiatorio consistió en ignorarlo.

Apenas si se menciona en la literatura helénica que ha sobrevivido.

Y las pocas alusiones que en ella figuran no son aprobatorias.

Plutarco creía que patrocinar semejantes espectáculos era un modo efímero y costoso de sobornar al pueblo.

Para el filósofo Epicteto, prodigar atenciones en ellos era una señal de ignorancia; no servían siquiera de tema apropiado para una conversación inteligente.

El orador Libanio los menospreciaba por infantiles 120 .