2. PRIMA VIGILIA (LA PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE)
P RIMA VIGILIA ( L A PRIMERA VIGILIA DE LA NOCHE)
L AS ESCUELAS
En la época republicana
En la época imperial
La reintroducción de la monarquía en Roma en la figura de Augusto, que suplantó el orden senatorial al erigirse en principal patrón de la plebe, selló la sentencia de muerte de las escuelas de gladiadores privadas en la ciudad 17 .
Augusto no las prohibió, pues eso habría olido a tiranía y él se esforzaba por abonar la imagen, cuidadosamente cultivada, de no ser más que un primero entre iguales (primus inter pares).
Augusto se limitó a regular y restringir los pocos combates gladiatorios patrocinados por magistrados.
Bajo su mandato, aún existían algunas familias privadas.
El poeta Horacio contó el caso de un ludus que era propiedad de un tal Emilio y que era toda una institución en la ciudad 18 .
En el 29 a. C., Estatilio Tauro, uno de los generales de Augusto, inauguró en Roma el primer anfiteatro construido en piedra, situado en el Campo de Marte, a orillas del Tíber 19 .
Cuatro años después, un pretor, Publio Servilio, patrocinó un evento de cacería de fieras salvajes en la que se mató a trescientos osos y a otros trescientos «animales africanos» (leones o tal vez grandes felinos, en general) 20 .
Pero, para la élite, las reglas de aquel juego habían cambiado ya para siempre.
La progresión personal de los senadores ya no dependía de los votos de la plebe, sino del favor del emperador.
No solo había desaparecido así la principal razón de los senadores para ser propietarios de una familia de gladiadores, sino que la posesión de una compañía de ese tipo se había convertido en un potencial peligro.
En vista del legado de violencia política gladiatoria vivida durante la República, un senador de los tiempos del Principado que poseyera una escuela de gladiadores se exponía a ser acusado algún día de traición (maiestas).
Lo más probable es que, hacia mediados del siglo I d.
C., hubieran desaparecido ya todas las escuelas privadas de ese tipo en Roma.
Hay quien sostiene que los senadores romanos continuaron organizando combates en privado después de que el patrocinio de los espectáculos públicos con gladiadores hubiera pasado a ser una prerrogativa del emperador o de ciertos magistrados bajo supervisión directa de la autoridad.
En tiempos de Augusto, Nicolás de Damasco escribió que los romanos habían adoptado la lucha gladiatoria de los etruscos y que algunos introducían peleas entre dos o tres parejas de combatientes para entretener las cenas.
El griego Nicolás mostró su total desaprobación al respecto: «Una vez estaban ahítos de cena y bebida, mandaban venir a los luchadores.
En cuanto alguno era degollado, aplaudían encantados por ello» 21 .
Nicolás inscribió también en esta clase de conducta decadente el caso de un romano en cuyo testamento dejó escrito que sus esclavas jóvenes más hermosas deberían luchar entre sí, y ordenó otro tanto para sus esclavos jóvenes favoritos.
Si tal práctica tuvo alguna continuidad, poco rastro quedó de ello para la posteridad.
Bien es cierto que los miembros de la élite estaban legalmente autorizados a tener gladiadores de su propiedad.
Calígula obligó a cónsules y pretores, entre otros, a comprar gladiadores imperiales en subasta por precios muy inflados.
Se dice que, en una ocasión en que un senador se quedó dormido, el emperador mandó al subastador que tomara las cabezadas de aquel como indicaciones efectivas de puja y que, cuando se despertó, descubrió que había comprado trece gladiadores por nueve millones de sestercios.
Según otra versión, algunos de los arruinados por aquellas compras no deseadas se suicidaron abriéndose las venas.
Y según otra más, Calígula mandó envenenar a los gladiadores más célebres 22 .
Pero para cuando Ateneo citó el mencionado pasaje de Nicolás en su Banquete de los eruditos, a principios del siglo III d.
C., los hechos allí descritos habían dejado de ser actuales y ya no eran más que una curiosidad para estudiosos, igual que las historias de muchachas que servían desnudas en las cenas etruscas, o las de los partos (de Partia) que comían como perros directamente del suelo.
Es muy posible que el propio Nicolás escribiera en su momento sobre la funesta influencia que los etruscos habían tenido sobre Roma en un pasado remoto.
El geógrafo griego Estrabón, contemporáneo de Nicolás, ilustró el extravagante lujo de los antiguos habitantes de la Campania dando como ejemplo de ello que gustaban de exhibir a gladiadores en sus cenas sociales; eso sí, en ningún momento sugirió que los romanos de su época compartieran esa misma costumbre 23 .
