4. TERTIA VIGILIA (LA TERCERA VIGILIA)
T ERTIA VIGILIA ( L A TERCERA VIGILIA)
L A IMPORTANCIA DE LOS SUEÑOS
Todo el mundo sueña. Los gladiadores no eran ninguna excepción. La cultura romana dedicó mucho esfuerzo y reflexión a interpretar el significado de los sueños.
C ÓMO SER UN ONIROCRÍTICO
Había intérpretes de sueños en todos los niveles de la sociedad.
En el escalafón más bajo, estaban los oniromantes analfabetos que ofrecían sus servicios en el mercado; en el más alto, florecía un género literario dedicado a la interpretación de los trances oníricos.
De esa tradición solo ha sobrevivido un libro: La interpretación de los sueños (o El onirocrítico), de Artemidoro 18 , que nos aporta una perspectiva única y fascinante del universo mental de la mitad griega del Imperio romano, y una vía de acceso privilegiada a la psique de los gladiadores y de su público.
Vale la pena que dediquemos un poco de tiempo a ese texto.
Artemidoro nació y vivió en Éfeso, gran ciudad de la costa oriental del Egeo y capital de la provincia romana de Asia.
En sus obras previas (perdidas todas ellas sin que conozcamos más detalles sobre ninguna) había firmado con el nombre de «Artemidoro de Éfeso».
En La interpretación de los sueños, explicaba que había pasado a llamarse «Artemidoro de Daldis», porque muchos hombres distinguidos habían dado renombre a Éfeso, mientras que Daldis, localidad natal de su madre, era «una pequeña ciudad de Lidia y no muy elogiada por el hecho de que ha permanecido ignorada hasta nuestros días por carecer de importantes personajes» 19 .
Con sus palabras daba a entender que pronto iba a dejar de ser tan desconocida, lo cual no deja de ser muestra de la gran fe que se tenía a sí mismo.
Escribió a finales del siglo II y principios del III d.
C., y puede que fuera el mismo Artemidoro que ejerció en Daldis la magistratura cívica de acuñador jefe de moneda entre los años 198 y 211 d.
C. 20 . No obstante, lo único que sabemos con certeza del intérprete de sueños es lo que nos cuenta en su libro.
La última persona a la que menciona y que podemos datar es el abogado Paulo, que interpretó erróneamente un sueño mientras intervenía en un litigio ante el emperador 21 .
Lo más probable es que se tratara del célebre jurista romano Julio Paulo, que formó parte de los consejos de Septimio Severo (193-211 d.
C.) y Alejandro Severo (222-235 d. C.) 22 .
La interpretación de los sueños tiene una estructura compleja 23 .
Artemidoro escribió juntos los libros uno y dos, y los dedicó a un hombre llamado Casio Máximo, un équite de Fenicia, al que describió como «un hombre tan diestro en el arte de hablar como no ha existido otro hasta ahora entre los griegos».
En general, se entiende que de quien así habla es del filósofo y orador público Máximo de Tiro —cuarenta y una de cuyas «disertaciones» han sobrevivido hasta nuestros días— que alcanzó su periodo de máxima actividad durante el reinado de Cómodo (180-192 d.
C.). Artemidoro añadió posteriormente el libro tercero, en el que cubrió omisiones de los dos primeros y que dedicó también a Casio Máximo.
Más adelante, escribió también los libros cuarto y quinto a modo de consejos para su hijo, un aspirante a onirocrítico.
Lo fascinante del caso es que le instó a no compartir esos libros con nadie más.
No tenemos ni idea de cómo llegaron a ser publicados luego junto con los otros tres.
Puede que Artemidoro cambiara de opinión.
Los tres primeros contienen solo una referencia cruzada a los dos últimos.
Es posible que su hijo hiciera caso omiso de los deseos de su padre y editara los cinco en un único volumen.
Los métodos de interpretación presentados por Artemidoro descansaban sobre la base del empirismo —la recopilación de estudios de casos de sueños pasados y de sus resultados— y la analogía 24 .
Esta última se apoya en algunas contraposiciones básicas: lo blanco es bueno, lo negro es malo; la derecha es masculina, la izquierda es femenina; el este es joven, el oeste es viejo, etcétera.
A menudo, recurre a los juegos de palabras y las etimologías o la numerología (los números en la Grecia antigua se escribían usando una versión modificada del alfabeto; así, alfa para el 1, beta para el 2, y así sucesivamente) 25 .
