Aquellos que van a morir 5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #3
38%

5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #3

Había otras formas vergonzosas de quitarse la vida.

El envenenamiento era una de ellas: también era cosa propia de los «malos esclavos» y los bárbaros.

Heliogábalo hizo acopio de veneno guardándolo, con su característica extravagancia, en piedras preciosas.

Las mujeres tenían una pericia especial con los tóxicos, pero se decía que solo los tomaban ellas mismas si eran sorprendidas emponzoñando a otros 29 .

Ahogarse era para delincuentes y esclavos 30 .

Era un método que podía ser utilizado en combinación con el de arrojarse por un acantilado, ya fuera por mujeres como Safo o (en la ficción, al menos) por hombres desquiciados por su vida amorosa 31 o por la lectura de Platón 32 .

Y aunque el mitológico Hércules se arrojó sobre su propia pira funeraria, en realidad la de quitarse la vida por autocremación era una opción reservada a sabios foráneos peculiares, como el indio Calano 33 , o como algunos imitadores ávidos de atención, tales como Peregrino, que era, a ratos cristiano, a ratos filósofo, y según su biógrafo Luciano, charlatán a tiempo completo 34 .

La mejor manera en que un romano de verdad podía suicidarse con rapidez era por arma blanca.

En la República libre, lo que se esperaba de un general que hubiera sufrido un desastre en el campo de batalla era que se arrojara sobre su espada, literalmente.

Con ello, impedía cualesquiera humillaciones que el vencedor extranjero pudiera infligirle y, por tanto, preservaba su propio honor y el de Roma 35 .

Las guerras civiles que destrozaron la República incrementaron de manera sensible la frecuencia de los suicidios; siempre había un general (o un alto oficial) romano perdedor 36 .

Algunos mandos militares tenían encomendada a alguien de su séquito la misión de auxiliarlos cuando les llegara el momento de quitarse la vida; a menudo, dichos ayudantes eran gladiadores 37 .

Las guerras civiles añadieron también otro motivo para los suicidios, una nueva forma de humillación que exacerbaba la intensidad emocional de la derrota.

Vencido de forma aplastante por Julio César, Catón el Joven optó por matarse.

Tras una conversación de contenido moralista y filosófico con sus amigos, se clavó un puñal.

La herida no fue mortal y sus compañeros ordenaron que se la cosieran.

Pero, una vez se quedó a solas, Catón se arrancó los puntos con las manos, es decir, se destripó a sí mismo para evitar la máxima ofensa contra su dignitas, o autoestima: que otro romano fuera clemente con él y le perdonara la vida 38 .

El suicidio de Catón reunió en un solo acto la tradición romana de arrojarse sobre la propia espada y la tradición griega del suicidio filosófico, del que la muerte de Sócrates era paradigma.

Tras haber sido condenado a morir en Atenas, Sócrates rechazó el ofrecimiento de huir.

En su último día, dialogó de filosofía con sus amigos y, luego, se bebió la cicuta 39 .

También el suicidio de Catón se convirtió en un modelo 40 .

Ya en tiempos del imperio, entre la élite romana se generó una especie de culto al buen suicidio.

Conversaciones tranquilas y racionales con amigos durante la cena sobre temas como la posible inmortalidad del alma daban paso, un rato más tarde, a un baño en el que el suicida se abría las venas (cuando no lo hacía un esclavo por indicaciones suyas).

También podía ocurrir que, en algún momento, el moribundo optara por vendarse las heridas y entregarse a actividades más elevadas como proseguir sus conversaciones filosóficas, dictar algunas reflexiones, poner en orden sus asuntos, modificar el testamento, libertar a algunos esclavos…

Luego, se despojaba de los vendajes y terminaba desvaneciéndose en el agua teñida de rojo.

La prevalencia de ese ideal del buen suicidio puede apreciarse en la deliberada parodia que de él hizo Petronio (en tiempos, «árbitro de la elegancia» para Nerón, además de casi seguro autor de la novela El Satiricón).

Al ser acusado de amistad con un hombre condenado por traición, Petronio se abrió las venas.

Luego, tras vendarse las heridas, organizó una cena.

No hubo en ella conversaciones sobre la inmortalidad del alma ni sobre doctrinas filosóficas: en su lugar, solo canciones ligeras y versos frívolos.

Hizo regalos a algunos de sus esclavos y azotó a otros.

Más tarde, reabiertas ya sus venas y cuando parecía comenzar a adormecerse, no perdió el sentido sin antes dictar su última obra, un catálogo de las depravaciones sexuales del emperador 41 .

Algunos se suicidaban por imposición 42 ; les llegaba un mensaje del emperador en el que este les concedía la gracia de elegir el método para quitarse la vida.

