Aquellos que van a morir 5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #2
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5. QUARTA VIGILIA (LA CUARTA VIGILIA) #2

Por otro lado, la seguridad en los pabellones gladiatorios también podía considerarse muy laxa según cómo la miremos.

Espartaco vivía allí con su esposa. Numerosas inscripciones de la época del Principado romano documentan casos de gladiadores casados, varios de ellos con hijos.

Dispersas por el posterior de los dos pabellones localizados en Pompeya, se encontraron diversas dagas e incluso una lanza.

En ese mismo complejo, si bien se descubrieron los restos de cuatro hombres atrapados en la prisión durante la excavación realizada en el siglo XVIII , parece que ninguno de ellos estaba encadenado, y no sabemos si la puerta siquiera estaba cerrada con llave.

El «puesto de centinela» no era un elemento excepcional: todos los domicilios particulares de cierto tamaño solían tener una portería junto a la entrada principal.

No se ha observado en el registro arqueológico que se procediera a ningún refuerzo de seguridad cuando se reconvirtió una vivienda común en el menor de los dos pabellones mencionados de Pompeya.

Cryptarius podría haber sido el término empleado también para referirse a una figura menos siniestra, como el funcionario encargado del campo de entrenamiento o, tal vez, el bodeguero.

Ya hemos visto que algunos gladiadores salían de sus pabellones y ejercían de guardaespaldas de hombres importantes e, incluso, de esposas de dignatarios.

En una de sus interminables y deprimentes homilías, san Juan Crisóstomo reprendía a su público advirtiéndole de que no pensara que los gladiadores a quienes veían festejando en las tabernas eran felices; sus placeres fugaces no podían compararse con el horror de su destino, ya fuera este la muerte probable en la arena o el castigo eterno que invariable y monótonamente aguardaba a todos los que no compartían la fe del moralista cristiano.

El satírico pagano Juvenal no especuló sobre la felicidad del veterano gladiador Sergiolus, pero parece ser que nada impidió a este fugarse a Egipto con la esposa de un senador.

Y volviendo a Espartaco —y como último argumento a favor de la laxitud de la seguridad en los pabellones gladiatorios en general—, cabe recordar que las propias fuentes latinas nos dicen que el régimen de Batiato era excepcionalmente cruel.

La búsqueda del nivel de seguridad «normal» en aquel entonces bien podría quedar en nada.

Es muy probable que este variara de un ludus a otro.

Y, desde luego, tuvo que cambiar a lo largo del tiempo.

Había dos momentos evidentes en que, por fuerza, tenía que elevarse: cuando llegaba a la escuela una nueva partida de hombres condenados, y en vísperas de unos juegos, sobre todo, en la noche previa a un combate.

Esto nos obliga a preguntarnos ¿quiénes eran los guardianes?

Eso es algo sobre lo que las pruebas no nos proporcionan ayuda alguna.

Lo más seguro es que las escuelas que eran propiedad del emperador estuvieran custodiadas por soldados.

Como veremos, también ellos se encargaban de la seguridad en los juegos gladiatorios 10 , y sabemos que a algunos militares se los desplazaba de sus unidades para que fueran a vigilar las minas imperiales en las que trabajaba personal esclavo y convicto 11 .

Pero, desde luego, los soldados no podían estar a disposición de los ludi privados.

La conjetura más razonable es que estos funcionaban —en mayor o menor medida— con un sistema de autocontrol interno, algo parecido a uno basado en los presos de confianza (los trusties de las cárceles estadounidenses modernas, por ejemplo) 12 .

En una escuela gladiatoria había una jerarquía.

El recién llegado era un novicius que, tras un periodo de entrenamiento, pasaba a ser un tiro, y que, después de sobrevivir a su primer combate, se convertía en un veteranus.

Estos últimos avanzaban luego por una escala de categorías con la denominación común de palus, en alusión al poste de madera con el que se entrenaban los gladiadores.

En la cima estaban los calificados como primus palus (primer poste) de cada estilo de gladiatura 13 .

A Cómodo le gustaba que lo honraran como primus palus de los secutores.

Normalmente, había cinco categorías en una escuela, aunque, en ocasiones, se llega a hablar hasta de ocho.

Es de suponer que la progresión por esa escala dependiera del número de combates al que se hubiera sobrevivido, de las victorias obtenidas, de la clasificación de los oponentes y del favor del dueño de la escuela con el que contara el gladiador.

Un hombre que ya estuviera en la cúspide de esa escala podía encargarse de entrenar a otros de rango inferior al suyo.

