2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE) #2
Más allá de Roma, los procuradores podían ser las autoridades responsables de la administración de los gladiadores imperiales para amplias extensiones de territorio.
Uno de ellos, por ejemplo, supervisaba los del norte de Italia y, a su vez, los de las dos provincias de la Panonia, y también los de Dalmacia.
Lucio Didio Marino era el responsable de las provincias de Asia, Bitinia, Galacia, Capadocia, Licia, Panfilia, Cilicia, Ponto, Paflagonia y Chipre (es decir, de aproximadamente el territorio coincidente con la actual Turquía y la isla chipriota).
No deja de ser asombroso que, en otro momento de su carrera profesional, se encargara también de la supervisión de los gladiadores del emperador en la Galia, Britania, España, las provincias germanas y Recia (que equivalía, más o menos, a la suma de las actuales Suiza y Baviera).
Estos procuradores imperiales tenían un adjunto y un personal subordinado.
Como Ático, el amigo de Cicerón, en tiempos de la República, se mantenían alejados del prosaico día a día de las escuelas.
Nadie podía confundir a aquellos generosamente pagados funcionarios imperiales con unos vulgares y avariciosos lanistas.
Lejos de Roma, tanto en Italia como en las provincias, los miembros de la élite local —tanto magistrados como ciudadanos privados— todavía podían ser dueños de familiae de gladiadores y exhibirlos.
El sumo sacerdote del culto imperial en la provincia de Asia (el «asiarca») era propietario de un ludus en Pérgamo.
Dado que el cargo sacerdotal tenía una duración anual, cada año su titular en aquel momento se lo vendía a su sucesor.
En una inscripción hallada en la isla de Cos, se menciona a la esposa de un asiarca usando a la familia de gladiadores como guardia personal; eso mantenía a estos ocupados la mayor parte del tiempo, ya que solo peleaban en la arena en un festival de verano que se celebraba una vez al año.
No todos los sumos sacerdotes de todas las provincias mantenían a una compañía permanente de ese tipo: en la Galia, por ejemplo, tenían que contratar los luchadores a los lanistas.
Carecemos de pruebas inequívocas de miembros de la élite (que no fueran sumos sacerdotes) que mantuvieran una familia a largo plazo.
Cabe suponer que, aun cuando pudiera ser económicamente ruinoso, en aquellas raras ocasiones en que sus cargos cívicos o su orgullo familiar les impulsaban a patrocinar un espectáculo, les resultaba más barato aprovisionarse de combatientes acudiendo a los negociantes privados o a los procuradores imperiales.
Por debajo del nivel de la élite, había una serie de hombres que buscaban no tanto honor y estatus como ganancias económicas puras y duras.
El cataclismo que sepultó Pompeya preservó en sus anuncios pintados y sus grafitos los nombres de tres hombres 34 propietarios de compañías de gladiadores y promotores de espectáculos gladiatorios comerciales, los llamados munera assiforana, una especie de «eventos de bajo coste».
(Pese al adjetivo, no debemos suponer que el precio de la entrada fuese siempre una de esas monedas romanas de escaso valor llamadas as.
Tampoco el término contemporáneo «novelas de a duro» sería hoy tanto una declaración sobre el precio real del libro como sobre su [baja] calidad literaria).
Ahora bien, más allá de lo hallado en Pompeya, los lanistas se pierden entre las brumas de la historia.
La inscripción del debate senatorial sobre la iniciativa de Marco Aurelio para tratar de fijar el precio de los gladiadores evidencia que había un gran número de tratantes de luchadores 35 , bastantes como para abastecer de forma holgada del personal requerido los fastuosos y desmesurados juegos promovidos por los sumos sacerdotes imperiales en la Galia.
También es indicativa del hecho de que los senadores tenían a tales tratantes por intrínsecamente codiciosos y carentes de principios.
Séneca los describió como los «hombres más despreciables e indignos» 36 .
Por lo general, no superaban siquiera el umbral mínimo que les hiciera ser blanco del desprecio de los escritores de la élite.
Por mucho dinero que ganaran, seguían estando en la misma categoría legal que las prostitutas, los proxenetas y sus propios gladiadores.
Pocos lanistas habrían grabado su profesión en sus lápidas.
En una inscripción en Arlés, en la Galia, un hombre se describió a sí mismo como un negotiator familiae gladiatoriae 37 , un eufemismo para no referirse directamente a su indigno oficio.
E L JURAMENTO
Las saturnales de mediados de invierno eran una ocasión para beber, darse festines y apostar 38 ; un momento para los regalos y los lechones 39 ; una oportunidad para «cantar desnudo, aplaudir con emoción, de vez en cuando incluso tirar[s]e al agua fría de cabeza con la cara tiznada de hollín» 40 .