Pero el empirismo siempre se impone a la analogía.
Los estudios de casos muestran el resultado; las analogías nos indican las causas.
Artemidoro animó a su hijo —quien, como ya hemos visto, se suponía que no debía compartir el texto con nadie— a ser creativo a la hora de postular causas.
Los clientes no se conformaban solo con un resultado; querían motivos 26 .
Sigmund Freud leyó a Artemidoro y lo reivindicó como precursor de su propio trabajo sobre los sueños 27 .
La realidad es que sus maneras respectivas de interpretarlos no podían haber sido más distintas.
El psicoanálisis freudiano y sus trillados derivados populares tienen que ver con la relación entre presente y pasado, con el afloramiento de cierto inconsciente del sujeto moldeado por su vida previa (por cómo se llevaba con su madre, por ejemplo).
Por su parte, los escritores de la Antigüedad —sobre todo los historiadores, los poetas épicos y los novelistas— se valían de los sueños para ilustrar el carácter de los personajes 28 .
Nada de eso tiene apenas interés para Artemidoro.
Para él, no son algo modelado por el pasado del individuo, sino enviado por el alma de este para predecir el futuro.
Artemidoro se alinea de manera implícita con los instruidos y los inteligentes, pues afirma ser un gran lector y viajero 29 .
Presume con orgullo de sus vínculos con el renombrado intelectual Máximo de Tiro.
Además, fue, casi con total seguridad, ciudadano tanto de Éfeso como de Daldis.
Tenía dinero, de eso no cabe duda, el suficiente para viajar por la provincia de Asia y hasta las islas egeas, la Grecia continental e Italia.
Sus destinos eran festivales atléticos célebres, eventos cuya asistencia era una actividad propia de la élite.
Sin embargo, Artemidoro no se movía entre los círculos más altos del imperio: ni en los de los gobernadores provinciales, ni menos aún en los de la Corte de los emperadores de Roma.
No hay prueba alguna de que poseyera la ciudadanía romana ni de que supiera latín.
El abanico de obras de la literatura clásica citadas por Artemidoro es limitado, recuerda mucho al típico del currículo escolar de entonces y, en ocasiones, las interpreta de forma errónea.
Su prosa es competente y funcional, muy alejada del estilo elevado y conscientemente arcaizante de los intelectuales de alto estatus de aquel entonces, si bien esto quizá se deba a que La interpretación de los sueños era un manual técnico.
Artemidoro dividía el mundo entre los ricos y los pobres, y solo muy de vez en cuando añadía los de en medio; él se identificaba de forma clara con los primeros 30 .
Deberíamos situarlo, pues, entre la élite de dos ciudades provinciales, de las que la remota Daldis era mucho menos imponente que el rico puerto de Éfeso.
Parece sentirse a gusto en el mundo de los magistrados cívicos, los sacerdotes, los terratenientes, los mercaderes y los navieros.
Pero, según explicó él mismo, su investigación lo llevó más allá de los límites de su propia clase.
No solo reunió material tomado de libros, sino también testimonios de algunos colegas suyos: «Aunque los adivinos que frecuentan las plazas están muy desprestigiados y las personas que adoptan un aire grave y fruncen el entrecejo los tachan de pordioseros, charlatanes y embaucadores; yo, sin prestar crédito a esta acusación, me he tratado con ellos por espacio de muchos años» 31 .
Era como si por una vez, en el Mediterráneo antiguo, pudiéramos escuchar las voces de gentes que no eran de la élite, obtener una visión del mundo desde lo más bajo de la sociedad.
Y tal vez pudiéramos incluso aspirar a algo más.
En El queso y los gusanos, Carlo Ginzburg aprovechó los sumarios de la Inquisición para recrear el universo mental y conceptual de un molinero rural en el Friuli (Italia) del siglo XVI .
La puntillosa burocracia de los inquisidores, según Ginzburg, permitió conservar testimonios (harto infrecuentes de otro modo) de una contracultura subordinada, analfabeta, alejada de la élite, atrapada en un conflicto continuo y desigual con la cultura dominante y culta de la clase alta.
Esa tendencia alternativa, según Ginzburg, estaba muy extendida en las sociedades europeas preindustriales.
¿No podríamos inferir de las historias que los adivinos pordioseros de los mercados le contaron a Artemidoro la existencia de algo similar en el Imperio romano? 32 .