6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #6
Los galos tenían una tradición prerromana de duelos rituales entre parejas de luchadores masculinos que se disputaban tanto antes de las batallas como en los grandes banquetes, lo que facilitó la aceptación allí de los combates gladiatorios 79 .
Asimismo, por la práctica celta de sacrificios humanos públicos —incluida la quema de víctimas introducidas en el tristemente famoso «hombre de mimbre»—, los espectáculos de ejecuciones al mediodía durante los munera no resultaban inauditos ni grotescos en aquellas tierras 80 .
Y los galos, como todas las culturas antiguas, eran aficionados a la caza, así que las luchas matutinas contra fieras tampoco les chocaban por extravagantes 81 .
A partir de ahí, los galos añadieron sus propios giros distintivos a los juegos.
Inventaron dos nuevos tipos de participantes: unos gladiadores con armadura muy pesada llamados crupellarii 82 , y otros, los trinquii, «cuya presencia era esperada, tanto por la costumbre antigua como por los ritos sagrados, en las ciudades más espléndidas de la Galia» 83 .
Marco Aurelio asignó en su decreto a esta clase de gladiadores un precio no superior a los dos mil sestercios, el mismo que el de los más caros, el de los que luchaban en grupo (los gregarii).
Tal vez fueran combatientes que no se esperaba que sobrevivieran, pues en el propio texto del decreto se señala que los procuradores imperiales no debían vender a un hombre condenado a muerte por menos de seis áureos (equivalentes en realidad a mil ochocientos sestercios).
No deja de resultar irónico que los galos crearan nuevas tipologías si tenemos en cuenta que una clase popular de gladiador en época de la Roma republicana eran los conocidos como «galos», si bien esta figura ya había desaparecido en el siglo I d.
C., cuando los munera se difundieron por la Galia.
Las provincias galas añadieron otros elementos característicos a los juegos.
En Lyon, los mártires cristianos destinados a morir pasaban primero a la carrera por un pasillo formado por hombres armados con látigos para ser flagelados «según la costumbre local» 84 , una práctica no registrada en ningún otro lugar.
Además, si bien, en general, quienes participaban en las cacerías de fieras eran combatientes profesionales de categoría baja, en varios textos del sur de la Galia se menciona entre los ursarii (los «cazadores de osos») a jóvenes de familias locales de buena posición 85 .
Los galos edificaron anfiteatros convencionales —como los hoy famosos de Arlés y Nimes—, pero también otros específicos y diferenciados para los espectáculos gladiatorios, casi sin equivalente en el resto del imperio.
Son los denominados por los arqueólogos «teatros-anfiteatros» o «edificios mixtos».
Los había de dos tipos: el «semianfiteatro», que tenía una arena elíptica normal a la que se le añadía un pequeño escenario; y el «teatro-anfiteatro» propiamente dicho, donde la orquesta típica de los teatros se sustituye por un pequeño coso y arena con un muro a modo de podio 86 .
Como hemos visto, en las provincias galas, los edificios destinados a los juegos gladiatorios solían construirse no en ciudades, sino en el campo.
A menudo se emplazaban junto a un santuario celta anterior a la llegada del Imperio romano 87 .
Cuando un espectador asistía a una jornada de juegos gladiatorios, estuviera donde estuviese en el imperio, sabía qué podía esperar ver en términos generales, pero las especificidades locales podían sorprenderle.
Era como si los espectáculos fueran siempre los mismos, pero siempre diferentes también.
J USTIFICACIÓN Y OPOSICIÓN
Preparándose para la guerra
De joven, Antíoco IV, rey seléucida de Siria, estuvo muchos años en Roma como rehén diplomático.
Cuando regresó a Oriente para asumir su trono (175 a.
C.), se llevó numerosas costumbres romanas consigo.
Ataviado con toga, solicitaba «votos» en el mercado de Antioquía y, una vez «elegido» edil o «tribuno», dictaba sentencia sentado en una silla curul de magistrado romano.
Esa forma tan foránea de comportarse, unida a su impropia ligereza y su costumbre de beber con las clases bajas e, incluso, de bailar desnudo en los banquetes, indujo a alguno de sus súbditos a pensar que estaba loco.
Su epíteto oficial, Epífanes («dios manifiesto»), fue transformado entonces en el apodo «Epímanes» («loco»).
Una de sus importaciones culturales, sin embargo, logró un éxito rotundo: los combates de gladiadores.
El historiador romano Livio nos lo cuenta así:
Ofreció exhibiciones de gladiadores al uso romano, con más miedo que disfrute al principio por parte de un público no habituado a semejante espectáculo; pero luego, repitiéndolos con bastante frecuencia, unas veces hasta la primera herida y otras sin perdonar la vida, convirtió en familiar y placentero este espectáculo y despertó la pasión por las armas en buena parte de la juventud.
