Aquellos que van a morir 6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #3
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6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #3

Cuando se descubrió la pintura en 1868, se reconoció en ella la escena de unos disturbios descritos por Tácito.

En el 59 d. C., un hombre llamado Livineyo Régulo, a quien habían expulsado del Senado romano y que, a raíz de lo cual, se había mudado a Pompeya, patrocinó un espectáculo gladiatorio.

Lugareños y visitantes de la cercana localidad rival de Nuceria comenzaron a provocarse unos a otros «con la licencia propia de las ciudades pequeñas».

Las provocaciones desembocaron en insultos, estos en lanzamientos de piedras, y las piedras en acero desenfundado.

Muchos resultaron heridos de gravedad y hubo varios muertos.

Los nucerianos salieron peor parados y se quejaron al emperador.

El resultado fue que Livineyo Régulo y los dos principales magistrados de Pompeya fueron castigados con el exilio, y a la localidad se le impuso una moratoria de diez años para la celebración de espectáculos de gladiadores 37 .

¿Por qué Aniceto (o quienquiera que fuese el dueño de la casa) encargó a un artista que pintara aquella escena?

Cuando descubrieron la pintura, la encontraron flanqueada por otras dos a juego.

Ninguna de estas últimas ha sobrevivido, pero las conocemos por los dibujos que se hicieron de ellas.

Ambas representaban sendas parejas de gladiadores en el momento en que uno de ellos, derrotado, solicitaba clemencia.

En una, aparecía una tercera figura (probablemente, la de un árbitro, aunque a veces se la ha identificado como una mujer) que frenaba al gladiador victorioso.

Las tres se realizaron a modo de un único conjunto pictórico: las pintaron para ser vistas en grupo 38 .

Según una interpretación, conmemoran el levantamiento de la moratoria sobre los espectáculos gladiatorios.

Según otra —no incompatible con la anterior—, funcionan como una moraleja: si nos comportamos como lo hicimos en la pintura central, no disfrutaremos del placer de ver a los gladiadores que figuran en los costados.

Es posible que el lugar en el que se colocaron las pinturas en la casa fuese significativo.

No eran visibles desde la calle o, siquiera, desde el atrio, cruzado ya el umbral de entrada.

Para verlas había que atravesar a pie toda la casa y doblar a la derecha para entrar en el jardín del peristilo.

La casa en sí era pequeña: el atrio era diminuto y no había ninguna habitación de gran tamaño.

Las recepciones para los invitados debían de organizarse en el peristilo.

Así pues, las imágenes, protegidas de la mirada curiosa de los transeúntes y de los visitantes fortuitos que no pasaban del atrio, solo eran visibles para aquellos lo bastante amigos y conocidos de los anfitriones como para ser invitados al interior más íntimo de la casa.

Esto encajaría en una interpretación menos honorable, según la cual, los frescos servirían de polémico motivo de conversación para el dueño y sus acompañantes: «¿Os acordáis del día en que les dimos una paliza a esos nucerianos?

»; «sí, alguien vino a frenar a los gladiadores de los costados, pero fijaos en esos cadáveres en el suelo en la imagen central, ¡no dejamos a ninguno de esos desgraciados en pie»! 39 .

Aun cuando no traspasen el umbral de la revuelta, las grandes multitudes emocionadas tienen tendencia a ser volátiles y peligrosas, sobre todo cuando se las provoca o no se las controla con cuidado.

Ya hemos visto que muchas personas murieron aplastadas cuando Calígula envió a tropas para dispersar a una muchedumbre en el Circo Máximo 40 .

En el 46 a. C., Julio César patrocinó toda una serie de eventos con gladiadores, incluidas una batalla masiva y una naumaquia.

Suetonio contó así el resultado: «Para asistir a todos estos espectáculos fue tan grande la afluencia de público procedente de todas partes que muchos forasteros paraban en tiendas colocadas en medio de las calles o de las calzadas, y con frecuencia, debido a la multitud, se produjeron muchas víctimas por aplastamiento y asfixia, entre ellas dos senadores» 41 .

El anfiteatro mismo podía representar una amenaza.

En el año 27 d. C., un exesclavo llamado Atilio invirtió con ánimo comercial en un evento gladiatorio de pago en Fidenas, no muy lejos de Roma.

El anfiteatro provisional de madera que hizo erigir para la ocasión no tenía cimientos sólidos ni contaba con materiales adecuados y se vino abajo en plena función.