Otros eran suicidas voluntarios solo en apariencia.

Quienes estaban siendo juzgados por traición —una acusación que figuraba en la mayoría de causas judiciales seguidas contra miembros de la élite— se suicidaban para anticiparse a una posible condena, aunque fueran inocentes de los cargos.

Algunos se mataban solo con sospechar que se les podía llegar a acusar, y otros lo hacían a la primera señal de haber perdido el favor del emperador.

Un senador saludó a Augusto: «Hola, César».

A lo que este respondió: «Adiós, Fulvio». El senador se suicidó 43 .

Curiosamente, casi nadie intentaba huir 44 .

¿Adónde iban a ir, a Partia? Al parecer, de los pocos que trataron de hacerlo, casi ninguno logró escapar.

Esta abundante cosecha de muertes por suicidio vino impulsada, en parte, por el deseo de preservar la dignidad propia evitando la ejecución, pero también por la esperanza de que aquel gesto de aquiescencia salvara de la persecución a parientes y amigos, y evitara una confiscación de bienes que condenara a la familia a la pobreza.

Por supuesto, el emperador estaba por encima de la ley o, como habría dicho un jurista, la voluntad imperial era la ley.

Daba igual el momento en que se produjera el suicidio: el emperador siempre podía confiscar los bienes de la víctima.

Los juristas se apresuraban a proclamar entonces que la causa del suicidio había sido una conciencia culpable.

En sentido contrario, el emperador también podía ejercer clemencia incluso después de la condena y dejar que la familia conservara el patrimonio del suicida, tal vez otorgándole un perdón póstumo si hiciera falta.

Los motivos eran tan importantes como los métodos 45 .

Las actitudes romanas ante el suicidio eran muy distintas de las cristianas.

Para estos, el suicidio era un pecado tanto porque atentaba contra la creación de Dios (tu cuerpo) como porque trataba de adelantarse a la decisión divina sobre la hora en que te llegaría la muerte.

A diferencia de los autores de los Hechos de los mártires, no todos los padres de la Iglesia primitiva estaban a favor del martirio voluntario; su opinión al respecto era más bien próxima a la del gobernador pagano Arrio Antonino, para el cual este se parecía demasiado a un suicidio 46 .

Pero lo que para los cristianos era un motivo de preocupación, no lo era para los paganos.

En la mitología pagana, los dioses no habían creado al hombre; este había sido obra de Prometeo en directo desafío a los dioses.

Platón y Aristóteles habían defendido que uno no debía morir antes de que los dioses lo quisieran, y otros filósofos posteriores pensaron lo mismo, aunque siempre fue una creencia minoritaria.

Para los romanos, un mal suicidio era aquel que alguien llevaba a cabo de forma rápida y precipitada, sin haberlo meditado debidamente, empujado por el pánico, el miedo, la pena, la locura, el ansia de notoriedad o el deseo de manifestar un gesto político vano.

Un buen suicidio era tranquilo, resultado de una deliberación racional en respuesta a un dolor insoportable, una enfermedad incurable, la vejez o el simple «tedio vital» (taedium vitae).

Si se disponía de tiempo para ello, matarse de hambre era un método bastante aceptable, sobre todo en el caso de los ancianos 47 .

Pero nada igualaba al suicidio por la espada u otra arma blanca, no solo por el propio honor del suicida, sino también por el bien de otros: los generales republicanos se arrojaban sobre sus espadas por el bien de Roma; los senadores imperiales se abrían las venas en favor de sus familias.

¿En qué lugar dejaba esto a nuestro gladiador en la oscura y lúgubre letrina, a poco de que amaneciera el mismo día de los juegos?

L OS SUICIDIOS DE GLADIADORES

La historia del gladiador en la letrina figura en una carta de Séneca.

El suicida es un germano, presumiblemente, un prisionero de guerra al que condenaron a ingresar en la escuela donde se entrenaba a quienes luchaban contra las fieras.

En esa misma epístola, Séneca cuenta otros dos suicidios gladiatorios.

Otro bestiarium, de cuyo origen no se aportan datos, va en un carro que lo lleva al espectáculo matutino y, pese a la presencia de los guardias, consigue quitarse la vida fingiéndose dormido y descolgando poco a poco la cabeza por uno de los lados hasta que queda atrapada en los radios de la rueda y se le parte el cuello.

El último de los suicidios es el de otro bárbaro, del que estaba previsto que combatiera en el «segundo espectáculo» (es decir, a primera hora de la tarde) en una batalla de barcos (una naumaquia).

Este esperó a que le dieran una lanza para luchar y, a continuación, se la clavó él mismo en la garganta 48 .