Sabemos, por ejemplo, que un tal Elio Marción, instructor y primer poste, hizo erigir una lápida para uno de sus pupilos 14 .

Un primus palus de confianza podía ocuparse también de vigilar a gladiadores de menor categoría, aunque no en las noches previas a sus propios combates, pues a nadie le interesaba que un combatiente consagrado saliera a la arena privado de sueño.

El decreto del emperador Adriano relativo a los cuatreros hispanos condenados a entrar en las escuelas de gladiadores nos ofrece posiblemente una pista sobre la identidad de los guardianes.

Recordemos que los condenados debían servir un mínimo de tres años como luchadores y cinco en la escuela para poder salir libres 15 .

Se suele suponer que, en el intervalo de tiempo que transcurría entre su retirada de la arena y su salida definitiva de la escuela, ejercían de instructores.

Además, unos hombres con su experiencia bien podían ser también excelentes vigilantes.

L OS SUICIDIOS ROMANOS 16

—¡Soy cristiano y quiero morir! —La voz venía de fuera de la sala del juzgado. El gobernador respondió—: ¿Quién grita? Traedlo aquí 17 .

Los mártires por voluntad propia eran un problema para las autoridades romanas 18 .

Arrio Antonino, gobernador de Asia, se enfrentó en una ocasión a la comunidad cristiana al completo de la ciudad donde estaba celebrando audiencia.

Al menos, esa fue la historia que contó un cristiano casi veinte años después, en la lejana África.

Arrio Antonino ordenó que ejecutaran a algunos y despachó al resto con estas palabras: «Cobardes, si queréis mataros, por aquí no os faltarán buenos acantilados y sogas» 19 .

Es fácil que un lector moderno se sienta comprensivo con aquellos gobernadores romanos, sobrecargados de trabajo y acosados por semejantes fanáticos, insistentes y, con frecuencia, ofensivos.

Tampoco es difícil que el socarrón humor negro de aquellas autoridades provoque en nosotros una sonrisa 20 .

Emiliano, otro gobernador, le preguntó a Fructuoso:

—¿Eres un obispo?

—Sí, lo soy.

—Lo eras —replicó Emiliano, y lo sentenció a morir en la hoguera 21 .

En todo caso, ni la comprensión de los motivos de la autoridad pagana ni las ganas de reír eran, ni por asomo, las reacciones que pretendían suscitar en nosotros los autores de los hechos de los primeros mártires cristianos.

Si nos mostraban las palabras de alguien como Arrio Antonino, era para dar fe de la ignorancia de los mandatarios —al confundir el deseo cristiano de acceder al paraíso con un vulgar suicidio— y su insultante grosería.

Arrio Antonino sugirió a los cristianos que utilizaran los acantilados y las sogas para hacer escarnio de ellos, pues ni saltar al vacío desde un alto ni colgarse eran formas de morir respetables para los romanos.

Algunos métodos de suicidio se asociaban a las mujeres, los esclavos y los bárbaros 22 .

Según una historia posterior (narrada por hombres), Safo —la primera «lesbiana» propiamente dicha— se tiró por un precipicio porque amaba a un hombre que no le correspondía 23 .

Asimismo, a un escritor del siglo III d.

C. le resultó llamativo que, cuando la mitológica Evadne se quitó la vida, no lo hiciera «ahorcándose, como suelen hacerlo las mujeres».

Según un texto jurídico latino, tirarse y colgarse eran dos de las tres formas en que un «mal esclavo» podía poner fin a su vida y, con ello, consumar el robo de una propiedad de su amo 24 .

En la ficción que es la Historia Augusta, se cuenta que el emperador Heliogábalo —originario de Siria y, como tal, considerado el arquetipo de déspota oriental— «había preparado cuerdas trenzadas con hilo de seda y de púrpura oscura y escarlata», y había ordenado erigir una torre con incrustaciones de oro y pedrería, «porque decía que también su muerte debía ser valiosa y como una especie de lujo» 25 .

Un romano que se arrojó al vacío desde una ventana elevada tuvo con ello «una muerte súbita y espeluznante» 26 .

La decisión del emperador Gordiano I, que se ahorcó después de que su hijo muriera en combate, se consideró un síntoma de debilidad por su parte 27 .

Una inscripción conmemora la donación de un cementerio público a una localidad de Umbría: allí se recuerda que los suicidas por ahorcamiento, igual que los gladiadores voluntarios y otros que hubieran tenido profesiones inmorales con ánimo de lucro, estaban excluidos y no se les podía dar sepultura allí 28 .