3. SECUNDA VIGILIA (LA SEGUNDA VIGILIA)
L A MEDIDA DEL TIEMPO
Sin embargo, en la ciudad de Roma la noche rara vez era tranquila, y menos aún, silenciosa.
L AS DIFICULTADES PARA DORMIR
E L CULTO AL INSOMNIO
A Cicerón, como ya se ha dicho, le molestaban los ronquidos de su vecino 33 .
En las ciudades romanas, ricos y pobres vivían muy cerca unos de otros.
Aunque algunos barrios eran más salubres y algunos oficios se concentraban en localizaciones determinadas, no había nada parecido a la zonificación de las urbes modernas 34 .
Los acomodados y los indigentes no solo vivían en las mismas áreas, sino incluso también en los mismos edificios.
Los adinerados que residían en viviendas de su propiedad solían alquilar algunas habitaciones de estas que daban a la calle para su aprovechamiento como pequeñas tiendas en las que sus inquilinos vivían y trabajaban 35 .
Pese a la proximidad entre las personas en general, si algunas podían conseguir un poco de silencio nocturno, esas eran los miembros de la élite.
A fin de cuentas, disponían del dinero para permitirse la arquitectura y el espacio necesarios para ello.
Plinio el Joven diseñó para sí mismo un conjunto separado de habitaciones en su villa de Laurentum para que no le molestaran ni siquiera los sonidos de las celebraciones de las saturnales 36 .
En las ciudades, el sólido muro que separaba las tiendas alquiladas del resto de estancias de las casas de la élite carecía de aberturas.
El nivel de control social que allí podía llegar a ejercerse no era en absoluto despreciable.
No en vano a los inquilinos les interesaba más bien que sus caseros durmieran con la mayor continuidad posible.
Y, ya en la cima misma de la pirámide social, el emperador contaba con la ventaja de que podía imponer silencio.
En la Corte imperial, había unos sirvientes especializados en ello, los silentiarii 37 .
Cuando la algarabía de una muchedumbre que pretendía entrar gratis en el Circo Máximo molestó a Calígula en mitad de la noche, él hizo que la expulsaran de allí a bastonazos.
Según Suetonio, más de veinte équites romanos, e igual número de damas de esa misma clase «e innumerable gente del pueblo», murieron aplastados en el tumulto consiguiente 38 .
Lo irónico del caso es que la élite —ese mismo grupo social que aspiraba a comprar para sí la suficiente paz a su alrededor como para poder dormir a pierna suelta— cultivaba a su vez cierto culto al insomnio.
Los intelectuales se quedaban despiertos hasta tarde, peleando contra la fatiga, para trabajar en sus libros, leyendo y escribiendo literatura seria.
O se levantaban justo antes de que rompiera el alba para proseguir con sus estudios 39 .
No le faltaba razón a Quintiliano cuando se justificó diciendo que, a esas horas, había menos distracciones; no había nada que contemplar por la ventana, ni nadie alrededor (salvo, quizá, uno o dos esclavos ocupados en mantener la lámpara encendida, tomar dictado o leer en voz alta) 40 .
Esta privación de sueño voluntaria de personas de alto estatus tenía un nombre: lucubratio («trabajo nocturno»).
Para los romanos, era un indicador de virtud.
Y quienes la practicaban se encargaban de que otros supieran que lo hacían.
Era una señal de que la persona valoraba más lo mental que lo físico.
También subrayaba su compromiso con el deber público: al realizarse por la noche, la lucubratio no consumía horas del día, que eran las que se debían dedicar a servir a la res publica.
Para resaltar la virtud de la frugalidad, la mejor lucubratio era la que se hacía en compañía de una solitaria luz.
Eso hizo que muchos intelectuales tuvieran problemas de vista.
Los pensadores que sufrían esos efectos nocivos sobre su salud no solo los explicitaban, sino que incluso alardeaban de ellos, y no solo del deterioro visual, sino también del habla pastosa, el mal semblante y las digestiones difíciles, todas ellas manifestaciones físicas de su virtud interior 41 .
Casi todos los romanos consideraban que el servicio más encomiable a la res publica era el militar.
La noche era un momento peligroso cuando se estaba de campaña o en un campamento.
A los generales no los podían sorprender dormidos 42 .
Ulpio Marcelo, el general enviado por Cómodo para aplastar a las tribus de Britania, era de una eficiencia y una probidad manifiestas, pero la naturaleza no lo había bendecido con un carácter agradable ni amable.
«Fue un general más parco en el dormir que otros, […
] pues la naturaleza lo había capacitado para resistir al sueño, pero él aun había desarrollado más esta facultad mediante la disciplina del ayuno».
