Aquellos que van a morir 3. SECUNDA VIGILIA (LA SEGUNDA VIGILIA) #3
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3. SECUNDA VIGILIA (LA SEGUNDA VIGILIA) #3

Los romanos le temían a la oscuridad. Tenían buenos motivos para ello.

Por la noche, las calles adquirían un aire lóbrego.

Eran pocas las ciudades que disponían de iluminación callejera con lámparas de aceite, y todas ellas (Alejandría, Éfeso, Antioquía, Cesarea) estaban en la parte oriental griega; la inmensa mayoría no las tenían, ni siquiera Roma 70 .

Cualquiera que se aventurara a salir de noche se enfrentaba a múltiples peligros.

La oscuridad era propicia para los accidentes.

Un orinal agrietado y arrojado en ese momento a la basura por inservible, o caído desde una ventana elevada por simple torpeza en su manejo, podía partirle la cabeza a cualquiera.

Si había más suerte, se hacía añicos en el suelo y la única consecuencia para el infortunado transeúnte era ponerlo perdido de orina 71 .

A san Andrés el Loco lo atropelló un carretero borracho cuando se encontraba tumbado sobre un montón de estiércol 72 .

No todos los peligros que acechaban en las calles eran accidentales.

Antes de echarse su inoportuna cabezadita, Andrés el Loco se había zafado del acoso de unos jovenzuelos ebrios.

Aventurarse solo por las calles de noche era jugar con fuego.

Según el Umbricio de la tercera sátira de Juvenal, solo un insensato no haría testamento antes de aceptar una invitación a cenar 73 .

Cualquier rufián bebido podía andar por ahí buscando camorra.

Con la xenofobia característica de aquellos tiempos, el susodicho podía acusarte de ser un judío.

Daba igual si intentabas razonar con él o escabullirte sin decir nada, acabarías acribillado a patadas y puñetazos, suplicando que te dejaran volver a casa conservando los pocos dientes que te quedaran en la boca.

Podían atracarte o matarte 74 . Ni siquiera el hecho de que los vigiles se presentaran a tiempo era una garantía de salvación.

Podían tomarte a ti por malhechor y arrestarte 75 .

Y, por lo menos, en las ciudades, las calles parecían estar libres de peligros sobrenaturales.

Pero, en cuanto salías de ellas, aunque solo fuera hasta la necrópolis extramuros, la noche se llenaba de fantasmas, hombres lobo y daimones varios 76 .

Un dormitorio, aun con la puerta cerrada, podía reservar más terrores todavía que las oscuras calles del exterior.

Los pobres vivían hacinados en casas de vecindad instaladas en construcciones de mala calidad 77 .

El temor a un desmoronamiento súbito o a perecer en un incendio era constante 78 .

Además, ni todas las cerraduras y las cadenas del mundo podían disuadir a unos cacos decididos y armados con acero afilado.

Cuando prendieron a Dionisio, obispo de Alejandría, una pandilla de cristianos muy combativos acudió en su rescate.

Ahuyentaron a los soldados que custodiaban la casa y entraron de golpe en el dormitorio episcopal.

Dionisio, que dormía sin más ropa que una túnica de lino, los confundió al momento con ladrones y les ofreció el resto de su ropa 79 .

Esta anécdota no solo nos recuerda que un buen cristiano nunca dormía desnudo, sino que la pobreza no era defensa alguna frente a una invasión violenta del hogar.

Los dormitorios, a diferencia de las calles urbanas, eran lugares propicios para la ansiedad por lo sobrenatural.

Los fantasmas acudían de noche. Los espectros clásicos —a diferencia de los modernos— no eran pálidos, blancos e inmateriales, aunque sí podían arrastrar cadenas y hacer ruido con ellas.

Lo normal era que fuesen de piel oscura o negra —con independencia de cuál hubiera sido su origen étnico en vida— y muy capaces de despedazar a un hombre.

