Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #11
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #11

En la casa de Lucio Cecilio Giocondo, en Pompeya, aparece una imagen más explícita aún.

Allí un sirviente varón se acerca a una cama ricamente tapizada sobre la que una mujer, con los pechos y el trasero al aire, está a horcajadas sobre un hombre en la postura de la «vaquera inversa» mientras trata de cogerle el pene por detrás de su espalda, justo antes o después de tener (o de haber tenido) sexo con penetración.

El sirviente le mira a la cara. Su cabeza está más cerca de la de ella de lo que lo está la de su marido 128 .

Estas imágenes eróticas no estaban escondidas en una zona «privada» de la casa.

Las habitaciones decoradas con ellas eran las cubicula.

La traducción habitual, «dormitorios», es un tanto engañosa.

Salvo raras excepciones —cocinas, lavabos, baños—, la función de las habitaciones en las casas romanas no estaba tan «establecida» como en las nuestras.

Las cubicula —de las que cualquier casa tenía más de una— eran espacios tanto para dormir como para tener relaciones sexuales, pero también era donde se recibía a las visitas 129 .

Estas veían aquel arte erótico. La pintura en la casa de Cecilio Giocondo ocupa un lugar preeminente, justo al lado del espacio abierto que hay en el centro del edificio, lo que sugiere que estaba allí para que los visitantes se detuvieran a contemplarla.

¿Cómo se supone que debemos interpretar esas imágenes de sirvientes presentes mientras sus amos practicaban sexo?

Una interpretación podría ser que los esclavos, esos «instrumentos con voz», no eran dignos siquiera de consideración.

Dado que no eran del todo humanos, daba igual lo que se hiciera ante ellos.

Y lo cierto es que ninguna de las parejas representadas mira a los sirvientes, ni tampoco la mayoría de estos se fijan en quienes están haciendo el amor.

Otra interpretación, sin embargo, tendría que ver con el sinfín de historias que existen en la literatura romana sobre el amo o el ama de una casa que tiene relaciones sexuales con un esclavo.

Esto era algo socialmente aceptable para el señor.

De hecho, en una obra con consejos para parejas casadas, Plutarco recomienda a una esposa que ignore ese pecadillo de su marido 130 .

Pero semejante devaneo era inaceptable en el caso de ella: era causa de divorcio y de deshonra.

Las consecuencias para el esclavo eran aún peores.

En El Satiricón de Petronio, una de las atracciones de un espectáculo gladiatorio que causa gran expectación en el liberto Equión es un vilico (una especie de intendente esclavo) al que habían sorprendido teniendo sexo con la señora de la casa, por lo que iba a ser arrojado a los leones.

Equión pronostica que las simpatías del público se dividirán entre los maridos celosos y los amantes ardientes 131 .

Tales anécdotas, sumadas a otras obras artísticas que representan a sirvientes espiando a través de las puertas para observar a parejas de la élite haciendo el amor, podrían dar a entender que la presencia de estos criados en la habitación despertaba una excitación transgresora morbosa 132 .

La interpretación más creíble que se ha hecho en tiempos modernos, sin embargo, es una que descarta ese tipo de lecturas «documentales».

Los sirvientes vendrían a ser una convención artística.

Ellos, como las jarras de vino que sostienen o los lujosos cojines de las camas, simbolizan el lujo y, por consiguiente, la riqueza y el estatus de aquella casa.

El estilo de las escenas recuerda al arte griego del siglo IV a.

C. y, por tanto, es indicativo del gusto y la sofisticación de los dueños de la mansión.

Según esta lectura, las imágenes eróticas juegan con la cronología y fusionan dos momentos temporales distintos: los sirvientes ya habían abandonado la estancia antes de que comenzara el acto amatorio o, en el caso de la villa Farnesina, estaban a punto de salir de ella antes de que se calentara la acción o, tal vez, en el caso de la casa de Cecilio Giocondo, volvieron tras el acto.

Pero aun si esa fuera la explicación correcta, la presencia de sirvientes en la alcoba no deja de resultar perturbadora para nosotros.

Cuesta poco imaginar a una pareja occidental actual que tenga ciertas aspiraciones sociales encargando o comprando arte para señalar su riqueza, estatus y buen gusto.

Cuesta mucho más pensar que colgaría de sus paredes cuadros que invitaran al observador a especular con las intimidades de su vida sexual y, menos aún, que dejaran traslucir ciertas desviaciones socialmente inaceptables.

Esto nos recuerda que los antiguos romanos situaban los límites de la privacidad en parámetros diferentes de los nuestros, no ya en su comportamiento externo, sino también en sus pensamientos más íntimos.

