Aquellos que van a morir 2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #3
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2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #3

Aun después de prestar el juramento, un voluntario libre gozaba de una posición legal distinta de la del resto de miembros de la familia.

Había jurado someterse a los castigos de un esclavo, pero, en cierto sentido, conservaba un mínimo elemento de libertad.

Cayo, jurista del siglo II d. C., incluyó al gladiador voluntario retenido en la misma categoría que los niños, las esposas y los deudores legalmente «juzgados» (iudicatus), es decir, la de las víctimas potenciales de la paradójica figura delictiva del «robo de personas libres» 49 .

Uno de los sentidos en los que un voluntario difería del resto de huéspedes de la escuela era que él —o su familia— podían comprar la rescisión de su contrato en cualquier momento.

Quintiliano se imagina un caso en el que una hermana ha comprado en muchas ocasiones la libertad de su hermano para sacarlo de un ludus, pero este vuelve una y otra vez a enrolarse en él.

Al final, desesperada, le corta el pulgar mientras está dormido.

Cuando él interpone una demanda contra ella para que le indemnice, ella responde que bien se merecía haber conservado la mano entera para poder seguir luchando, pues así seguramente se habría muerto ya 50 .

A la mayoría de los voluntarios libres, el juramento les brindaba la esperanza de borrar su infamia no por medio del dinero de sus familias, sino a través de su propio y viril coraje, a fin de recuperar de ese modo su honor y su lugar entre los ciudadanos plenos.

Los únicos gladiadores que no prestaban el juramento eran aquellos miembros de la élite que contrataban directamente con el editor, el patrocinador de los juegos, su aparición en un único espectáculo.

Prestarlo habría reducido a ese promotor de clase alta —el propio emperador, en ocasiones— al estatus de un despreciado lanista profesional.

Podemos sentirnos tentados a pensar que la esperanza de libertad era lo único que importaba de verdad y que el juramento solo era una ceremonia vacía.

Nos equivocaríamos si lo hiciéramos. En un brillante estudio sobre los combates modernos se ha demostrado que, incluso en los ejércitos occidentales laicos, el juramento militar tiene una sorprendente importancia psicológica para quienes se tienen que poner en la línea de fuego 51 .

Los romanos reservaban a Hades un lugar muy especial en los horribles castigos que imaginaban a los que rompían la palabra dada en un juramento.

El de los gladiadores significaba algo. Recordemos a Fadio, el veterano de guerra de Pompeyo, perseguido por el cuestor Cornelio Balbo 52 .

Aunque contra su voluntad, Fadio estuvo dispuesto a librar dos combates en la arena, pero, luego, prefirió que lo quemaran vivo a tener que prestar el juramento gladiatorio, que parece evidente que para Fadio significaba más que el atroz dolor de la muerte en sí.

E L ENTRENAMIENTO

Las fuentes de que disponemos para informarnos de cómo era el entrenamiento de los gladiadores no podrían ser más indirectas: una sátira misógina y una propuesta muy poco realista para reformar el Ejército de la Roma tardía.

Aun así, la «Sátira VI» de Juvenal y el Compendio de técnica militar de Vegecio son lo mejor que tenemos al respecto 53 .

Juvenal era un hombre rebosante de odio.

Él (o el personaje que adoptaba en sus poemas) detestaba, entre otros, a los aristócratas corrompidos por el lujo, a los arribistas sociales, a los homosexuales pasivos y a los extranjeros, sobre todo, a los judíos y a otros orientales; a su juicio, toda la inmundicia del Orontes había terminado vertida en el Tíber.

Escritas en el siglo II d. C., las Sátiras son salvajes, irónicas y muy graciosas…

, salvo que te moleste que otras culturas no compartan tus actitudes.

En la sexta de ellas, para disuadir a un amigo de casarse, Juvenal hinca su cínico colmillo en las mujeres.

Son pendencieras, fastidiosas, avariciosas, derrochadoras y crueles; alejan de ti a todos tus viejos amigos, beben, hablan y se maquillan demasiado.

Además, su aspecto al envejecer es terrible.

Adictas a los charlatanes religiosos, hay una alta probabilidad de que te envenenen.

Y critican tu desempeño en la cama mientras acumulan amantes sin fin.

Buena parte del sexo que aparece en la obra de Juvenal tiene que ver con los gladiadores.

