Aquellos que van a morir 5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #4
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5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #4

Dos fuentes más nos hablan de gladiadores que se quitan la vida; en ambos casos, se trata de suicidios en masa.

En una carta del 393 d. C., Símaco constata que, en la primera jornada de los juegos, veintinueve de los sajones —prisioneros de guerra, obviamente— que iban a combatir como gladiadores se estrangularon entre ellos sin sogas 49 .

Y en su relato de lo acaecido a partir del final de la «segunda revuelta de los esclavos» en Sicilia, Diodoro Sículo cuenta que mil prisioneros rebeldes a los que se había destinado a luchar contra fieras en Roma se mataron unos a otros ante los altares públicos; cuando todos los demás hubieron muerto, su líder, Sátiro, se quitó la vida también 50 .

Cabe destacar que tres de los cinco casos mencionados están protagonizados por bestiarii, pero es posible que esto no nos lleve mucho más allá.

Aunque algunos de esos gladiadores que luchaban contra fieras podían llegar a ser famosos, por lo general se les tenía en menor consideración que a los que combatían contra contrincantes humanos.

No tenemos modo alguno de determinar si eran más proclives al suicidio o no.

Asimismo, tres de los cinco casos están protagonizados por bárbaros: dos eran explícitamente germánicos; lo más probable es que también lo fuera el gladiador de la naumaquia.

Esto sí podría llevarnos un poco más lejos.

Los romanos solían considerar a los germanos como gente violenta, irracional y peligrosa, sobre todo en combate.

Pero, contemplados desde una distancia segura, podían verlos a través del filtro de cierto «primitivismo suave» que los elevaba a la categoría de unos «nobles salvajes» amantes de la libertad y los distinguía de la decadente sociedad romana de su tiempo 51 .

Este enfoque alcanzó su punto culminante literario en el tratado etnográfico Germania de Tácito 52 .

No se puede decir que ese «primitivismo suave» fuese una pura invención.

Tácito no se limitó a tomar lo que consideraba que eran los vicios de la Roma contemporánea para atribuir, por contraste, a los germanos todos sus antónimos.

Más bien, seleccionó lo que sabía sobre ellos (que, por supuesto, podía no ser exacto) y lo matizó para ajustarlo a su propio programa moral, centrado en Roma.

Quizá los gladiadores de origen germánico fueran realmente más propensos al suicidio.

Desde luego, a los romanos les parecía más probable que optaran por matarse antes que por aparecer en la arena.

Es evidente que cinco casos, de tres fuentes, no bastan para extraer conclusiones estadísticas fiables. Mejor nos irá si acudimos a los escritores que hicieron esas referencias a los suicidios de gladiadores y analizamos sus actitudes.

Símaco fue un senador tradicionalista pagano en tiempos de emperadores cristianos, en la segunda mitad del siglo IV d.

C. 53 . Era un hombre de inmensa riqueza, profunda autocomplacencia y muchas, muchísimas palabras.

Tuvo una trayectoria de perfil alto y, por lo general, gran éxito, que le permitió patrocinar varios juegos en Roma en su propio honor y en el de su hijo.

Pese a que gastó mucho dinero en ellos, Símaco no tuvo fortuna con sus espectáculos: los osos y los leones llegaron en malas condiciones, los cocodrilos no querían comer y, como ya se ha mencionado, veintinueve de los prisioneros de guerra sajones que iban a luchar como gladiadores prefirieron estrangularse unos a otros 54 .

Símaco estaba furioso. «¿Cómo podrían unos simples guardias privados contener las impías manos de una raza desesperada?

» 55 . Se supone que eran «impías» porque habían roto el juramento gladiatorio que les habían obligado a prestar, aunque es harto discutible que tal jura significara algo para los miembros de las tribus sajonas.

No apreciamos ahí ni rastro de «primitivismo suave»: ¡esos sajones eran peores que Espartaco!

Aun así, Símaco trata de hallar algún consuelo.

Tal vez, con todos los gladiadores que ya había allí, esos veintinueve habrían sido demasiados; tal vez habrían estropeado el espectáculo.

Dicho eso, también insinúa de forma maliciosa que con gusto habría cambiado sus gladiadores perdidos por algunas fieras libias si el emperador, en su munificencia, hubiera tenido a bien proveérselas.

Símaco intenta sobreponerse. Es como Sócrates: alguien que acepta filosóficamente los malos tragos que da la vida.

La respuesta de Símaco —es decir, que la causa de los suicidios era la desesperación y la cobardía típicas de semejante escoria— era la que cabría esperar. Pero no es, ni mucho menos, la que encontramos en nuestras otras dos fuentes.

Durante mucho tiempo, la figura de Diodoro Sículo, historiador griego que escribió en la segunda mitad del siglo I a.