Todos los días escribía sus órdenes sobre doce tablillas de madera y hacía que sus ayudantes las entregaran durante la noche para que sus oficiales, «creyendo que el general se mantenía siempre despierto, no se rindieran al sueño» 43 .
La figura del emperador fue instituida por Augusto a partir de una serie de éxitos militares (fruto casi íntegramente de guerras civiles libradas por ejércitos que estaban bajo el mando de sus subordinados, una circunstancia que, sin embargo, fue relegada al olvido).
Todos los emperadores posteriores, incluso aquellos que jamás dirigieron a las tropas en persona, fueron ya comandantes en jefe del Ejército romano.
Ellos eran quienes se llevaban toda la gloria militar 44 .
No había batalla que no se librara bajo sus auspicios.
Solo ellos —o ciertos miembros favorecidos de sus familias— podían recibir la máxima distinción: el desfile victorioso conocido como «triunfo».
La imagen imperial proyectada en todos los medios entonces disponibles —desde las monedas hasta la literatura, pasando por las esculturas, las leyes y los discursos— tenía que ser la de un general capaz y exitoso.
Eso incluía su disposición a sacrificar horas de sueño.
Vespasiano siempre se levantaba cuando aún estaba oscuro para trabajar en sus informes.
Septimio Severo también andaba ocupado ya antes de que amaneciera.
Y, como tantas veces ocurre en otros contextos parecidos, las obras de ficción sobre los emperadores nos revelan mucho acerca de cuáles eran las expectativas que sus súbditos albergaban sobre ellos.
En la Historia Augusta, el inefectivo Alejandro Severo aparece caracterizado como el emperador perfecto: además de ser madrugador, rendía culto a los dioses o, si su cuerpo no estaba purificado porque había tenido sexo con su mujer, realizaba alguna actividad física saludable.
No obstante, «si la necesidad lo imponía, se consagraba al trabajo de los asuntos públicos antes de amanecer y lo prolongaba hasta horas avanzadas y jamás le venció el hastío, ni cesó en su labor rendido por el mal humor o la ira».
En su dormitorio, disponía de nóminas de sus tropas «y, cuando se encontraba solo, se dedicaba a repasar una y otra vez sus presupuestos, su número, sus grados y sus soldadas, de manera que estaba plenamente informado de todo» 45 .
La imagen del emperador insomne calaba en los administradores civiles y los funcionarios iban concibiéndose a sí mismos cada vez más como personal militar 46 .
El de Afrodisias, en Caria (en la actual Turquía), es un yacimiento muy bien conservado.
Se han hallado en él suficientes estatuas de personalidades de la élite tardoimperial local como para poder extraer buenas generalizaciones acerca de cómo se concebían a sí mismos.
Muchos de estos hombres ricos y ociosos quisieron verse representados en mármol con aspecto desaliñado, demacrados y abatidos, con ojos anormalmente grandes y de mirada fija.
Tienen el ceño fruncido por las preocupaciones, la boca seria y las comisuras caídas.
Son hombres que deseaban que los vieran como personas serias y laboriosas, sin tiempo para frivolidades como afeitarse, porque pasaban la mitad de la noche velando por el bien de la comunidad.
Anhelaban que se les agradecieran sus «fatigas insomnes», como las llamó alguien de la élite de Éfeso.
Asimismo, en el campo, los mejores esclavos eran aquellos que no necesitaban dormir mucho, o eso sostenían tratadistas agrícolas como Catón y Columela 47 .
Difícilmente habría pensado nadie lo mismo en el caso de una escuela de gladiadores.
Un lanista comercial quería que sus inversiones estuvieran bien descansadas y en óptimas condiciones para que, aun en el caso de que no vencieran, pudieran luchar con la suficiente dignidad como para que se les perdonara la vida.
No existía tal riesgo económico para el funcionario que estaba al frente de una escuela imperial, pues él no era el dueño de los gladiadores, pero sí corría otros peligros.
En Cartago, Perpetua obtuvo del tribuno militar que dirigía su prisión unas mejores condiciones para los cristianos condenados a las fieras con el argumento siguiente: «Pertenecemos al emperador; vamos a luchar en el día de su cumpleaños; ¿no hablaría en tu favor que ese día compareciéramos en mejores condiciones físicas? » 48 .
D ORMIR, UN INDICIO DE VICIO Y DEPRAVACIÓN
El sueño era «dulce» en la poesía griega 49 .
Para Homero, «aflojaba los miembros y liberaba al corazón de su dolor» 50 .
Era una necesidad que relajaba y reponía las mentes y los cuerpos cansados 51 .
Algunos poetas latinos podían llegar a desear que los abrazara como lo anhelarían de un amante 52 .