6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #7
En el siglo XIX y hasta ya entrado el XX , se creía que la oposición al fenómeno de la gladiatura se concentró en la mitad griega del imperio.
Se decía que aquellos luchadores nunca habían sido populares entre los grecoparlantes.
En el este había muchos menos anfiteatros, por ejemplo, y algunas de las críticas literarias más contundentes se habían escrito precisamente en griego.
Sin embargo, esa era una concepción basada en poco más que un juicio de valor victoriano, según el cual, dejando a un lado su homoerotismo y sus en ocasiones tediosos devaneos filosóficos, los griegos fueron superiores a los romanos en el plano moral 91 .
Pero, a mediados del siglo XX , el gran estudioso francés Louis Robert recopiló cientos de inscripciones para demostrar que los griegos habían acogido con entusiasmo el combate gladiatorio 92 .
Ahora conocemos el triple de inscripciones que en tiempos de Robert y estas no hacen sino corroborar sus conclusiones 93 .
En realidad, siempre había habido otras explicaciones al alcance de los investigadores para explicar los detalles que no encajaban con esa tesis.
Por ejemplo, las ciudades griegas no necesitaban construir anfiteatros porque podían reconvertir los teatros de piedra allí existentes o (con menor frecuencia) alguno de los extremos curvos de los estadios (stadia) atléticos.
De hecho, existe mucha literatura griega de tiempos del Imperio romano que ha sobrevivido hasta nuestros días (mucha más que en latín) y, en ella, las críticas a los espectáculos de gladiadores son pocas y muy separadas en el tiempo.
¿Existió una «élite grecorromana»?
Los romanos tuvieron una relación muy singular con los griegos 94 .
Aunque se enorgullecían de haber adoptado elementos concretos de las culturas de otros pueblos, estaban convencidos de que solo los griegos habían tenido una influencia profunda y modificadora en la cultura romana.
Por decirlo en los términos que usamos nosotros, los romanos aceptaban la idea de que se habían helenizado.
El proceso en sí no estuvo exento de controversia ni de oposición, pero, como reza la famosa frase de Horacio, «la Grecia conquistada a su fiero vencedor conquistó, y en el Lacio agreste introdujo las artes» 95 .
El uso del idioma es un buen indicador de ello.
Desde el último siglo a. C., los escolares romanos aprendían a leer y escribir en griego a la misma edad que comenzaban a hacerlo en latín.
También memorizaban pasajes enteros de Homero.
De hecho, para ser aceptado en la élite romana, no bastaba con saber griego; también era imprescindible demostrar cierta habilidad a la hora de utilizar citas oportunas de los clásicos de la literatura de ese idioma.
El griego estaba tan arraigado en la mentalidad de la élite romana que sus miembros podían expresarse en esa lengua hasta en los momentos de máxima tensión.
Al ver a Bruto entre sus asesinos, Julio César exclamó en griego: «¿Tú también, hijo mío? » 96 .
Los romanos y los griegos no solo tenían una relación especial, sino que hoy sabemos más sobre ella que sobre ninguna otra del estilo entre dos culturas coetáneas cualesquiera.
Ambas produjeron literatura que ha sobrevivido; ambas tenían el ya mencionado «hábito epigráfico» (colocaron numerosas lápidas y estelas con inscripciones, principalmente durante los dos primeros siglos d.
C.) y ambas crearon artefactos que han dejado rastros arqueológicos de múltiples tipos.
Hasta fecha bastante reciente, ese abundante material se interpretaba conforme a la cronología siguiente.
En los dos últimos siglos a. C., los romanos (o, al menos, su élite) se helenizaron.
En los dos primeros siglos d. C., los griegos (también en este caso, su élite, al menos) se romanizaron.
Los dos procesos dieron origen en algún momento indeterminado (¿tal vez hacia finales del siglo I d.
C.?) a una «élite grecorromana» unificada a escala de todo el imperio 97 .
En el contexto dibujado por esa visión ortodoxa de los estudios académicos sobre el tema, el origen romano de los gladiadores terminó en algún momento por «perder su importancia» en el oriente griego 98 .
El problema de un concepto como el de «élite grecorromana» es que no encaja con las pruebas y, en especial, con lo evidenciado por la literatura procedente del lado griego del imperio, tal como señalaron los investigadores a partir de los años noventa del siglo XX 99 .
Nadie niega que, a partir de la República tardía, la élite romana se helenizara a fondo.