C., fue objeto de bastante desdén. Considerado un simple recopilador sin criterio, perspicacia ni originalidad, de él se decía que copió las opiniones de los autores originales juntándolas con las historias que vampirizaba de sus fuentes.

A Diodoro se le redujo a poco más que una cantera de donde extraer aquellos fragmentos de escritos de autores anteriores y superiores que él había preservado.

Sin embargo, su figura ha sido objeto de una rehabilitación más reciente, gracias a la cual se han detectado ciertos temas propios de Diodoro que atraviesan su obra.

Ahora se considera que eligió y moldeó su material en atención a unos fines del propio autor, pero, sobre todo, con una intención de comentario moral al comportamiento humano y la justicia divina 56 .

En ninguna otra parte de su producción resulta esto más evidente que en la forma en la que abordó los hechos que conducían al suicidio masivo de gladiadores.

Pese al carácter sumamente fragmentario de su texto, Diodoro es nuestra fuente principal de datos sobre la guerra desencadenada por la segunda revuelta de los esclavos en Sicilia.

Para él, esta rebelión vino causada por la crueldad de los dueños de esos esclavos.

En contraste con otros historiadores antiguos, su relato es muy comprensivo con la causa de los rebeldes, una actitud que mantiene cuando llega la hora de hablar de los suicidios 57 .

Tras haber derrotado a las principales fuerzas esclavas, el cónsul romano Aquilio decidió acabar con los últimos mil rebeldes, pero los esclavos enviaron emisarios y se rindieron.

Entonces, el cónsul postergó todo castigo y se los llevó a Roma, donde los destinó a luchar contra las fieras.

Los esclavos, despreciando la opción de jugarse la vida en la arena, se dieron muerte unos a otros ante los altares públicos.

El último en morir fue su líder, Sátiro.

Se trata de una historia extraña. Se nos da a entender que Aquilio actuó con duplicidad.

¿Se habrían rendido los esclavos si hubieran sabido que luego se les obligaría a saltar a la arena?

Además, una vez condenados a luchar contra las fieras, ¿cómo pudieron los esclavos quitarse la vida tan libremente, y ante los altares públicos, nada menos?

Pese a las preguntas sin respuesta, Diodoro es explícito al juzgar la situación: los esclavos «terminaron sus vidas con gran valentía y nobleza de espíritu», y la muerte de Sátiro fue «heroica».

Sin embargo, no comenta nada más sobre por qué aquellas muertes fueron tan admirables 58 .

Es Séneca quien nos proporciona una explicación completa 59 .

Pese a que denigra en reiteradas ocasiones a los gladiadores —son «los más despreciables», «hombres de ínfima condición», «los esclavos más viles» y «gente depravada y criminal», llega a decir—, sus suicidios son para él modelos de valentía.

«¡Con qué firmeza se hubiera servido de la espada!

, ¡con cuánto arrojo se hubiera lanzado a la sima profunda del mar o a un precipicio escarpado!

». Ahí Séneca está subvirtiendo deliberadamente las actitudes convencionales.

Los gladiadores han sido seleccionados como tales porque son los más viles y solo tienen a su disposición formas degradantes de quitarse la vida.

Pero, justo por ello, constituyen la muestra suprema de la posición de la filosofía estoica ante el suicidio: el motivo siempre trasciende a los métodos y los antecedentes.

Séneca atribuye al bárbaro que iba a luchar en la naumaquia un discurso de héroe agonizante (¡y en latín, nada menos!): «¿Por qué?

—se decía—. ¿Por qué no huyo al instante de todo tormento, de todo escarnio?

¿Por qué con las armas en la mano aguardo la muerte?

». No hay ahí rastro de desesperación ni de cobardía.

Todo lo contrario; los gladiadores toman la racional y absolutamente encomiable decisión de poner fin a una vida intolerable y ahorrarse así la vergüenza de combatir en la arena.

Según Séneca, ofrecen un mejor ejemplo moral que Catón y los generales de las guerras civiles.

Suponen un modelo que puede ser imitado por cualquiera en cualesquiera circunstancias.

Tal como el propio Séneca escribió en uno de sus Diálogos:

A donde quiera que mires, allí está el final de tus desgracias.

¿Ves aquel lugar escarpado? Por allí se baja a la libertad.

¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? La libertad esta allí en lo hondo.

¿Ves aquel árbol escuálido, reseco, estéril?

De él cuelga la libertad. ¿Ves tu cuello, tu garganta, tu corazón?

Son medios de escapar a la esclavitud. ¿Te muestro salidas demasiado penosas para ti y que exigen mucho ánimo y entereza?

¿Quieres saber cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo 60 .