Y así, mientras que al principio solía traer de Roma gladiadores conseguidos a un elevado precio, al final ya tenía buena reserva de ellos en el propio país.
Según Polibio, Antíoco contrató en un festival a doscientas cincuenta parejas de gladiadores que, sumadas a los combates con fieras, dieron para unos treinta días de entretenimiento.
Se trataba de una exhibición a una escala sin parangón en aquel entonces en la propia Roma.
Sin embargo, en lugar de verlo como un precedente, tanto por su tamaño como por su combinación de luchas gladiatorias y con fieras, cuando Ateneo volvió a contar la historia mucho después, ya a principios del siglo III d.
C., la puso como ejemplo de la grandiosidad y la vanagloria características de los monarcas orientales.
Se advierte, asimismo, el tono ligeramente condescendiente y el racismo implícito de Tito Livio, que pensaba que ¡cómo no iban a quedarse aterrorizados los sirios al principio si, como los romanos de bien sabían, todos los orientales eran unos cobardes!
Aun así, incluso Livio tuvo que reconocer que la innovación funcionó.
Antíoco había entendido a la perfección la justificación romana del combate gladiatorio: era un espectáculo cuya contemplación preparaba a los espectadores para la guerra 88 .
Antíoco terminó recurriendo a voluntarios.
En Roma, la mayoría de los gladiadores eran esclavos, prisioneros de guerra o reos.
Los hombres libres que se presentaban voluntarios se rebajaban casi al mismo nivel de aquellos.
Los orígenes humildes y el bajo estatus de los gladiadores en los combates romanos añadían fuerza al mensaje moral.
Eso venía a decirnos Plinio el Joven en su Panegírico de Trajano, pronunciado en el año 100 d. C.:
Seguidamente, asistimos a unos juegos nada afeminados ni blandos, que pudiesen debilitar o quebrantar el vigor del hombre romano, antes bien, tan admirables que enardecían a los espectadores incitándolos a afrontar nobles heridas y a despreciar la muerte, al ver el amor a la gloria y el ansia de la victoria incluso en los cuerpos de los esclavos y de los criminales 89 .
Si semejante escoria podía hacer gala de tal valentía ante el acero una vez aprendida la lección, ¿cuánta más no podrían demostrar los ciudadanos romanos espectadores de aquel despliegue?
La justificación nunca dejó de ser la misma.
El tardorrepublicano Cicerón era muy poco aficionado a los juegos anfiteatrales, sobre todo cuando los organizaba algún oponente político.
En la década del año 40 a. C., escribió con tono particularmente desaprobatorio de los hombres libres que se rebajaban a luchar en la arena: «En aquellos días en los que quienes combatían a muerte eran los criminales, […
] es evidente que para los ojos no podía haber una escuela más eficaz contra el dolor y la muerte».
Casi medio milenio más tarde, en torno al 400 d.
C., el desconocido autor de la Historia Augusta jugó con esa idea en su pseudoerudita ficción.
Máximo y Balbino, dos efímeros emperadores aclamados por el Senado en Roma, patrocinaron unos juegos gladiatorios antes de que Máximo (a quien conocemos más por el nombre de Pupieno) partiera a enfrentarse contra el emperador reinante, Maximino el Tracio, en el 238 d.
C. Tanto si aquellos juegos tuvieron realmente lugar más allá del texto que los narra como si no, los traigo a colación aquí porque me proporcionan una oportunidad para hablar sobre los orígenes de la costumbre.
Para empezar, al lector de la Historia Augusta se le asegura que «muchos afirman» que los combates gladiatorios comenzaron como un ritual sagrado, una ofrenda de sangre a Némesis en forma de batalla.
Todo eso es una ingeniosa invención —nadie más escribió nunca nada sobre un origen parecido— que parece inspirarse en el concepto de devotio, por el que un general se ofrecía a sí mismo a los dioses del inframundo para que le concediesen una victoria para Roma.
Sin embargo, a continuación, el autor descarta esa posibilidad y da un ligero giro al argumento para convertir la justificación convencional en el origen mismo de los combates de gladiadores: «Otros han escrito, lo que yo considero más verosímil, que los romanos, cuando van a ir pronto a la guerra, deben ver luchas, heridas, armas y hombres desnudos peleando entre sí para que no teman en la guerra a los enemigos armados o se asusten de las heridas y de la sangre» 90 .
La justificación romana de los combates gladiatorios se mantuvo inalterada durante mucho tiempo, pero la idea no convenció a todo el mundo.
La reacción del mundo helénico