Aquellos que van a morir 6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #4
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6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #4

Hay un testimonio autobiográfico —aunque «embellecido» a posteriori para dejar bien a su autor— de alguien que cuenta que fue amenazado directamente por un emperador y que es un relato que no podemos desestimar como simple ficción retrospectiva.

Cuando Cómodo jugaba a ser Hércules, solo un senador tuvo el valor de arriesgarse a morir quedándose en casa.

Dion Casio y los demás acudieron y descubrieron que no corrían menos peligro allí.

Tras matar unos avestruces, el emperador se acercó a los senadores con la cabeza cercenada de un ave en la mano izquierda y una espada en la derecha.

Sin decir una palabra, sonrió y movió la cabeza «dejando claro que nos haría lo mismo a nosotros».

Dion Casio añadió: «Y, de hecho, muchos habríamos sido ejecutados allí mismo por reírnos de él —pues fue la risa, y no la angustia, la reacción que se apoderó en aquel instante de nosotros— de no haber arrancado yo unas hojas de laurel de mi corona para masticarlas, y no haber convencido a los que estaban sentados a mi lado de hacer lo mismo, de modo que el movimiento constante de la boca disimulara nuestras risas» 51 .

L OS ORÍGENES Y LA HISTORIA

Una creencia en la que todos los romanos coincidían era que los combates de gladiadores eran un producto cultural foráneo importado.

Donde ya no había tanta coincidencia era en las opiniones sobre su lugar de origen.

Algunos escritores antiguos lo situaban al norte, en Etruria; otros en Campania, al sur.

Los expertos modernos se dividen entre los que están a favor de un origen o del otro, aunque también los hay que combinan ambos: los gladiadores llegaron a Roma desde Campania a través de Etruria 52 .

En realidad, las pruebas de que disponemos sobre gladiadores prerromanos son tan tenues y abiertas a otras interpretaciones —¿son de verdad gladiadores lo que vemos en las imágenes etruscas?

— que no podemos tener certeza alguna al respecto.

Lo importante es que los romanos tenían el convencimiento unánime de que otro pueblo era el inventor de la gladiatura.

Y no lo tenían porque estuvieran tratando de traspasar las culpas de una institución moralmente cuestionable a otra cultura, ni mucho menos.

Los romanos se enorgullecían de haber adoptado elementos de otros: desde las técnicas agrícolas cartaginesas hasta la filosofía griega, pasando por las espadas hispanas, las cotas de malla galas o las tácticas de caballería nómadas.

A los romanos les gustaba creer que aprovechaban las cosas útiles de los pueblos a los que conquistaban y que ponían esos artilugios y prácticas al servicio del objetivo de alcanzar la máxima eficiencia y la perfección.

Esa convicción de ser un pueblo caracterizado por una singular (aunque también selectiva) apertura a otras culturas constituía una parte relevante de la identidad romana.

El primer combate gladiatorio en Roma del que se tiene registro tuvo lugar en los juegos funerarios de un senador llamado Junio Bruto Pera en el 264 a.

C. Sus hijos presentaron allí tres parejas de luchadores; según una fuente muy tardía, todos esos gladiadores pelearon como tracios (thraeces).

Los romanos posteriores tomaron aquel episodio como el momento inicial de introducción de la gladiatura en Roma 53 .

El carácter altamente competitivo de la élite senatorial pronto alimentó un aumento significativo en el número de combatientes 54 .

Para el siguiente evento conocido, en el año 216 a.

C., fueron presentadas veintidós parejas.

A medida que Roma fue conquistando nuevos territorios del litoral mediterráneo y la riqueza comenzó a fluir en masa a las arcas de la élite, la escalada no hizo más que proseguir: veinticinco parejas en el 200 a.

C., setenta en el 183 a. C., y setenta y cuatro en el 174 a.

C. En la época final de la República, las cifras habían alcanzado ya cotas asombrosas.

En el 65 a. C., Julio César patrocinó un espectáculo con trescientas veinte parejas.

En el 46 a. C., además de un número indeterminado de parejas que lucharon «como era costumbre», se organizaron varias batallas masivas: de infantería contra infantería, de caballería contra caballería, algunas combinadas (incluso con hombres combatiendo sobre cuarenta elefantes), y una naumaquia en un lago excavado de manera expresa en el Campo de Marte.

Todos estos espectáculos fueron iniciativas privadas y no formaban parte de ningún festival oficial auspiciado por el Estado.