Ni siquiera un lanista toleraría a los pervertidos que tu esposa está dispuesta a invitar a cenar, nos dice.

Te darán un hijo y heredero cuyos rasgos, si no negros, recordarán mucho a los de cierto gladiador mirmilón.

El poeta cita el caso de Epia, esposa de un senador, que huye a Egipto con un viejo gladiador maltrecho, de nombre Sergio, al que llama con cariño su «Sergiíto» (Sergiolus).

Pero la cosa puede ser peor: tu esposa también podría resultar ser una de esas mujeres de la élite que desafían los roles de género respetables entrenándose para participar en la arena, alguien a quien le da entonces por llevar un pesado casco y el equipamiento completo, ya sean las dos grebas de un gladiador que lucha con un escudo pequeño (probablemente, un «tracio» [thraex] o un hoplomachus), ya sea la greba única del gladiador que lucha con un escudo grande (posiblemente, un mirmilón).

Allí la verás, gruñendo mientras golpea el poste de madera (palus) de los entrenamientos con la espada y el escudo, siguiendo el ritmo (numerus) indicado por su instructor.

Lo único que delatará que es una mujer es que usa un orinal.

Según Juvenal, a altas horas de la noche, a las mujeres borrachas de clase alta les gustaba turnarse para orinar sobre una estatua de la diosa Castidad 54 .

Por su parte, Vegecio, un burócrata y experto en las dolencias de los caballos 55 y del ganado en general, no era un militar.

Pese a ello, en algún momento entre el 383 y el 450 d.

C., se decidió a escribir un panfleto proponiendo una reforma del Ejército romano para enviárselo al emperador.

Tratar de darle consejos a un autócrata tiene su miga.

Por eso, en un prólogo halagador, Vegecio dice que solo está intentando recordarle al emperador cosas que este ya sabe.

Vegecio, según él mismo, obtuvo respuesta del emperador, que le pidió que escribiera más al respecto, así que, después, añadió tres libros más (del II al IV) al Compendio de técnica militar 56 .

Desechando la importancia de factores como la experiencia o la originalidad, Vegecio afirmó que lo que pretendía era aportar una investigación meticulosa, el fruto de largas horas de estudio de numerosos libros de autores antiguos.

No se puede decir que su afirmación se ajustara demasiado a la verdad.

Él se basó principalmente en epítomes y resúmenes tardíos de los autores antiguos a los que citó.

A partir de ahí, e ignorando en buena medida su propia realidad contemporánea, reunió puntos y ejemplos de periodos muy diferentes para crear una imagen ahistórica y esquemática de la «legión antigua».

Tuvo la delicadeza, eso sí, de expresar del modo más implícito posible el mensaje central de su Compendio: «Deje de contratar a mercenarios extranjeros».

La alternativa recomendada por Vegecio era que el emperador reclutara a los jóvenes adecuados en el campo romano, los equipara y los organizara como era debido, y los sometiera a un riguroso entrenamiento.

Y ahí era donde entraba el ejemplo de los gladiadores, ya que Vegecio creía que, en el pasado, el entrenamiento básico para luchar en la arena y para combatir en el Ejército había sido el mismo.

Para su instrucción, los reclutas clavaban ante sí en el suelo un poste de madera de unos seis pies de alto.

Con una espada de ese mismo material y un escudo tejido de mimbres, objetos ambos del doble de peso que sus equivalentes reales, practicaban mañana y tarde contra el poste «como si fuera el adversario».

Los veteranos tal vez necesitaran entrenar solo una vez al día.

Apuntaban a la cabeza y al rostro imaginarios, a los flancos, a las corvas y las piernas, retrocedían y volvían a avanzar y arremeter: «Deben acostumbrarse también a golpear avanzando de un salto, a subirse encima del escudo de un impulso y luego a bajarse, a embestir entre aspavientos unas veces y a retroceder reculando otras».

Se les enseñaba a acometer con la punta (y no con el canto) de la espada: no solo era más fácil infligir de ese modo una herida mortal, sino que también dejaba menos expuestos su brazo y su costado derechos.

Cuando un recluta tomaba luego las armas reales, más ligeras, «podía combatir con mayor confianza y rapidez al verse liberado del excesivo peso».

Vegecio sentenciaba: «Ni la arena ni el campo de batalla han podido nunca aclamar a un hombre invicto con las armas que no hubiera aprendido a luchar ejercitándose con los postes a conciencia» 57 .