Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #13
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #13

En todo caso, si la gente apostaba en los anfiteatros, no lo hacían como se hace hoy en las carreras hípicas o en otros acontecimientos deportivos.

No había corredores profesionales de apuestas ni, menos aún, un sistema de quinielas o de apuestas mutuas.

Lo más comparable serían los apostadores individuales a las carreras o a los combates de boxeo en los siglos XVIII y XIX .

Eso no quiere decir que no hubiera cuotas.

Solo un insensato o alguien con información privilegiada apostaría a cuota por alguien que no partiera como favorito.

Es importante, a la vez que honesto, que el historiador reconozca hasta qué punto sus propios orígenes han influido en su visión de las cosas.

Habiéndome criado entre establos e hipódromos, a mí me resulta muy difícil imaginar que la gente asistiera a los juegos y no quisiera apostar.

Desde mi punto de vista, la cena libera era como el paddock del hipódromo July Course de Newmarket, donde los entendidos se reúnen para observar el estado y el comportamiento de los caballos y los jinetes competidores antes de que desfilen para iniciar la carrera.

U N MOSAICO Y UNAS CONVERSACIONES

Disponemos de una representación visual de una cena libera: un mosaico que data del siglo III d.

C. hallado en una casa de la ciudad norteafricana de El Djem (véase la imagen 3 del encarte fotográfico).

En el espacio delimitado por un marco formado por cuatro tallos de mijo, se ve a cinco hombres que yacen reclinados en el nivel superior de un anfiteatro.

Todos visten con gran suntuosidad. Dos de ellos llevan coronas: una con tres puntas y una cruz en el centro; la otra, con cinco puntas y un pez azul en el medio.

Cada uno de los tres hombres sin corona sostiene un objeto: un tallo largo con una hoja en la punta, un tallo de mijo y un bastón que termina en una media luna.

La conversación que mantienen aparece escrita encima de sus cabezas: «Vamos a quitarnos la ropa»; «hemos venido a beber»; «estáis hablando todos demasiado»; «divirtámonos», y (el comentario más enigmático de todos) «con tres nos quedamos».

Por debajo de ellos, ya en la arena, en el registro inferior, yacen cinco toros; cada uno lleva una marca distinta: una hoja, un pez, un tallo de mijo, un gladiador y un dibujo parecido a un sistro (una especie de sonajero).

En el registro central, pero aún a ras de arena, se ve a dos sirvientes al lado de una crátera y dos jarras colocadas sobre una mesa.

Uno alza una copa hacia los hombres reclinados; el otro se lleva un dedo a los labios y dice: «Silencio, no despertéis a los toros» 156 .

Tras cierto debate al respecto 157 , los expertos coincidieron en opinar que lo que se representa en aquel mosaico es una cena libera.

Los diversos símbolos que allí aparecen correspondían a las diferentes organizaciones de cazadores de fieras (venatores), cada una de una ciudad distinta del norte de África 158 .

Algunos se han podido identificar gracias a otras obras de arte.

El bastón con punta de media luna, aparte de ser un instrumento para controlar a los animales, era un símbolo de los telegenii; el pez, por su parte, era uno de los asociados a los pentasii.

Lo más probable es que cada emblema hiciera referencia a la deidad patronal de cada grupo de venatores: en arte, a Dioniso se le ve en ocasiones sosteniendo una media luna con un palo, y Diana aparece con un tallo de mijo 159 .

La composición de ese mosaico fue única; no se eligió a partir de un catálogo de un taller.

El hombre que lo encargó quiso presentar con él una serie de mensajes a modo de declaraciones sobre sí mismo.

Es obvio que era rico: los mosaicos polícromos de alta calidad como aquel costaban mucho dinero.

Tenía también conciencia cívica: había patrocinado un combate con fieras en el anfiteatro de El Djem para disfrute de sus ciudadanos.

Y no cualquier combate con fieras, sino uno fastuoso: había hecho traer a varios grupos de venatores y a sus animales desde todos los rincones de la provincia.

Por último, con aquel «Silencio, no despertéis a los toros», demostraba tener sentido del humor.

Además de todo lo anterior, la visión de aquellos venatores debía de evocar en los comensales que los miraban mientras cenaban en casa del anfitrión la idea de que, a diferencia de los cazadores de fieras, ellos no tendrían que saltar a la arena al día siguiente.

El mosaico no era una forma de «fotorrealismo».

Incorporaba elementos de fantasía. Así, es harto improbable que los sirvientes trataran de cumplir con sus obligaciones laborales tan cerca de unos animales salvajes de tal peligrosidad.

Y, desde luego, para ellos sería físicamente imposible servir a los hombres de las gradas superiores del anfiteatro desde la arena central de este.

Aun así, la imagen abre la puerta a varias vías de interpretación.

Comencemos por la ubicación de la cena libera.

Si nos paseamos por los pabellones gladiatorios de Pompeya o contemplamos las ruinas al descubierto del Ludus Magnus en Roma, es muy difícil que podamos imaginar para la última cena otro escenario distinto de aquellos.

En la Pasión de las santas Perpetua y Felicidad, los cristianos situaron su propia versión de la cena libera en la prisión en la que ambas se hallaban recluidas.

Pero en el mosaico de El Djem, el escenario es el anfiteatro en sí 160 .

Los anfiteatros eran edificios muy infrautilizados si tenemos en cuenta su elevadísimo coste.

Apenas se organizaban unos pocos días de juegos al año.

Celebrar la cena libera allí añadía una jornada más de uso de la arena por cada espectáculo.

El mosaico nos revela algo más acerca de la naturaleza de la cena.

No se trataba de un «todos contra todos» vulgar y descontrolado por la comida.

El hecho de que aquellos hombres estuvieran allí reclinados y vestidos con ropas lujosas mientras los criados les servían vino es indicativo más bien de un symposium, del tipo de banquete aristocrático griego que las clases altas romanas habían adoptado a su vez con entusiasmo.

El patrocinador de los juegos había abierto generosamente la bolsa.

La conversación entre los venatores quizá no alcanzara el nivel intelectual de symposia literarios como el Banquete de los eruditos (Deipnosophistae) de Ateneo, o las Charlas de sobremesa (Symposiaka) de Plutarco, pero acentuaba el tono humorístico general.