En el hogar

Las fronteras de la privacidad romana eran movibles.

Plinio el Joven, en un discurso de loa al emperador Trajano, aseguró que «una de las características principales de la condición elevada es que no permite nada privado ni oculto, y en el caso de un princeps [un hombre preeminente, una manera sutil de referirse a un emperador], abre de par en par las puertas no ya de sus hogares, sino de sus dormitorios [cubicula] y sus rincones más íntimos».

En cierto sentido, esto es una falsedad absoluta: un ejemplo de cómo Plinio veía el mundo únicamente a través de los ojos de su propia clase social.

Solo la élite disponía de la riqueza necesaria para permitirse —o de la autoridad para ordenar— un aislamiento del resto de la sociedad, por temporal que fuera.

Lo irónico del caso es que el propio Plinio, que nunca fue uno más de los de su clase, presumió en una carta de que lo que más le gustaba de su villa marítima era que contaba con un complejo de habitaciones cuyos muros, de noche, «ni las voces de mis esclavos jóvenes ni el estruendo de una tormenta podían penetrar».

Era un lugar ideal al que retirarse, «sobre todo durante las saturnales, cuando el resto de la casa resuena con la algarabía y los gritos de júbilo propios de esas festividades» 133 .

Ahora bien, miradas desde otro punto de vista, las palabras de Plinio a Trajano encerraban algo de verdad.

Cualquier deseo de aislamiento de un miembro de la élite alimentaba rumores y habladurías injuriosas: «Debe de estar escondiéndose para que no le vean practicar actividades perversas».

Uno de los indicios del supuesto carácter despreciable de Domiciano era la costumbre que tenía de pasarse horas en solitario cada día.

La imaginación popular llenaba ese tiempo atribuyéndole meditaciones sombrías y costumbres como la de cazar moscas con un estilete afilado 134 .

Cualquier soledad de ese tipo implicaba un peligro.

El ya mencionado atleta griego pudo estrangular a Cómodo porque el emperador estaba en los baños solo.

Y eso que, al menos, Cómodo debía de estar ya adormilado por el veneno.

La muerte de Caracalla, sin embargo, fue más degradante aún.

En un viaje a Mesopotamia, se sintió mal de vientre y tuvo necesidad de aliviarse.

Sus guardaespaldas y su séquito se retiraron por respeto a la dignidad y el honor de su emperador.

Miraron para otro lado, aunque manteniéndose a la vista.

Esto permitió que un asesino les hiciera creer que el emperador lo había llamado con una inclinación de cabeza.

Caracalla murió apuñalado con los pantalones bajados hasta los tobillos 135 .

Los romanos eran igual de conscientes que nosotros de que la privacidad seguía unos códigos culturales.

Mucho antes, en el siglo  V  a. C., Heródoto había afirmado que «la costumbre es reina del mundo».

El «Padre de la Historia» llamaba la atención por su actitud acrítica hacia las otras culturas, pero la mayoría de sus seguidores posteriores abandonaron su relativismo moral.

El historiador del siglo IV Amiano Marcelino detestaba a los persas sasánidas, lo cual no significa que estuviera desinformado ni que se inventara lo que escribió sobre ellos.

Más bien, seleccionó y matizó sus comentarios etnográficos para compararlos con las costumbres romanas, en general, en detrimento de las persas 136 .

Estos tenían actitudes muy diferentes ante la privacidad.

Carecían de horarios fijos para alimentarse y eran moderados tanto con lo que comían como con lo que bebían.

Aunque eran volubles y presuntuosos, quienes servían sus mesas tenían prohibido abrir la boca.

No solo no se bañaban desnudos, sino que se cuidaban mucho de no enseñar nunca parte alguna de sus cuerpos entre el cuello y los pies.

También destacaban por el énfasis que ponían en estar solos cuando orinaban o defecaban; rara vez otra persona los veía haciendo lo uno o lo otro.

Nadie en la sociedad romana esperaba tener privacidad cuando se sentaba a la mesa.

La élite siempre tenía criados sirviendo en cada comida del día.

Y, por supuesto, los pobres y los esclavos, hacinados en edificios estrechos y barrios propios de la clase servil, o teniendo que comer en concurridísimas tabernas, no disponían de privacidad alguna.

Todos, desde los de más arriba hasta los de más abajo en la sociedad, estaban acostumbrados a mirar y a ser mirados en la mesa.

Semejante observación no causaba ni la más mínima incomodidad, pues, a los gladiadores ni a sus espectadores durante la cena libera.

L OS MOTIVOS

¿Qué motivos subyacían a una construcción cultural tan extraña como la cena libera?