Aquellos que van a morir 6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #2
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6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA) #2

El torrente de público que acude al circo bulle de entusiasmo.

La suya es una expectación avivada por la publicidad previa.

En Pompeya se conservan ochenta y seis anuncios callejeros pintados que publicitaban espectáculos.

Todos siguen un formato estándar: el nombre del patrocinador de los juegos (en letras de gran tamaño), el número de gladiadores, la(s) fecha(s) y la localidad en la que se celebrarán 20 .

La mayoría de ellos están anunciados para la propia Pompeya, pero varios son de otras localidades de la Campania, como Capua, Nola, Herculano y Cumas.

Se celebran en cualquier momento del año, pero con tendencia a agruparse en la primavera, entre marzo y junio.

Algunos solo tendrán lugar si el tiempo lo permite, pero otros procederán tanto si llueve como si hace sol.

Teniendo esto en cuenta, algunos alardean de que se desplegará un gran entoldado, mientras que otros prometen sparsiones, es decir, «rociaduras» de cosas sobre el público, lo que bien podía ser desde una tenue aspersión de agua perfumada hasta una verdadera lluvia de regalos sobre los espectadores.

Un cartel especialmente evocador anuncia no solo los juegos, sino el autor que lo firma: «Pintado por Aemilis Celer en solitario, a la luz de la luna», lo que más bien da a entender que el dueño de la casa sobre cuya pared se dibujó no había dado su permiso para hacerlo 21 .

Había otras formas más efímeras de publicidad previa.

El mismo día de la celebración —y también en las jornadas inmediatamente anteriores—, unos vendedores ambulantes iban por las calles vendiendo panfletos, una especie de programas de actos con listas de los nombres y los emparejamientos de los gladiadores, una información que no se daba en los anuncios pintados en las paredes 22 .

Ovidio, en su Arte de amar, aconsejaba pedir prestado un ejemplar a una muchacha como método para ligar en una de esas ceremonias 23 .

Como ya hemos visto, en el Tóxaris de Luciano, Sisines decide inscribirse para luchar al ver una procesión de gladiadores en el mercado de Amastris dos días antes del evento 24 .

Además, siempre se podía ir a ver comer a los gladiadores la noche antes de los combates en la cena libera 25 , como ya hemos explicado convenientemente.

Carteles, panfletos, desfiles y «últimas cenas»: todos esos elementos contribuían a incrementar la expectación.

Pues bien, en aquellos eventos tan poco frecuentes, todos los miembros del público asistente tenían su entrada (una tessera).

El aforo era limitado: la demanda superaba a la oferta.

Solo se podía acceder con entrada. ¿Cómo se conseguía una?

Obviamente, para un espectáculo comercial, un assiforana, bastaba con comprarla.

Pero los assiforana eran exhibiciones pequeñas, de bajo nivel en comparación con las que patrocinaban los magistrados municipales, los senadores romanos o, no digamos ya, el propio emperador.

Estas otras eran gratuitas, o eso suponemos 26 : el objetivo de sus promotores era ganar prestigio demostrando su generosidad.

¿Cómo se repartían las entradas? En la Roma republicana, el senador que promovía el espectáculo probablemente regalaba algunas a sus clientes y a sus amigos, quienes, a su vez, pasaban parte de ellas a sus propios clientes 27 .

En época del Principado, había diferentes niveles de gradas para los distintos grupos sociales.

Cuanto más abajo y más cerca de la arena se podía sentar uno, más alta era su clase social.

Disponemos también de pruebas fragmentarias de que, entre esos niveles del graderío, había asientos reservados.

En anfiteatros de la Galia, unas inscripciones indican bloques de asientos reservados en Nemausus (actual Nimes) para sacerdotes del culto imperial (severi Augustales) y para dos asociaciones distintas de navieros (naviculari y nautae).

También en Arelate (actual Arlés), los había para sacerdotes de Isis (pastophori) y para miembros de las escuelas de retórica (scholasticii) 28 .

En el Coliseo, el colegio sacerdotal de los Hermanos Arvales, que se sentaban junto a los de su propia clase senatorial, disponía de tres espacios adicionales —distribuidos en niveles distintos— reservados para sus familiares y asistentes.

También en el Coliseo, había lugares asignados para dos antiguos aliados favorecidos: los ciudadanos de Gades (Cádiz) y Massilia (Marsella).

A los masiliotas se les permitía sentarse junto a los senadores romanos (aunque lo más seguro es que solo fueran emisarios y dignatarios de esa ciudad de visita en la capital) 29 .