Los daimones (o demonios) eran también un problema 80 .

Plotino, el filósofo platónico, redujo al mínimo sus horas de sueño comiendo poco y ejercitando continuamente su intelecto.

Y fue una suerte: una noche, cuando un filósofo rival le envió un daimón que intentó asfixiarlo —«como a un saco de dinero bien atado»—, él estaba despierto y su poderosa alma frustró el ataque 81 .

En el fondo, no había una separación estricta entre daimones y fantasmas.

Ninguno de esos dos tipos de apariciones presagiaba nada bueno.

Bruto, el asesino de César, no dormía nunca de día y solo lo hacía unas pocas horas de noche.

Se daba una especie de siesta vespertina tras la cena y, luego, pasaba el resto del periodo nocturno atendiendo asuntos públicos o leyendo.

Una noche, en plena campaña militar, antes de la tercera vigilia, una figura extraña y espantosa entró en su tienda, tenuemente iluminada.

Bruto mantuvo una admirable serenidad en todo momento.

—¿Quién, hombre o dios, eres? ¿Qué quieres de mí? —preguntó.

—Soy tu mal daimón, Bruto; volverás a verme en Filipos —respondió el espectro.

—Pues allí te veré, entonces —le replicó Bruto, sin turbarse 82 .

La oscuridad y la noche intensifican el componente emocional y convierten lo natural en extraño y aterrador.

El ladrar de los perros o el ulular de los búhos podían ser sonidos de brujas.

Como estas cambiaban de forma a voluntad, las hechiceras nocturnas podían introducirse en cualquier alcoba bajo la guisa de un ratón, una comadreja o incluso una mosca.

Las brujas robaban bebés y miembros y órganos de adultos.

Si tenías suerte, solo se limitaban a orinar sobre tu cuerpo entero 83 .

A los cristianos, con su novedosa y rígida moral sexual, les preocupaban los seres sobrenaturales que llegaban por la noche para practicar sexo con personas 84 .

Toda cautela era poca. Los paganos hacían ofrendas a sus dioses del hogar (los lares) antes de irse a la cama y colocaban estatuillas de deidades guardianas en sus dormitorios 85 .

Si el peligro era inminente, se aconsejaba tocar tres veces los marcos y el umbral de la puerta con una rama de madroño, rociar agua sobre la entrada, colocar una vara de espino blanco en la ventana y sacrificar un cerdo 86 .

El sueño era demasiado cercano a la muerte 87 , como también lo era la oscuridad al Hades 88 .

Muchas personas adultas —no solo los amantes— dejaban una lámpara encendida por la noche 89 .

Tras fracasar en su intento de hacer que su madre se ahogara en la oscuridad en un falso accidente con un barco desmontable, Nerón envió a unos marinos para rematar la faena.

Irrumpieron en el dormitorio de Agripina, donde la encontraron junto a una criada.

Rodearon entonces el lecho en el que reposaba la emperatriz.

Un oficial naval le asestó un golpe en la cabeza con una clava.

Cuando un centurión desenvainó su espada, ella se señaló el vientre y le dijo: «Hiéreme aquí».

Apretujados en torno a ella, la cosieron a cuchilladas hasta matarla.

Toda aquella escena infernal estaba iluminada por una única y tenue lámpara de noche 90 .

Mucho más ligero es el tono de la anécdota de un necio con la que bromeó Luciano.

El insensato pensaba que podía evitar que le picara una chinche apagando la lámpara: «¡Ajá! ¡Ahora ya no puedes verme!» 91 .

Los gladiadores eran las segundas imágenes más populares, después de las escenas eróticas, en la decoración de las lámparas romanas 92 .

La noche antes de que el gladiador apareciera sobre la arena, es muy posible que se durmiera contemplando alguna figura de alguien como él (o quién sabe si de él mismo) emitiendo una luz que mantenía alejados tanto a la oscuridad como a Hades.