El festival celebraba la Edad de Oro, regida por Saturno, cuando todos los hombres eran iguales y aún no se había inventado la esclavitud.
Durante unos días de diciembre, el mundo se ponía patas arriba.
El «rey» de los festejos se elegía a los dados.
Los esclavos comían con sus amos o incluso antes que ellos; podían hablar con libertad sin temor a ser castigados.
Davo, un esclavo de una sátira de Horacio 41 , se aprovecha de las saturnales para reprender a su amo (a quien no llamaremos Horacio, pues el poema es una «sátira» y no una «autobiografía» ni una «confesión») 42 , que goza de menos libertad que Davo, pues se encuentra esclavizado por su incoherencia, su presteza para obedecer a sus superiores sociales, su estómago y, sobre todo, su lujuria.
Por cometer adulterio, un amo debe estar preparado para que lo quemen, lo azoten y lo maten a puñal o espada, igual que un gladiador jura someterse a un lanista.
Pero incluso las saturnales tenían sus límites.
Las críticas de Davo son cortadas en seco en cuanto su amo lo amenaza con tratarlo con violencia y dejarlo luego con una cuadrilla de esclavos en una hacienda agrícola.
No disponemos de una descripción o un análisis antiguos del juramento gladiatorio 43 .
Pero era tan conocido en la sociedad de entonces que se empleaba a menudo como ejemplo con el que comparar otros juramentos en otras circunstancias: juramentos malos o buenos, pero siempre profundos.
Para Séneca, el juramento «más honorable» que un filósofo presta a la virtud es idéntico al «más deshonroso» que presta un gladiador, el de «afrontar el fuego, las cadenas y la muerte a cuchillo» 44 .
La versión más completa de ese texto se nos ofrece en el transcurso de una intentona de estafa perpetrada por los antihéroes de la novela de Petronio, El Satiricón: «Prestamos juramento a una fórmula de Eumolpo: nos dejaríamos quemar, atar, azotar, asesinar y sufriríamos cualquiera otra vejación ordenada por Eumolpo.
Como [si fuéramos] gladiadores de profesión, nos ponemos solemnemente [religiosissime] a su disposición en cuerpo y alma.
Después de prestar juramento, saludamos a coro, con ademán de esclavos, a nuestro patrono» 45 .
Las ligeras variaciones que observamos en esos juramentos pueden explicarse por sus propios contextos literarios 46 .
Horacio no incluye referencias a la atadura porque Davo se imagina a su amo confinado en una caja, con la cabeza enterrada entre las rodillas, donde una sirvienta lo ha encerrado cuando el esposo de su amante regresa inesperadamente.
La de Petronio es una descripción más extensa, porque Eumolpo es un poeta ampuloso.
Pero su pícara referencia a «cualquiera otra vejación ordenada por Eumolpo» da a entender no solo que estamos ante una persona que no es de fiar, sino que el juramento gladiatorio en sí era maleable y podía variar de un ludus a otro.
Hay una prueba que sitúa el juramento dentro de un límite cronológico.
En una fuente jurídica tardía, se ha conservado un comentario de Ulpiano, el jurista del siglo III d.
C., sobre un edicto del emperador Adriano (117-138 d.
C.) por el que los ladrones de ganado en Hispania que hubieran sido condenados a luchar en la arena podían ser eximidos de seguir combatiendo al cabo de tres años, y podían quedar liberados por completo de su ludus a los cinco 47 .
Aun así, no sería apropiado ver en ello una especie de cronología de aplicación general.
Adriano estaba decidiendo ahí sobre el robo de ganado y no sobre otros delitos, y lo estaba haciendo para el ámbito concreto de Hispania, no para el resto de las provincias.
Pero sí establece un principio de sentencia mínima.
Si un gladiador sobrevivía, podía esperar que lo liberaran de luchar tras un número de años determinado, y que lo emanciparan del todo tras algunos años más.
¿Quiénes prestaban aquel terrorífico juramento?
Los reos, los esclavos y los prisioneros de guerra no tenían más remedio.
Pero aun prestado bajo coacción, no dejaba de ser importante para la disciplina, la moral y el rendimiento de la familia.
Había, eso sí, una luz al final del túnel.
El juramento incluía una zanahoria entre tantos palos en forma de antorchas encendidas, látigos, cadenas y acero afilado.
Una ley del año 4 d. C., la Lex Aelia Sentia, estableció que los gladiadores libertados no se convertían en ciudadanos plenos, sino que quedaban relegados al escalón más bajo de la sociedad libre, equivalente al de los extranjeros procedentes de pueblos que se habían rendido a los ejércitos romanos (peregrini dediticii) 48 .
Pero, en todo caso, esa era una mejor opción que la ejecución sumaria o la esclavitud a perpetuidad.