Las escuelas imperiales de gladiadores se desarrollaron a partir de la establecida por Julio César en Capua.
No en vano los gladiadores propiedad del emperador eran los conocidos como iuliani.
Nerón fundó otra escuela, la de los neroniani.
Ambas coexistieron y sus miembros respectivos podían ser alquilados por promotores privados de juegos gladiatorios 24 .
En un grafito de Pompeya, vemos reproducido el programa de un espectáculo patrocinado por un hombre llamado Marco Mesonio 25 .
Durante varias jornadas, iuliani y neroniani lucharon unos contra otros y también contra miembros del ludus del propio Mesonio.
Tras el suicidio de Nerón y el fin de la dinastía Julia-Claudia en el 69 d.
C., dejaron de usarse los nombres iuliani y neroniani, y los luchadores de un ludus imperial pasaron a llamarse gladiadores del César, o de Augusto, o del princeps, indistintamente.
El emperador Domiciano remodeló la estructura organizativa de los gladiadores imperiales al construir cuatro nuevas escuelas en Roma: el Ludus Magnus, el Ludus Matutinus, el Ludus Dacicus y el Ludus Gallicus 26 .
Casi la mitad del Ludus Magnus se puede ver aún a unos cien metros al este del Coliseo.
En una lista de edificios de las regiones de Roma fechada en la Antigüedad tardía, los cuatro recintos figuran próximos al Coliseo.
En unas excavaciones de 1938, se hallaron restos de otra edificación más pequeña, aunque de planta parecida, ubicada justo al sur del Ludus Magnus , que, desde entonces, se considera —por una identificación provisional— que corresponde al Ludus Matutinus.
Su nombre, «escuela de la mañana», da a entender que aquel ludus estaba especializado en el entrenamiento de cazadores de fieras, pues eran los que actuaban antes del mediodía.
Sabemos por una carta de Séneca que, antes de eso, ya existía un ludus para los que luchaban contra fieras (un ludus bestiarius) 27 .
Suele decirse que las otras dos escuelas se construyeron con la intención de alojar a prisioneros de guerra dacios y galos condenados a luchar en la arena 28 .
Es posible que así fuese en el primero de esos casos.
Las guerras dacias de Domiciano fueron un desastre, pero incluso campañas tan poco exitosas como aquellas se saldaban con no pocos cautivos, y la propaganda imperial era muy capaz de transformar la derrota en victoria 29 .
Mucho menos convincente resulta lo de que el Ludus Gallicus se diseñara para combatientes galos derrotados.
La última de las revueltas en la Galia, breve y muy localizada, había ocurrido más de una década antes 30 de que Domiciano llegara al poder, en el 81 d.
C. Más probable parece que se llamara así por un tipo de gladiador profesional, una figura que se conocía ya desde tiempo atrás con el nombre de «galo», aunque también es opinión común que dicha categoría de luchadores habían caído ya en desuso para entonces.
Pronto surgieron escuelas imperiales de gladiadores por todo el territorio romanizado, en ciudades como Capua, Praeneste y Rávena, en Italia; Barcelona, en España, o Alejandría, en Egipto 31 .
Estrabón nos habla de la de Rávena, que fue planificada por Julio César y finalizada por su hijo adoptivo póstumo, Augusto.
Se ubicó allí porque las brisas del Adriático limpiaban el aire y hacían de aquel un lugar saludable para la alimentación y el entrenamiento de los gladiadores 32 .
En los otros emplazamientos mencionados, también había brisas marinas: los gladiadores bien entrenados suponían una inversión costosa que había que cuidar en la medida de lo posible.
Así como el emperador llegó a ser el mayor terrateniente en todas y cada una de las provincias, también se convirtió en todas ellas —con mayor rapidez e incluso de manera mucho más completa— en el mayor propietario de gladiadores.
La administración de las escuelas imperiales corría a cargo de procuradores (unos funcionarios financieros) 33 .
Estos eran miembros de la élite: équites que hacían carrera en el servicio imperial.
No se trataba de especialistas. Cominio Clemente, procurador de una escuela gladiatoria en el norte de Italia, había estado con anterioridad al mando de las flotas de Miseno y de Rávena, y había ejercido de procurador en la provincia de Dacia (actual Rumanía).
Otro de aquellos procuradores se encargaría más tarde de gestionar el importante impuesto del cinco por ciento con el que se gravaban las herencias en todo el imperio.
En Roma, sabemos de al menos un hombre que llegó a ser procurador del Ludus Magnus y de la ceca imperial (la fábrica de la moneda) al mismo tiempo, mientras que Basilio Crescencio compaginó la dirección del Ludus Matutinus con la supervisión del vital suministro de grano para la ciudad.