3. SECUNDA VIGILIA (LA SEGUNDA VIGILIA) #2
Pero el sueño tenía un lado oscuro. El dormir demasiado, sobre todo si se acompañaba de ociosidad y afición al juego y a la bebida, debilitaba el espíritu.
Uno comenzaba por ahí, advertía Ovidio, y acababa enamorándose 53 .
Sin embargo, cuando Cicerón escribió que Marco Antonio no atendía a embajadas importantes y las despachaba sin más porque dormía durante el día, no le estaba reconviniendo porque le preocuparan los posibles efectos negativos que aquello pudiera tener en el futuro triunviro, sino para resaltar y criticar los vicios preexistentes de Antonio: la indolencia, la embriaguez y la arrogancia 54 .
En general, se consideraba que dormir a deshora era algo negativo.
Los hombres que, como Antonio o el emperador Heliogábalo, trasnochaban y habían hecho de sus noches sus días, y de sus días sus noches, eran los peores de todos 55 .
Según Séneca, los que «viven a la luz de las antorchas y las velas» se comportan de forma antinatural, como si fueran rosas cultivadas en pleno invierno u hombres maduros que desearan ser penetrados sexualmente 56 .
Dejando a un lado las siestas estivales —aceptables, por otra parte— 57 , los hombres buenos que le arrancaban un pedazo a la noche por motivos razonables, como leer y escribir literatura moral e intelectualmente enriquecedora, no recuperaban el sueño no dormido durante el día.
Por consiguiente, quienes dormían en el horario diurno lo hacían porque se habían pasado toda la noche entregándose a la habitual letanía de vicios: la bebida y la comida desmesuradas, los juegos de azar, los chismes ociosos y el sexo ilícito 58 . Y había quienes eran más perversos aún.
Muchos delincuentes —los cacos, los atracadores— actuaban de noche 59 .
La ley los trataba con más dureza que a los que lo hacían de día 60 .
Si alguien descubría a un ladrón en su casa en plena oscuridad, estaba legalmente autorizado a matarlo, aun si este no llevaba arma alguna.
De día, solo podía hacerlo si el intruso iba armado.
Las autoridades romanas, encargadas de sostener el peso de la defensa de la res publica y la moral tradicional, sentían una profunda desconfianza hacia las reuniones nocturnas.
Advertían en ellas el aroma sospechoso de los cultos extranjeros y las conjuras.
Las autoridades rara vez intervenían, pero, cuando lo hacían, actuaban con mano dura.
En el 186 a. C., el Senado ordenó la supresión de los ritos nocturnos en honor a Baco 61 .
A los seguidores se los persiguió por toda Italia; se confiscaron sus fondos, se demolieron sus altares y se ejecutó a algunos de los iniciados.
Solo los santuarios antiguos quedaron exentos, y en lo sucesivo, únicamente se permitieron los rituales aprobados de manera oficial, con una asistencia máxima de cinco sacerdotes y fieles en total.
A los seguidores de Baco se les condenó por introducir un culto extranjero, por practicar la inmoralidad sexual entre hombres y mujeres, así como entre hombres y hombres —y, en especial, la violación homosexual de varones jóvenes—, por delitos fiscales (que incluían las falsificaciones y el perjurio), por envenenamiento y por el asesinato ritual de jóvenes que se resistían al sexo con penetración.
Todo ello, aunque fuera por vías sin especificar, equivalía en última instancia a un plan para hacerse con el control del Estado.
Catilina encarnó el arquetipo del conspirador romano 62 en buena medida gracias a la fama de los discursos de Cicerón en su contra y a la monografía que Salustio dedicó a su «conjura».
Catilina, subvirtiendo la virtud romana de la fortaleza, renunciaba al sueño para permanecer despierto toda la noche, durante la que urdía planes para atentar contra la res publica.
La noche del 6 de noviembre del año 63 a.
C., Catilina y sus seguidores se congregaron en la casa de Publio Leca, situada en la calle de los Hoceros, en Roma.
Allí ultimaron sus planes para provocar el colapso del Estado con un cataclismo de asesinatos e incendios.
Con el fin de sellar su compromiso mutuo, pronunciaron un terrible voto y, según el relato de Salustio, bebieron sangre humana mezclada con vino.
Fuentes posteriores fueron más explícitas aún en lo relativo al sacrificio humano: Plutarco afirmó que ofrecieron a un hombre como víctima propiciatoria, mientras que Dion Casio escribió que se trató de un muchacho.
Ambos coincidieron en señalar que los conjurados comieron carne del sacrificado.
A los paganos instruidos y cultos, los cristianos —que se reunían antes de la aurora y tras la puesta del sol— les recordaban inevitablemente tanto a aquellos antiguos seguidores de Baco como a los de Catilina 63 .
