Aquellos que van a morir 4. TERTIA VIGILIA (LA TERCERA VIGILIA) #4
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4. TERTIA VIGILIA (LA TERCERA VIGILIA) #4

Muchos de los «soñadores» en el libro de Artemidoro son atletas 66 ; gladiadores, bien pocos.

Obviamente, esto obedece a sus condiciones sociales respectivas: los atletas eran jóvenes varones de la élite; los gladiadores eran esclavos, u hombres libres reducidos a una especie de servidumbre.

Pero no deberíamos descartar la posibilidad de que Artemidoro tuviera a algunos gladiadores entre su lista de clientes 67 .

Galeno, que llegó a ser el médico de los emperadores Marco Aurelio y Cómodo, comenzó su carrera tratando a los gladiadores de Pérgamo 68 .

Algunos sueños vaticinaban que un hombre estaba destinado para la arena.

Uno soñó que practicaba sexo con un pedazo de hierro como si fuera una mujer.

Para interpretarlo, Artemidoro trae a colación a otro adivino, Antípatro, quien, sobre la base de un resultado anterior de ese mismo ejemplo, predijo que el soñador sería condenado a luchar como gladiador.

Pero Antípatro se equivocó, según Artemidoro, porque, si bien es cierto que a sueños iguales tienden a seguir resultados iguales, esto puede no cumplirse si aparece algún elemento novedoso y significativo.

Y es evidente que algo cambió en aquel caso —aunque Artemidoro no nos dice qué—, porque a quien aquello soñó lo terminaron castrando 69 .

Puede que Artemidoro no fuera del todo justo con su predecesor.

A un hombre no podían condenarlo a la castración, que estaba prohibida en todo el ámbito del Imperio romano.

Sin embargo, como veremos más adelante, había una excepción, una muy infrecuente condena a la autocastración en la arena gladiatoria 70 .

Un hombre soñó que las manos se le transformaban en las zarpas de un oso.

Existía la creencia muy extendida de que, cuando hibernaban, los osos se chupaban las zarpas para alimentarse.

Así que la interpretación era obvia: el soñador sería condenado a morir en la arena.

Y así fue, lo ataron a una estaca y fue devorado por un oso 71 .

Los gladiadores ya enrolados en un ludus figuran en dos ocasiones como hipotéticos soñadores en El onirocrítico.

Allí se dice que soñar con las personificaciones del Terror y el Miedo (Deimos y Fobos), y con el padre de ambos, Ares, dios de la guerra, significa daños y conflicto para todos, pues no en vano aquellos son precisamente los causantes de estos últimos.

Con la excepción de aquellas personas para quienes los enfrentamientos son parte de su oficio.

Así, el temible triunvirato divino funciona como un presagio propicio para generales, soldados, gladiadores, bandidos y jugadores de azar 72 .

A simple vista, la inclusión de los jugadores en ese grupo puede parecernos extraña, pero no podemos olvidar que el juego, junto con su compañera habitual, la embriaguez, se consideraban desencadenantes inmediatos de peleas.

En una serie de pinturas murales de la «Taberna de Salvio» de Pompeya, se ve cómo unas apuestas en una partida de dados degeneran en violencia.

El patrón del local lanza entonces a los alterados jugadores la consabida e intemporal advertencia: «Si queréis pelear, salid» 73 .

El otro sueño de gladiadores referido por Artemidoro era poco propicio para ellos. Así, para un atleta, un gladiador o cualquiera que tenga que realizar entrenamientos físicos, soñar que se tiene leche en los pechos presagia enfermedad, «puesto que solo el sexo débil segrega leche» 74 .

Para terminar, podemos retomar el sueño que servía de introducción a este capítulo: el del hombre que se hacía gladiador y estaba en un sarcófago lleno de sangre.

Mientras desentraña su significado, Artemidoro nos va ilustrando sobre cuáles eran las opiniones que se tenían en su época acerca de la vida del gladiador.

Las palabras de la madre evidencian que optar por esa carrera suponía una deshonra; y tanto comerse la sangre coagulada, que era una actividad salvaje e infame, como el sarcófago en sí ilustran el concomitante peligro constante, pues «las cosas que se depositan en su interior son consumidas por completo».

Aun así, el sentido íntegro no pudo revelarse hasta que, «después de mucho tiempo» de luchar hasta el límite, el soñador en cuestión «fue licenciado de su servicio porque algunas personas se habían preocupado por él» y le habían pedido que abandonara su carrera como gladiador —tal como el sueño había profetizado cuando las personas que lo portaban depositaron el sarcófago en el suelo—, y él regresó a su casa.

Vemos ahí que Artemidoro parece convencido de que a sus lectores les resultará perfectamente creíble, normal incluso, que alguien se haga gladiador por voluntad propia, tenga una larga carrera de combates en la arena y se retire años después para gozar de una jubilación tranquila 75 .

Hay una cuestión interpretativa que sigue siendo imposible de responder, al menos por mi parte: ¿cómo reaccionaban los clientes de Artemidoro cuando les decía que iban a perder a un ser querido, o todas sus propiedades, o incluso su propia vida (¡y en la arena de un anfiteatro nada menos!)?