Según Tácito, el accidente mató a cincuenta mil personas, entre el interior y el exterior de las instalaciones 42 .

Atilio fue desterrado, y el Senado decretó que nadie con una fortuna inferior a cuatrocientos mil sestercios pudiera promover espectáculos de ese tipo (es decir, nadie de una categoría social inferior a la de un équite), y que ningún anfiteatro pudiera erigirse sin contar con permiso explícito del emperador y sin una inspección previa de sus cimientos 43 .

Como en el caso de todas las demás leyes romanas, cabe preguntarse si ese edicto se cumplió y se hizo cumplir todo el tiempo y en todo el imperio.

Sabemos solo de un caso de un participante —luchador o combatiente humano, no animal— que hirió a un miembro del público en un munus, y fue por accidente.

Un équite romano, Haterio Rufo, soñó que perecía atacado por un reciario.

Al día siguiente, se sentó en primera fila de una demostración gladiatoria en Siracusa (Sicilia) como correspondía a su estatus.

Haterio oteó la arena y reconoció en ella al gladiador con el que había soñado.

Quiso marcharse, pero sus amigos lo convencieron de lo contrario.

Pero, como Haterio ya se imaginaba, el reciario arrinconó a su contrincante, un mirmilón, justo frente a donde él estaba sentado.

La acometida mortal falló el blanco y el arma atravesó al équite matándolo 44 .

En Roma, ese tipo de sucesos dejaron de ser motivo de inquietud tras la inauguración del Coliseo, un edificio que no podía venirse abajo y donde, además, los movimientos de la multitud estaban bien gestionados y la seguridad era estricta.

Una pared vertical revestida de mármol y rematada con rodillos de marfil —para impedir que nada ni nadie pudiera trepar por ella—, pero también una balaustrada de bronce y una red, protegían al público de las fieras peligrosas y de proyectiles extraviados.

Había tropas apostadas en el lugar, incluyendo a arqueros en torres de vigilancia.

También se instaló otra red a unos pasos del muro, tanto como medida de seguridad como para evitar que animales, criminales o gladiadores se ocultaran de la vista de la gente pegándose contra la pared 45 .

Los espectadores se sentían seguros, pues sabían que nadie iba a pisotearlos, aplastarlos o arrastrarlos en un disturbio, y que ninguno de los participantes iba a herirlos.

Si de algún lado provenía el peligro en el Coliseo, no era ni de la arena ni de las gradas, sino del palco imperial.

El público sabía que el emperador podía hacer lo que le pluguiera.

Circulaban multitud de historias relacionadas con el peligro de terminar convertido en parte del espectáculo que, aunque remoto, podía correr cualquier espectador.

Se dice que, cuando había cierta escasez de delincuentes condenados a la arena, Calígula podía decidir que todo un sector de los asistentes fuera arrojado a las fieras salvajes.

Para que no pudieran protestar, se les cortaba la lengua 46 .

También se cuenta que, en una ocasión en que la maquinaria del escenario no funcionó, Claudio ordenó que los operarios encargados de la misma fuesen arrojados al coso junto con uno de sus propios ujieres togados 47 .

Un hombre que bromeó exclamando que un tracio podía tanto como el mirmilón contra el que estaba luchando, aunque no tanto como el patrocinador de aquellos juegos, pronto lamentó su ocurrencia, pues Domiciano, gran aficionado a los mirmilones, hizo que lo sacaran de las gradas y lo arrojaran a los perros en la arena con un cartel que decía: «Seguidor de los de escudo pequeño que tiene la boca muy grande» 48 .

En la época en que Cómodo dio rienda suelta a su identificación con Hércules, buena parte del pueblo llano optó por mantenerse a distancia del Coliseo.

Según Dion Casio, esto se debió en parte a la vergüenza ajena que les producía semejante espectáculo, pero también, en no menor medida, al rumor de que el emperador pretendía imitar la mítica matanza hercúlea de aves del Estínfalo disparando flechas sobre algunos de los espectadores 49 .

Todos estos eran incidentes excepcionales.

Es posible que algunos (si no todos) de los que tenían a emperadores como protagonistas fuesen mera ficción.

Pero eso no es lo importante aquí: el caso es que el simple hecho de que alguien los constatara por escrito demuestra que la gente los recordaba y creía en su veracidad.

Eran anécdotas contadas una y otra vez; un ligero escalofrío de peligro añadido a las emociones que sentía el público que acudía a los juegos gladiatorios 50 .