Aquellos que van a morir 2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #5
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2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #5

La sexualidad romana era diferente de la nuestra.

No había palabras en latín ni en griego equiparables a heterosexual, bisexual u homosexual.

El comportamiento sexual de la élite romana —que es el grupo social que mejor conocemos, pues era el que escribía los libros— daba mucha más importancia a ser la parte «activa» (en vez de la «pasiva») de una pareja que al sexo de la persona a la que esa parte activa estuviera penetrando.

No habría tenido nada de «impropio de un hombre» ser la parte activa en una relación íntima con un gladiador.

También había una reducida minoría de varones de la élite, como, por ejemplo, el emperador Heliogábalo, que alardeaban sin pudor del placer que les producía asumir el papel pasivo con otros hombres 78 .

En un relieve funerario ubicado en la actual Maastricht, vemos a dos gladiadores (véase la imagen 4 del encarte fotográfico).

El vencedor, a la izquierda, avanza espada en mano, listo para asestar el golpe, viril y masculino.

El perdedor, tras haber soltado su arma, le da la espalda y levanta la mano suplicando clemencia.

Está de pie con las rodillas juntas, una pierna recta y la otra ligeramente doblada por la rodilla: una postura que, en arte, connotaba feminidad ya desde el siglo V a.

C., cuando Praxíteles la empleó para la Afrodita de Cnido, uno de sus célebres desnudos escultóricos 79 .

El sexo se concebía a menudo como un combate: golpear, cortar, partir, herir y matar 80 .

El sexo con un gladiador habría potenciado la masculinidad del penetrador y habría feminizado al penetrado, tal como hubiera ocurrido si el primero hubiera salido vencedor de un enfrentamiento sobre la arena.

¿Qué confería a los gladiadores semejante atractivo erótico?

Distaban mucho del ideal clásico de la belleza masculina: aquel joven atlético y musculoso del Doríforo (o «portador de lanza») de la famosa estatua de Policleto 81 .

Los gladiadores, cebados a sagina, estaban gordos 82 .

Tenían una mala dentadura, peor que la del resto de la población, a causa tanto de la dieta rica en carbohidratos y pobre en calidad con la que se alimentaban, como de su estilo de vida: las tensiones físicas y psicológicas a las que estaban sometidos reducían su producción de saliva 83 .

Eso, supuestamente, hacía que tuvieran un aliento incluso más fétido que el de la mayoría de las personas pobres 84 .

Su oficio hacía mella en sus cuerpos: cicatrices de heridas de espada y látigo, mordeduras de animales salvajes, etcétera 85 .

Además, a principios del siglo IV d. C., a los hombres condenados a las escuelas gladiatorias o a las minas se les tatuaba el rostro.

Un edicto del 316 d. C. del primer emperador cristiano, Constantino, prohibió tal práctica —el rostro humano estaba hecho a imagen y semejanza del divino— y autorizó que se les tatuara «solo» en las manos y las piernas 86 .

Algunos optaron por utilizar su propio aspecto personal para anunciar su profesión.

Cómodo llevaba el pelo corto como un gladiador 87 .

En un mosaico de Zliten, en el norte de África, se puede ver a un bestiarius (uno de los que adiestraba y manejaba animales) con moño alto mientras hace bailar a un jabalí (véase la imagen 5 del encarte fotográfico) 88 .

Otras peculiaridades físicas que identificaban a los gladiadores eran ya involuntarias, producto de las largas horas de entrenamiento repetido.

Sergio, el gladiador que, según Juvenal, se fugó con la esposa de un senador, tenía una hendidura en la frente y un bulto en la nariz causados por el roce de su casco 89 .

Algunos se volvían casi deformes. Según Plinio, un caso muy conocido fue el de un gladiador llamado Studiosus, un «tracio» propiedad de Calígula, que tenía el brazo derecho más largo que el izquierdo 90 .

La arqueología parece confirmar que el pesado y reiterado entrenamiento gladiatorio podía provocar tales asimetrías.

Un cementerio romano excavado en York (a partir de 2004) contenía ochenta y dos esqueletos, setenta y cuatro de los cuales eran de varones adultos jóvenes depositados allí entre los siglos II y IV d.

C. Curiosamente, cuarenta y seis habían sido decapitados.

Los traumatismos por objetos tanto romos como cortantes —algunos de los cuales ya cicatrizados con anterioridad— detectados en varios de esos esqueletos, y comparables a los del cementerio de Éfeso, nos indican que se trataba de gladiadores.

Uno de ellos, con mordeduras de un gran carnívoro (oso, león o tigre) en el cuello y en la cadera, era probablemente uno de los que luchaban contra fieras.

Las lesiones por estrés óseo halladas en la clavícula de otro, causadas por movimientos circulares continuados de sus brazos, encajarían con el entrenamiento de un reciario.

De los demás, uno de cada siete tenía un brazo más largo que el otro, cabe suponer que de tantas y tan largas sesiones ejercitando con la espada ante el palus 91 .