6. CONTICINIUM (JUSTO ANTES DEL ALBA)
C ONTICINIUM ( J USTO ANTES DEL ALBA)
El conticinium es ese momento en que los gallos han dejado de cantar, pero los hombres continúan durmiendo.
Los que no permanecen dormidos a esa hora son los que afrontan ese día su participación en los juegos.
Imagínate que eres una de las innumerables gaviotas que graznan y revolotean sobre la ciudad de Roma.
Incluso a esa hora, verías allí abajo las calles sombrías de la urbe imperial abarrotadas.
Corrientes humanas ininterrumpidas estarían llenando la Vía Sacra y la Vía Labicana, y todas las calles que conducen al Coliseo.
La entrada es gratuita, pero hay que conseguir una, y el Coliseo siempre se llena.
Solo la élite, con sus asientos reservados, puede permitirse llegar tarde.
L A POPULARIDAD
Cuando pensamos en los juegos romanos, enseguida imaginamos a los gladiadores. Es fácil suponer que eran la mayor atracción de la ciudad, pero las cifras desmienten esa suposición en dos sentidos.
Los romanos decían que el Coliseo tenía cabida para más de ochenta mil espectadores.
Los arqueólogos modernos reducen ese número a menos de cincuenta mil.
Aun así, sigue siendo más del doble del aforo del teatro más grande de Roma: el Teatro de Marcelo, que, a lo sumo, podía acoger a veinte mil quinientas personas.
Pero ese aforo ni por asomo podía compararse con los entre ciento cincuenta mil y doscientos cincuenta mil asistentes que podían ver las carreras de bigas y cuadrigas en el Circo Máximo.
Si aceptamos la estimación habitual de que Roma, en su apogeo, tenía una población aproximada de un millón de habitantes, solo un cinco por ciento de ellos podía caber en el Coliseo, mientras que el Circo Máximo podía acoger a entre un quince y un veinticinco por ciento, es decir, hasta uno de cada cuatro residentes en la ciudad, nada menos 1 .
En esa misma línea, cabe señalar que los espectáculos gladiatorios regulares eran muy escasos en Roma en comparación con otros.
De hecho, durante la República ni siquiera existían.
Cuando Augusto instauró el Principado imperial, decretó que habría solo dos al año 2 .
El número fue aumentando con el tiempo, aunque no se sabe en qué momentos puntuales lo hizo.
En el año 354 d. C., por ejemplo, hubo diez jornadas de combates gladiatorios, todas en diciembre, muy lejos de las sesenta y cuatro de carreras de carros y de las ciento dos de representaciones teatrales, repartidas a lo largo del año 3 .
Aunque muchas veces sean tomadas en serio, las afirmaciones recogidas en la Historia Augusta según las cuales Alejandro Severo pretendía instaurar juegos mensuales regulares y Gordiano I patrocinaba espectáculos fastuosos todos los meses cuando aún era edil (un magistrado menor), antes de acceder al trono imperial (en el 238 d.
C.) 4 , no son más que ficciones escritas por un autor pagano bajo el reinado de un emperador cristiano en torno al año 400, alguien que, hallándose los juegos de gladiadores ya en franco declive, no podía sino fantasear desde la nostalgia con cómo le gustaría que fueran las cosas si los tiempos fueran más propicios.
Es posible que la situación fuera distinta en otras zonas de las provincias.
En Hispania se levantaron grandes anfiteatros junto a ciudades bastante pequeñas.
En Aquitania, en la Galia occidental, se conoce la existencia de seis enormes anfiteatros ubicados en entornos rurales 5 .
El público estaba dispuesto a recorrer largas distancias para acudir a los juegos.
En Pompeya se colocaron anuncios de espectáculos de localidades a las que podía tardarse hasta dos días en llegar 6 , y en una novela se menciona a un personaje al que atracaron cuando viajaba de Macedonia a Larisa (Tesalia) para ver un evento gladiatorio «renombrado» 7 .
Pero, aunque tal vez fuera un poco más fácil conseguir una entrada para ver luchas de gladiadores fuera de Roma, si echamos un vistazo a lo que ha sobrevivido hasta nuestros días referido a la frecuencia de actuaciones en las provincias, los números continúan siendo muy bajos.
Hay una inscripción en la que se conserva la carta por la que Julio César concedió el estatus de colonia romana a la localidad de Urso, en la actual España.
Los dos magistrados principales, los duumviri, tenían encomendada la organización de cuatro jornadas de juegos gladiatorios o funciones teatrales.
Sus segundos, los ediles, debían encargarse de otras cuatro, también de elegir entre funciones de gladiadores o de teatro 8 .
