Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #12
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #12

Son varias las explicaciones que se han ofrecido.

Se dice, por ejemplo, que aquella era una forma que tenía el promotor (o editor) de compensar o agradecer a los participantes los peligros y la posible muerte a la que se enfrentarían al día siguiente; les daba así gracias por su sufrimiento, que reportaría, a su vez, popularidad al editor ante el público 137 .

También se ha sugerido que aquello se hacía para elevar la baja condición de los esclavos y gentes parecidas, para hacerlos dignos de participar en el glorificado ritual de la arena 138 .

Y un tercer motivo aducido sería que aquella cena suponía un contraste radical con la violencia que estaba por venir, y funcionaba como una espacie de pasaje de transición entre los vivos y los muertos 139 .

Todos esos factores operarían a un nivel estructural profundo, por debajo del umbral consciente de los implicados, y, en mi opinión, contribuirían bastante poco a explicar la cena libera en sí.

El editor no necesitaba en absoluto agradecer nada a los gladiadores ni a quienes iban a luchar contra las fieras salvajes.

Aparte de los voluntarios libres, que habían elegido por sí mismos aquel estatus, al resto —los prisioneros de guerra, los delincuentes y los esclavos— ya se les había compensado con el solo hecho de estar ahí: no se les había ejecutado como bien podría haber sido el caso, sino que se les había dado la oportunidad de seguir con vida e, incluso, de conquistar fama, dinero y hasta la libertad al final del camino.

Por su parte, el argumento según el cual aquella comida era para elevar la condición social de los participantes se basa en la idea de que los juegos gladiatorios eran una especie de sacrificio humano.

Cierto es que algunos eruditos de la Roma tardía especularon —sin fundamento empírico alguno— con la posibilidad de que el origen remoto de los juegos fuesen los sacrificios humanos 140 .

No resultaría extraño en absoluto que los polemistas cristianos no solo se aferraran a esa idea, sino que inventaran también ficciones que volvían a inscribir tales sacrificios en el muy posterior mundo real de los anfiteatros de su propio tiempo 141 .

Pero nada hay en el registro histórico de antes ni de después que indique que alguno de los actores implicados en los juegos gladiatorios —a excepción, claro está, de los cristianos— se viera a sí mismo como un participante en un sacrificio humano.

Por último, la hipótesis de que el contraste entre la cordialidad de la cena y la carnicería de la arena sirviera de algún modo de espacio intermedio entre el reino de los vivos y el de los muertos me resulta demasiado vaga como explicación.

Hay otra propuesta en ese sentido que me parece más verosímil: la de que aquello se hiciera a modo de anuncio publicitario 142 .

La cena libera pertenecería así a la misma categoría que el desfile de los gladiadores por el mercado de Amastris que tanto llamó la atención de Sisines, o que los carteles pintados sobre las paredes de Pompeya con listas de los principales reclamos de los espectáculos próximos.

La cena libera formaba parte del proceso de intensificación del entusiasmo para atraer a un público numeroso.

Otra manera de explicar la cena libera sería emergiendo a un nivel más superficial para examinar los motivos conscientes de los espectadores.

¿Por qué acudían los flacuchos a ver comer a los grandullones?

Algunos lo hacían porque les interesaba, porque eran especialistas en el tema.

Así, allí se congregaban los grandes aficionados a los juegos, aquellos que, como el hijastro de Apuleyo, frecuentaban las escuelas de gladiadores.

El otro grupo que podemos distinguir aquí como poseedor de una razón especial para asistir a momentos así es uno que resulta mucho más extraño para nuestra mentalidad actual.

Una de las fuentes clave para intentar reconstruir la cena libera es un pasaje de Plutarco: «De hecho, incluso entre los gladiadores que no son completamente salvajes, sino griegos, observo que, cuando van a saltar a la arena, aunque les ponen por delate muchos alimentos exquisitos, en ese espacio de tiempo encuentran mayor placer en confiar sus mujeres a sus amigos y liberar a sus esclavos que en dar gusto a su estómago».

Recordado hoy sobre todo como biógrafo, Plutarco, el autor de las Vidas paralelas de estadistas griegos y romanos que inspiraron varias de las obras de Shakespeare, fue, ante todo, un filósofo platónico.

