Aquellos que van a morir 2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #4
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2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #4

A partir de Juvenal y de Vegecio, de alguna que otra alusión literaria pasajera, y de fragmentos de material arqueológico, podemos reconstruir un hipotético programa de entrenamiento de gladiadores.

Los novatos (novicii) se iniciaban con el poste (palus).

Para ganar en fuerza y resistencia, como escribió Séneca el Viejo, «los gladiadores se adiestra[ba]n con armas más pesadas que las que emplea[ba]n para luchar y el entrenador los obliga[ba] a permanecer armados más tiempo que el adversario» 58 .

Se les enseñaban movimientos de ataque y defensa, manejando tanto el escudo como la espada como armas ofensivas.

Estos movimientos formaban una secuencia o «ritmo» (por usar la expresión empleada por Juvenal).

El paso siguiente era hacer que combatieran entre ellos con el pesado equipo de madera.

Varios de los esqueletos del cementerio de gladiadores de Éfeso muestran heridas cicatrizadas causadas por traumatismos contundentes 59 .

Para burlarse de aquella parte de la instrucción, Cómodo usaba una espada afilada contra rivales que llevaban la suya sin filo: «Mataba a un hombre de vez en cuando, y al hacer pases cercanos con otros intentando cortarles un mechón de sus cabellos, les seccionaba las narices a algunos y las orejas a otros» 60 .

Por último, como un aprendiz de orador que por fin diera el paso y dejara atrás las declamaciones imaginarias para afrontar los alegatos de un tribunal real, los gladiadores terminaban entrenando con armas de verdad 61 .

El novicius se convertía así en tiro: un gladiador entrenado, pero aún no probado en combate.

Si sobrevivía a su primer enfrentamiento en la arena, pasaba a ser un veterano (veteranus), listo para iniciar su ascensión por los diversos niveles de su escuela.

Al instructor de un ludus se le llamaba doctor o magister.

Eran gladiadores avezados o ya retirados.

Marcial elogió al famoso luchador Hermes: hábil en todos los estilos de combate, era tanto gladiador como entrenador 62 .

Tras el edicto de Adriano, los cuatreros españoles que hubieran sobrevivido a al menos tres años de peleas en la arena, podían aspirar a cumplir el resto del tiempo que debían seguir en su familia dedicándose a transmitir las habilidades adquiridas.

En un pequeño ludus privado, solo podía haber un instructor (doctor gladiatorum), posiblemente su lanista.

En las escuelas de mayor tamaño, entre las que se incluían todas las del emperador, había entrenadores especialistas para los diferentes tipos de gladiador: doctores myrmillonum, hoplomachorum, retiatorum, etcétera 63 .

Un reciario casi desnudo, equipado con su tridente, su red y su daga, precisaba de un entrenamiento muy distinto del de, por ejemplo, un mirmilón, que llevaba un casco pesado y grebas, y se protegía con un escudo grande y una espada corta.

Hallamos ecos de esas diferencias en una ley promulgada en tiempos de Tiberio que prohibía a la élite —y a sus descendientes— no ya aparecer en la arena, sino también en las escuelas gladiatorias para «arrebatarles las plumas (pinnas) a los gladiadores, empuñar el rudis (la espada de entrenamiento) o practicar del modo que fuere en un papel subordinado parecido» 64 .

La mayoría de gladiadores luchaban con una espada y llevaban casco, y este iba a menudo decorado con plumas 65 .

Una manera coloquial de referirse a un gladiador era pinnirapus («portaplumas»).

Juvenal se quejaba de que, a la hora de sentarse para ver los juegos, un hombre pobre decente tuviera que ceder su sitio a los hijos de los proxenetas, los subasteros, los pinnirapi y los lanistas 66 .

Unos pocos tipos de gladiadores, entre los que destacaban los reciarios, no portaban espada ni casco.

Dependían de su velocidad, su agilidad y su astucia.

Arrebatar las plumas de los cascos de gladiadores equipados con armamento y protecciones más pesados era una excelente forma de entrenarse.

Me recuerda a una tarde en que estuve contemplando a unos toreros provenzales practicando por parejas en el anfiteatro romano de Arlés.

Uno hacía de toro y llevaba un tablero de madera con cuernos y unas flores clavadas entre estos.

El otro lo «toreaba» con un capote y le iba arrancando las flores con cada pase.

¿Quién decidía el tipo de gladiador en el que se convertía un novicius?

Cicerón, ya hacia el final de la República, afirmó que uno de sus enemigos políticos, Vatinio, asignó por sorteo los tipos de gladiadores (samnitas o provocatores) en su familia de doscientos luchadores 67 .