Es harto improbable que, siquiera en algún año excepcional, los ocho días se dedicaran íntegramente a gladiadores.
Por ejemplo, la compañía gladiatoria propiedad del sacerdote del culto imperial en Pérgamo (en Asia) luchaba solo en un festival oficial al año 9 .
Esa infrecuencia de juegos regulares explica la existencia de celebraciones más pequeñas de carácter comercial: que podríamos llamar «eventos de pago de bajo coste» (assiforana) ambulantes.
Pero unos y otros solo eran parte del conjunto.
En tiempos de la República, como veremos más adelante en este capítulo, en Roma, los senadores patrocinaban juegos puntuales, no integrados en el calendario estatal oficial, para potenciar su popularidad personal.
Bajo el Principado, miembros de la élite local de las provincias también organizaban voluntariamente espectáculos gladiatorios no conectados con el desempeño de sus cargos como magistrados o sacerdotes; lo hacían por la misma razón: para aumentar su influencia personal en las localidades en las que residían.
Para promover tales juegos, precisaban de un permiso imperial.
Este, por el contrario, jamás se concedía para eventos así en la propia Roma.
Allí, hasta mediados del siglo I d. C. como muy tarde, solo los emperadores podían ofrecer espectáculos fuera de calendario.
Se celebraban con motivo de ocasiones especiales: victorias imperiales, aniversarios para conmemorar los cinco o los diez años en el trono…
Cada emperador trataba de superar a sus predecesores.
En su Res gestae, Augusto escribió que había sufragado ocho exhibiciones de gladiadores en las que lucharon unos diez mil hombres, además de una naumaquia con unos tres mil combatientes, y veintiséis cacerías de fieras salvajes en las que se mató a unos tres mil quinientos animales 10 .
En los juegos que se celebraron para inaugurar el Coliseo ya bajo el reinado de Tito, murieron nueve mil animales y combatió un número indeterminado de hombres, algunos por parejas, otros en grupos, incluidas dos batallas navales 11 .
Cuando Trajano regresó victorioso de Dacia, sus juegos se prolongaron durante ciento veintitrés días, en los cuales se mató a once mil animales y lucharon diez mil gladiadores 12 .
Las cifras son enormes, pero, por su propia naturaleza, las celebraciones imperiales fastuosas de esa clase eran infrecuentes.
Los juegos gladiatorios eran pocos y bastante separados en el tiempo, y solo un pequeño porcentaje de la población alcanzaba a verlos.
Ahora bien, ni la frecuencia ni los números pueden considerarse un indicador exacto de su relevancia 13 ; no en vano la Navidad se celebra solo una vez al año.
Disponemos de abundantes pruebas en la literatura superviviente que constatan la gran popularidad de los gladiadores.
Marco Aurelio daba gracias porque su tutor le hubiera enseñado a no ser un seguidor ni de los gladiadores de armadura pesada ni de los de armadura ligera 14 , pero el del emperador estoico era un caso atípico.
Según Tácito, los gladiadores, junto con los actores y las carreras hípicas, eran una presencia dominante en las conversaciones de los jóvenes 15 .
Y no solo de estos. Mecenas, consejero de Augusto, discutió con el poeta Horacio sobre la mejor manera de presentar a los gladiadores en un desfile de carros 16 .
El dramaturgo Terencio se quejó de que una función teatral se hubiera ido al traste cuando una multitud de espectadores irrumpió en el teatro pensando que era un combate de gladiadores 17 .
Algunas de las mejores pruebas de las que disponemos sobre la popularidad de los gladiadores provienen —paradójicamente— de los escritores cristianos críticos con tal institución.
Tertuliano escribió un libro entero maldiciendo aquellos espectáculos.
Según él, no asistir a los juegos era una señal de cristianismo, con lo que, de forma evidente, da a entender que todos los demás eran aficionados a verlos.
No sin cierta hipocresía de su parte, el propio Tertuliano admite que él había sido asiduo en tiempos, pero ya no quería ni acordarse de aquello.
Algunos cristianos, no obstante, continuaban yendo a ver luchas en la arena.
Cuando Tertuliano se lo reprochaba, ellos reponían con aspereza: ¿acaso hay algún pasaje de las Escrituras que lo prohíba? 18 .
La anécdota que mejor ilustra el arraigado y muy interiorizado entusiasmo por los juegos gladiatorios procede de la Vida de san Hilarión, de san Jerónimo.
El diablo tentó repetidas veces al santo con tres visiones: un banquete suntuoso, una hermosa mujer desnuda y un combate de gladiadores 19 .
He ahí un útil índice satánico de los placeres más gratos a un hombre romano de la época.
L A EXPECTACIÓN
Fuera de los anfiteatros