Todos estos son casos excepcionales. Carecemos de pruebas que nos indiquen cómo se distribuían el resto de los asientos entre los demás espectadores (la mayor parte del público).

Lo más que podemos suponer es que funcionaba un sistema similar al de la distribución gratuita de grano (la annona): a los ciudadanos habilitados para ello, inscritos en una lista centralizada, se les entregaban sus tesserae (pequeñas fichas que servían de entradas) en puntos de reparto asignados por toda la ciudad 30 .

Cada tessera tenía un número que correspondía a alguno de los setenta y seis arcos numerados del Coliseo (que tenía también otros cuatro sin numerar, para un total de ochenta) para que el portador supiera por dónde debía entrar 31 .

No se conservan tesserae de la propia ciudad de Roma, pero sí se han identificado algunas en otros anfiteatros 32 .

Los números grabados en ellas guiaban a los espectadores hasta su bloque de asientos asignado a través de los laberínticos pasadizos y escaleras del interior 33 .

Se supone que también había personal auxiliar por si los asistentes necesitaban pedir indicaciones 34 .

En esencia, cuanto más baja era la clase social del espectador, más escaleras tenía que subir.

Es posible, pues, que en los pisos superiores los informadores no se mostraran tan serviciales como en los inferiores.

De todos modos, debían andarse con cuidado para no tratar con descortesía a las mujeres de la élite, que, como las del resto de clases sociales, también debían subir hasta la parte más alta del graderío.

En el extremo este de la plaza que rodea el Coliseo, sobreviven aún cinco cipos pétreos.

En el origen, todo un anillo de ellos circundaba el área.

Hay quien los ha interpretado como un límite religioso, como puntos de anclaje de los cables que sujetaban el entoldado de la cubierta o como bases de una barrera exterior para el control de entradas.

Lo más probable es que cumplieran las tres funciones.

Las vallas de madera o las cadenas perimetrales que seguramente se extendían entre esos elementos de piedra y en las que se indicaban los números de los arcos adyacentes debieron de aliviar en gran medida la presión humana en la plaza, donde decenas de miles de personas trataban de acceder por el punto de entrada correcto 35 .

Moviéndose a empellones en el espacio que se extendía desde esos apoyos pétreos hasta los arcos, muchos esperaban sacarle partido a la jornada, y no me refiero solo a quienes apostaban en los combates.

Los juegos eran también escenario propicio para las muestras de generosidad.

Los magistrados municipales y otros miembros de las élites locales solían repartir obsequios: comida, bebida, pequeñas sumas de dinero, promesas de dádivas futuras incluso…

Por su parte, la munificencia imperial podía desbordar toda mesura: desde refrigerios y bebidas durante toda la jornada (puede que incluso almuerzos de tipo pícnic) hasta regalos realmente valiosos hacia el final del día.

Parte del encanto de la espera para el espectador residía en que nunca sabía que le podía caer.

Al mismo tiempo, la generosidad del emperador era escrutada con lupa y solía ser blanco de las críticas de la élite.

Dentro de los anfiteatros

Cuando entras en uno de aquellos arcos del Coliseo, la temperatura desciende de golpe y la oscura masa del edificio bloquea la luz y te envuelve.

Entre los espectadores aquello generaba cierta inquietud que formaba parte de la emoción del momento.

Se trataba de una aprensión causada por varios factores.

La llamada «Casa de Aniceto» en Pompeya tenía una pintura única y fascinante en una de las paredes de su jardín (véase la imagen 7 del encarte fotográfico).

Originalmente, estaba protegida de las inclemencias del tiempo por un pórtico formado por una hilera de columnas (un peristilo), pero hoy se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

La pintura representa el anfiteatro que se encontraba justo al final de la calle, junto con la palestra (zona de ejercicios) adyacente y las murallas de la ciudad al fondo.

Aunque es reconocible al instante, no se trata de una representación arquitectónica fiel.

El artista pintó once arcos bajo la doble escalinata que conducía a las galerías superiores, en lugar de seis.

Adoptando un enfoque aéreo desde el norte, omitió la parte superior de las gradas más cercanas y la mitad del entoldado de cubierta para que pudiéramos mirar de forma directa el interior de la arena.

En primer plano, en la parte inferior del fresco, vemos a hombres togados que pasean tranquilamente entre árboles y tenderetes.

Detrás de ellos, se ha declarado el caos.

Hombres con túnicas recogidas a la cintura luchan en parejas y tríos tanto en la arena como en las gradas.

La pelea se ha extendido a uno y otro lado del anfiteatro y más allá.

Al menos cuatro hombres yacen ya inertes en el suelo 36 .