Pero aún bajo el dominio del imperio, la élite griega se aferró tozuda a su identidad diferenciada.
Tal adhesión a la tradición propia podía manifestarse a través de vías extrañas 100 .
El historiador Herodiano explicó las costumbres de Roma a su público griego en el siglo III d.
C., cuando Grecia llevaba ya cientos de años bajo dominio romano, como si fueran las de un pueblo nuevo y extraño.
En varias novelas griegas ambientadas en el mundo de aquel entonces, ni siquiera se hace mención al Imperio romano; es como si no existiera.
De ello no cabe deducir que los griegos vivieran enfrentados al dominio ejercido por Roma; de hecho, solo un puñado de lunáticos defendía la rebelión.
La élite helena prosperó bajo la Pax Romana.
Muchos de sus miembros obtuvieron la ciudadanía y alcanzaron el rango de équites; algunos incluso llegaron a ser senadores.
No fueron pocos los que aprendieron latín y unos cuantos contrajeron matrimonio con cónyuges de familias del occidente latino.
Roma respaldaba el poder de las élites griegas en las ciudades propias de estas.
En ocasiones, los prohombres griegos hacían orgullosa ostentación de su ciudadanía romana.
En otras, sin embargo, se identificaban plenamente con su condición de helenos.
Transitaban entre las identidades griega y romana según el contexto.
Pero nunca proclamaron su adscripción a una construcción identitaria mixta, mezcla de ambas, es decir, «grecorromana».
Cayo Julio Antíoco Epífanes Filopapo es un buen ejemplo.
Nieto del último monarca que reinó en Comagene, senador y cónsul romano en el 109 d.
C., encargó que edificaran su tumba en la Colina de las Musas en Atenas.
Las esculturas —efigies suyas— allí instaladas eran toda una declaración de sus dos identidades: en el piso superior, se le ve sentado, vestido como miembro de la élite griega; en el inferior, aparece subido a un carro, envuelto en una toga romana y acompañado de doce lictores 101 .
¿En qué lugar dejan las interpretaciones más recientes el fenómeno de la gladiatura en la mitad griega del imperio?
Un griego que acudía a ver juegos de gladiadores en la mitad oriental del imperio sabía que iba a presenciar un espectáculo importado de Roma.
Los griegos no crearon una terminología en su propio idioma para los diferentes tipos de gladiadores, sino que se limitaron a transliterar los nombres romanos (retiarius, secutor, etc.) en caracteres helénicos 102 .
Artemidoro se disculpó por emplear estos préstamos no griegos en su La interpretación de los sueños 103 .
Ni los gladiadores ni las luchas con fieras se incorporaron nunca a certámenes tradicionales griegos como los Juegos Olímpicos 104 .
En el oriente del imperio, casi todos los gladiadores aparecían en festivales relacionados con el culto a los emperadores, ya fuera al que reinaba entonces o a otros emperadores «buenos» anteriores, deificados en Roma tras su muerte.
La lengua, los ritos y la arquitectura de ese culto imperial eran enteramente griegos 105 .
Aun así, jamás se olvidaba que se trataba de un ejercicio de veneración a un gobernante no heleno.
De hecho, ningún griego llegó a ser emperador en los tres primeros siglos d.
C. Los intelectuales grecoparlantes se esforzaron por exagerar la influencia de los asesores helenos en la obra de los emperadores romanos «buenos», a tal punto que incluso se inventaron conexiones y vínculos imaginarios.
Si no los gobernaba uno de los suyos, los griegos al menos podían sentirse mejor si demostraban que el extranjero que era su autoridad máxima en aquel momento seguía el consejo de alguno de sus intelectuales 106 .
Los espectadores griegos veían a los gladiadores a través de sus propios filtros culturales.
Aunque los tipos específicos de aquellos se conocían por términos que eran préstamos latinos, otras descripciones más generales sí se asimilaron al griego.
Llamaban a los combatientes monomachoi (luchadores individuales), con connotaciones propias de los duelos heroicos homéricos 107 .
El combate en sí pasó a denominarse pygme o agon, palabras con las que se designaban de forma específica los combates de boxeo o las «competiciones» en el ámbito del atletismo 108 .
Describían los juegos en sí (munera en latín) como una «liturgia» 109 o un «afán de honor» (philotimia) 110 , expresiones con las que los griegos se referían tradicionalmente también a las aportaciones que los ricos realizaban a la polis.