Sin embargo, se refería a una compañía pensada para un único espectáculo y formada con un presupuesto bastante bajo.

Sus hombres no habían sido selectivamente reclutados en mercados de esclavos, sino comprados al por mayor de cuadrillas de peones del campo.

Vatinio afirmaría más tarde que solo uno de ellos era un gladiador de verdad y que el resto eran cazadores de fieras.

En las escuelas permanentes de la época del Principado, lo más probable era que los propios entrenadores o el lanista asignaran sus papeles a los delincuentes, esclavos y prisioneros de guerra que a ellas llegaban en función de su físico, su fuerza, su agilidad y la aptitud natural que percibían en ellos.

Cabe suponer que los voluntarios libres que entraban en un ludus podían elegir el tipo de combate gladiatorio en el que se les entrenaría.

Desde luego, los voluntarios de la élite, que negociaban con el patrocinador de los juegos su aparición en un único espectáculo, sí seleccionaban la modalidad en la que querían combatir.

La deshonra del noble Graco por luchar en la arena fue agravada aún más, si cabe, por el hecho de que eligiera aparecer en ella como reciario 68 .

E L SEXO

El momento posterior a la cena era bueno para el sexo, aunque, para los romanos, no era el único para ello.

Al emperador Vespasiano le gustaba practicarlo con una concubina a primera hora de la tarde, antes de acudir a las termas.

A su biógrafo Suetonio le parecía muy bien 69 .

Era mucho mejor que la costumbre que tenía Calígula de llevarse a rastras a las esposas de los senadores de la mesa en la que él mismo estaba cenando con ellos y ellas, y de regresar acto seguido a comentar con sus maridos que tal habían estado sus mujeres como parejas sexuales 70 .

«Cresces el reciario se lo monta con las chicas por la noche, por la mañana y a cualquier hora».

Lejos de haber sido escrito por la groupie de un gladiador o, menos aún, por una «inocente muchacha», como a menudo se supone, este famoso grafito de uno de los dos pabellones gladiatorios en Pompeya fue con casi total seguridad grabado por el propio Cresces 71 .

Fue un pequeño «pique» de fanfarronería competitiva con su amigo y también gladiador, el tracio (thraex) Celado.

Uno de ellos había inscrito sus nombres juntos como «amos y señores de las chicas»; Celado, además, se autoproclamaba en solitario «rompecorazones» e «ídolo» de las muchachas.

En el otro pabellón gladiatorio de Pompeya, se hallaron los restos de una mujer con un collar de esmeraldas, dos brazaletes, anillos y otros adornos; llevaba también un camafeo en un pequeño cofre.

A los guías turísticos más entusiastas —y también a algunos académicos serios— les gusta asegurar que se trataba de una mujer de clase alta sorprendida mientras visitaba en secreto a su amante gladiador.

De haber sido ese el caso, se trataría de una auténtica aficionada a las orgías del estilo de las de Mesalina, pues, en la misma habitación, fueron hallados también los restos de dieciocho personas y dos perros 72 .

Hay, no obstante, sobrados indicios de que los gladiadores eran figuras con una potente carga sexual.

Marcial elogió al famoso luchador Hermes, al que calificó de «preocupación y dolor de las mujeres de los gladiadores [ludiarum]».

Ludia era una manera coloquial de referirse a una admiradora que mostrara un interés sexual por los gladiadores.

Tertuliano se lamentó de que los hombres entregaran su alma, y de que las mujeres entregaran su cuerpo también, a aurigas, actores, atletas y gladiadores 73 .

Hay quien ha sugerido que, puesto que no disponemos de literatura erótica que exprese un deseo masculino por los gladiadores, estos carecían de atractivo sexual entre los hombres romanos 74 , pero eso es atribuirle mucho a un silencio que bien podría explicarse por simples modas literarias.

Ya hemos visto que los reciarios podían ser considerados afeminados 75 .

Y, de hecho, a veces, estos luchadores con red adoptaban apodos artísticos —«Tierno» o «Depilado»— que implicaban afeminamiento 76 .

Otros tipos de gladiadores también adoptaban nombres que connotaban ternura o delicadeza, como Columbus («paloma») o Palumbus («paloma torcaz»), por ejemplo, o se ponían los nombres de famosos «efebos» de la mitología, como Narciso, que desdeñó a la ninfa Eco, o como Hipólito, que rechazaba a todas las mujeres, o como Jacinto o Hilas, muchachos amantes de Apolo y Heracles, respectivamente 77 .

Si echamos de nuevo un vistazo al mosaico de la finca Borghese (véase la imagen 2 del encarte fotográfico), ¿acaso no recuerda un poco toda esa exhibición de carne musculosa a una escena de porno gay blando?