Si tenemos en cuenta el lugar central que ocupaba la ingesta ritual del cuerpo y la sangre de Cristo, en un banquete de amor (ágape) en el que los fieles se dirigían unos a otros llamándose «hermano» o «hermana», no resulta sorprendente que los Padres de la Iglesia primitiva (como se conoce a los escritores cristianos antiguos más influyentes) sintieran la necesidad de dedicar tiempo y esfuerzos considerables a refutar las acusaciones de incesto y canibalismo lanzadas contra sus correligionarios.
Los cristianos suponían una amenaza para el imperio más evidente que la de los seguidores de Baco.
De entrada, era un problema que los seguidores de Cristo adoraran a un hombre que se había autoproclamado rey de los —tradicionalmente revoltosos— judíos y había prometido volver algún día.
Por otra parte, pese a que su pacifismo («no matarás») descartaba una insurrección armada, también implicaba una deslealtad, pues no podían (o no debían) alistarse en el Ejército y cumplir con la obligación clave de un ciudadano: luchar para defender a Roma.
A un nivel más profundo todavía, para Roma los cristianos representaban una amenaza existencial.
A ojos de los paganos, eran unos ateos que negaban la existencia de los dioses tradicionales o que los degradaban a la condición de demonios malignos (el cristianismo primitivo nunca logró reconciliar esas dos posturas mutuamente incompatibles desde un punto de vista lógico).
Todo pagano de mentalidad tradicional sabía que la seguridad y la salud (en latín, salus aludía a ambas cosas) del imperio, y el orden general del universo, dependían de la pax deorum (la «paz» o, mejor dicho, el «pacto con los dioses») 64 .
En esencia, si los romanos se portaban bien con sus deidades, estas se portarían bien con ellos.
Permitir la existencia de unos ateos, los cristianos, que negaban o denigraban a los dioses no era portarse bien con las divinidades tradicionales.
Aun así, esto no supuso una fuente de preocupación demasiado importante mientras el imperio se mantuvo fuerte.
Las persecuciones de cristianos, aunque exageradas a posteriori por los apologistas de la Iglesia, fueron operaciones a pequeña escala y muy locales hasta la segunda mitad del siglo III d.
C. Luego, con la llegada de la gran crisis (las interminables guerras civiles, la sucesión de emperadores muy efímeros y las victorias sin precedentes de las fuerzas bárbaras), sí se ordenaron persecuciones en todo el imperio y con creciente dureza.
Los emperadores Decio, Valeriano y Diocleciano actuaron de ese modo buscando restablecer la pax deorum.
Obviamente, fracasaron. Hay quienes opinan que ese fracaso fue debido a que se hizo demasiado poco y demasiado tarde.
También pudo deberse a una serie de sucesos casuales 65 .
No en vano, Decio fue el primer emperador en morir en combate contra los bárbaros, y Valeriano fue el único que los bárbaros llegaron a capturar vivo.
Los cristianos se mostraron exultantes: ¡así castigaba Dios a los que perseguían a la fe verdadera!
Aquello debió de dar que pensar a los paganos tradicionales: ¿no tendría algo de especial aquel dios crucificado?
Lejos de mostrar una actitud como la de los cristianos, los gladiadores alardeaban de su adhesión a los dioses tradicionales 66 .
Tras la muerte de Espartaco, ningún gladiador volvió a conspirar nunca más contra la res publica.
Las reuniones nocturnas clandestinas no eran lo suyo.
En circunstancias normales, podían quedarse bebiendo hasta tarde en las tabernas, o gastar energías en alcobas iluminadas a la luz de las lámparas, pero la noche antes de un combate, necesitaban todo el sueño que sus ansiosas cabezas pudieran dejarles conciliar en aquellos momentos.
E L SUEÑO Y LA OSCURIDAD COMO SIGNOS DE MIEDO Y MUERTE
Alejandro Magno dijo que solo el sueño y el sexo le recordaban que era un mortal 67 , lo cual no deja de ser extraño si tenemos en cuenta lo aficionado que era a la poesía épica —guardaba un ejemplar de la Ilíada bajo la almohada—, donde se afirmaba que el sueño (Hipnos) era el «soberano de todos los dioses y todos los mortales»: es decir, que hasta los dioses dormían 68 .
Hipnos era el hijo sin padre de la Noche (Nix), la oscuridad eterna que precedió incluso a los dioses. Su hermano gemelo era Muerte (Tánatos). Vivían en el Hades, el reino de los muertos. Juntos transportaban las almas de los hombres hasta las tinieblas del inframundo 69 .