Tuvo un papel importante en el renacer cultural griego de los tres primeros siglos de nuestra era (una época que en la actualidad se suele englobar bajo la etiqueta de «segunda sofística»), que atribuyó un protagonismo central a la alta cultura griega (paideia) y a sus beneficios intelectuales y morales.

El breve pasaje sobre la cena libera aquí citado se encuentra en uno de los dos largos tratados interconectados en los que el autor rebatía las tesis de la escuela (rival) de los filósofos epicúreos 143 .

El argumento ahí expuesto era que los placeres de la carne no llegan ni por asomo a la altura de los de la mente.

La de Plutarco no es una descripción objetiva del ritual de aquella última cena.

Tenemos incluso razones para dudar de que los gladiadores griegos guardaran la compostura durante la cena libera.

Pero lo relevante aquí es que Plutarco había ido a observar a los gladiadores durante aquel banquete para extraer de ello un principio filosófico moral.

Y no solo eso, sino que esperaba que sus lectores, interesados por la filosofía, pudieran darle la razón en ese punto por su propia experiencia como espectadores de uno de aquellos momentos.

También los muy cultos (los pepaideumenoi) asistían a la cena libera en busca de pistas para comprender mejor la naturaleza humana.

Un motivo no tan cerebral, aunque sin duda más común, que llevaba a los espectadores hasta allí era la Schadenfreude, es decir, la placentera alegría de contemplar el infortunio de otros 144 .

A esa misma hora del día siguiente, algunos de los comensales ya habrían perdido la vida, pero el espectador seguiría tan tranquilo con la suya 145 .

La cultura romana, caracterizada por una fe harto ambigua en la existencia de un más allá, estaba fascinada por la muerte 146 .

Innumerables ejemplos artísticos y literarios de memento mori exhortaban a los vivos a disfrutar de la vida como experiencia fugaz 147 .

En la cena de Trimalción, el anfitrión hizo traer un modelo articulado de un esqueleto en plata.

Tras arrojarlo sobre la mesa una o dos veces para hacerle adoptar posturas diferentes gracias a la flexibilidad de sus articulaciones, Trimalción recitaba uno de sus execrables versos:

¡Ay! ¡Pobres de nosotros! ¡Qué poquita cosa es el hombre!

¡He aquí en qué pararemos todos nosotros cuando el Orco se nos lleve!

iA vivir, pues, mientras tengamos salud! 148 .

O, según la célebre expresión de Horacio, carpe diem, «aprovecha el día», vive el momento. Uno nunca se sentía más vivo que al enfrentarse a la muerte 149 .

Había también otro atractivo mucho más prosaico para los espectadores: el juego (en singular) 150 .

Hay que reconocer que no disponemos de pruebas directas de que en los juegos gladiatorios se apostara.

De hecho, los estudiosos están divididos en cuanto a la existencia o no de apuestas 151 .

Sin embargo, todos los niveles de la sociedad romana estaban obsesionados con el juego.

No era algo que se dejase fuera, a la entrada del anfiteatro.

Por ejemplo, se han encontrado tableros de juego grabados en las piedras del anfiteatro de Afrodisias (en la actual Turquía) y en las del propio Coliseo en Roma 152 .

Sabemos que se apostaba a las peleas de gallos 153 y a las carreras de carros 154 .

El juego se consideraba un problema social cuando eran otros —en referencia a las clases bajas, sobre todo— los que se daban a él.

(Lógicamente, no se cuestionaba cuando era uno mismo o los amigos de uno los que jugaban).

De ahí que se promulgaran reiteradas leyes para regularlo.

Tres de ellas, de la época de la República tardía y mencionadas en el Digesto del siglo  VI d.

C. 155 , dan a entender que la gente apostaba también en los juegos gladiatorios.

Era legal apostar a las competiciones deportivas —lanzamiento de jabalina y de lanza, carreras atléticas, salto, lucha y pugilato son algunas de las modalidades señaladas—, siempre y cuando la competición implicara virtus (valor o fuerza).

Ya hemos visto que, en otro pasaje del Digesto, se aludía a que algunos hombres luchaban contra fieras salvajes en la arena con el propósito explícito de demostrar su virtus.

Y también se ha comentado que, puesto que dichos textos se compilaron mucho después de que los combates gladiatorios hubieran pasado a la historia, lo más probable es que, por su irrelevancia en el momento de la compilación, los gladiadores fueran omitidos deliberadamente de ese tipo de listas.