Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #14
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #14

Las inscripciones nos hacen pensar en la conversación en sí: ¿quién hablaba con quién?

En la cena libera de Plutarco, los gladiadores lo hacen unos con otros.

En el mosaico, sin embargo, los sirvientes hablan con los comensales.

Tenemos que recurrir a la adaptación cristiana de la cena según se hizo en la Pasión de las santas Perpetua y Felicidad para llenar el hueco con la pieza que falta.

Los cristianos, expuestos a los espectadores durante su cena libera, se dirigen con aspereza a estos advirtiéndoles de que terminarán sometidos al juicio de Dios y burlándose de su curiosidad: «Hoy sois nuestros amigos; mañana, nuestros enemigos.

Pero fijaos bien en nuestras caras para que nos reconozcáis cuando llegue el día».

Los cristianos estaban condenados a morir; los gladiadores no necesariamente.

No parece probable que ninguno de estos adoptara nunca el tono truculento de los cristianos.

Si un gladiador pedía clemencia en la arena, su destino era decidido por el promotor de los juegos, pero se suponía que este se dejaría influir por la voluntad de la multitud.

Los espectadores presentes en la cena libera, sobre todo los grandes aficionados a los combates en la arena, eran muy influyentes en las gradas.

Así que un gladiador que estuviera en su sano juicio querría que se formaran un buen recuerdo de él con la esperanza de que la amistad de esa noche anterior se prolongara hasta la tarde del día siguiente.

¿Por cuál de las cinco figuras de El Djem apostaríamos?

Desde luego, no por la de la izquierda: «Vamos a quitarnos la ropa», con su postura encorvada y su gesto de ebriedad.

Con toda probabilidad no lo haríamos tampoco por los emisores de mensajes como «hemos venido a beber» o «divirtámonos», aun cuando estos al menos podían sentarse rectos y hasta podrían inducirnos a pensar que estaban haciendo gala de una admirable sangre fría.

«Estáis hablando todos demasiado» demuestra una actitud más prometedora, pero podría no ser más que la frase de un borracho agresivo.

Yo pondría mi dinero en el hombre de la derecha.

«Con tres nos quedamos» probablemente significaba que «ya hemos tomado tres bebidas y con eso basta».

Hay algo más que nos indica también que conserva el control de sí mismo y que representa una figura de cierta autoridad.

El punto hacia el que miran los individuos solía ser importante en el arte antiguo.

Los otros cuatro bebedores miran hacia el hombre de la derecha, que les devuelve la mirada calmado y haciendo un gesto con la mano que recuerda al de los generales triunfales.

Sin duda, una opción digna de unos cuantos sestercios.

V ENGANZA

Ningún súbdito de Roma tenía más razones para odiar al imperio en general —y a los juegos gladiatorios en particular— que los judíos.

Muchos miles de ellos fallecieron en la arena tras la llamada primera revuelta judía de los años 66-70 d.

C. 161 . Lo mismo cabe suponer que sucedió tras el aplastamiento de la no tan documentada «revuelta del exilio» de los años 115-117 d.

C. y de la rebelión encabezada por Bar Kojba en los años 132-135 d.

C. 162 . Aunque existen ciertos indicios de participación de judíos en los juegos como espectadores, no hay nada concluyente que indique que alguna vez se ofrecieran voluntarios para combatir 163 .

En la ficción, sin embargo, sí pudieron hacerlo… y también pudieron vengarse.

El Talmud de Babilonia se compiló en el siglo VI o VII d.

C., mucho después de que los juegos hubieran desaparecido.

Se hizo, además, fuera del imperio, en Babilonia, donde jamás hubo combates gladiatorios.

Lejos de ser una fuente fiable, el Talmud de Babilonia coloreó con detalles fantasiosos la juventud del rabino del siglo III d.

C. Reish Lakish (también conocido como Shimon ben Lakish) 164 .

Tan pronto lo vemos siendo un bandido en el bosque como vendiéndose a una escuela gladiatoria.

Descrito como fortachón y gordo, el futuro rabino parecía alguien idóneo para llevar una vida de gladiador.

En esa versión, se añade al ritual de la cena libera la petición de un «último deseo de un hombre condenado», algo evidentemente ficticio, dada la ausencia de pruebas que indiquen lo contrario y en vista también de cómo sigue la historia.

Cuando le preguntaron qué quería como última voluntad, Reish Lakish dijo que le gustaría atar a todos y cada uno de ellos, sentarlos y golpearlos una vez y media (la identidad de los interlocutores se mantiene ambigua en el texto original).

De manera casi inexplicable (¿supusieron que se trataba de una especie de juego?), aceptaron.

Lo que el rabino no les había dicho era que, para tal menester, llevaba una bolsa con una piedra dentro con la que golpeó a todos ellos matándolos uno tras otro y huyendo después.

La venganza sabe mejor si se acompaña de una buena frase lapidaria.

Uno de aquellos gladiadores apaleados rechinó los dientes 165 y Reish Lakish le dijo: «¿Te estás riendo de mí?

Solo te he golpeado una vez, así que te queda medio golpe».

Y lo remató. Un sanguíneo colofón a una cena libera de lo más insólito.