Los primeros combates se celebraban con motivo de funerales y, de hecho, aun tiempo después, durante la República, siguieron manteniendo su vínculo con lo mortuorio, aunque la conexión con las exequias fue haciéndose cada vez más tenue.

Los juegos «funerarios» de Julio César en el 65 y en el 46 a.

C. fueron dedicados a su padre y a su hija, respectivamente.

Ambos habían fallecido hacía tiempo: su padre, unos veinte años antes; su hija, ocho.

Sin embargo, ni siquiera los romanos estaban seguros de cuáles eran los orígenes de las cacerías de fieras en la arena (venationes).

En algunos festivales religiosos romanos se cazaba o se sacrificaba ya desde antiguo a algunos animales autóctonos: en los juegos taurios (ludi taurei) se hacía lo propio con toros o se les prendía fuego; en las cerealias, se soltaba a zorros con antorchas encendidas atadas a la cola, y en las floralias se daba caza a liebres y corzos.

La existencia de esas tradiciones previas probablemente facilitó la aceptación y la incorporación posteriores de las venationes en los festivales oficiales.

La primera vez que se trajeron elefantes a Roma fue en el 275 a.

C., como parte del saqueo llevado a cabo por Pirro en el sur de Italia, pero parece ser que se los exhibió en un desfile triunfal y no se usaron en ninguna exhibición de caza.

También aparecen más elefantes —traídos de los cartagineses de Sicilia— en un desfile triunfal del 252 a.

C. Los autores romanos se muestran divididos acerca de la suerte que corrieron aquellos paquidermos sicilianos.

Unos escribieron que fueron llevados al circo para cazarlos; otros, que fueron perseguidos y golpeados por peones con lanzas de punta roma para humillar a tan poderosas bestias que los enemigos de Roma habían usado contra ella en la guerra previa 55 .

Del 186 a. C. data el primer espectáculo que fue sin discusión una venatio: concretamente, una cacería de leones y de panteras en los ludi magni.

A medida que el imperio fue expandiendo su territorio, también lo hicieron el número de animales y de orígenes exóticos de los mismos.

Sesenta y tres grandes felinos africanos y cuarenta osos y elefantes aparecieron en unos juegos patrocinados por los ediles en el 169 a.

C. Para inaugurar su teatro en el 55 a. C.

, Pompeyo organizó unos juegos con quinientos o seiscientos leones, más de cuatrocientos leopardos y una veintena de elefantes 56 .

A diferencia de los combates gladiatorios, las venationes sí formaron parte habitual de los juegos oficiales durante la República.

La primera ocasión en la que se combinaron gladiadores y venationes en un mismo evento fue en uno organizado por Julio César cuando ya era dictador, concretamente en los juegos que patrocinó en el 46 a.

C. 57 . Por la brevedad y el carácter singular del mandato de César, es imposible saber si aquello fue una excepción o pretendía convertirse en algo repetido y normal.

Tras su asesinato, la primera vez en que aparecieron gladiadores en un festival oficial fue en los cerialia del 42 a.

C. 58 . Además de casi todo lo que hoy valoramos como «típicamente romano», el reinado de Augusto (31 a.

C.-14 d. C.) fue también el momento en que se crearon los munera convencionales, con su división tripartita: fieras salvajes por la mañana; ejecuciones a mediodía, y gladiadores por la tarde.

A partir de entonces, un evento de ese tipo tenía que contar tanto con fieras como con gladiadores para ser considerado como un munus iustum atque legitimum: un espectáculo apropiado y legítimo 59 .

E L C OLISEO Y LOS ANFITEATROS

Los gladiadores ya disputaban combates mucho antes de que hubiera anfiteatros.

Las primeras construcciones en piedra erigidas expresamente como recintos de ese tipo aparecieron en la Campania tras la llamada Guerra Social, una revuelta contra Roma de sus aliados itálicos (91-87 a.

C.). Como ocurrió en el caso de Pompeya, cuyo anfiteatro es uno de los más antiguos, esos edificios se levantaron en localidades donde el dictador Sila (81-79 a.

C.) había confiscado tierras de los itálicos derrotados para instalar a soldados romanos en colonias.

Es un detalle que nos indica la popularidad de los espectáculos de gladiadores no ya en el Ejército, sino también entre círculos no elitistas más amplios, pues, a fin de cuentas, en aquel entonces, los soldados romanos todavía no eran profesionales.

Los anfiteatros simbolizaban las virtudes militares romanas y tal vez servían también para recordar a los lugareños quiénes habían vencido la guerra 60 .