Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #10
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #10

Como los escandinavos en las saunas, los romanos normalmente se bañaban desnudos, pero a diferencia de aquellos, hombres y mujeres solían hacerlo por separado, bien porque disponían de dependencias diferenciadas, bien porque se les asignaban turnos distintos.

Los baños mixtos despertaban la indignación de los moralistas romanos.

En una obra de ficción como la Historia Augusta, las actitudes de los emperadores ante la práctica de que hombres y mujeres se bañaran juntos se usaban como una especie de indicador de su catadura moral: el execrable Heliogábalo la fomentó; el virtuoso Alejandro Severo la prohibió 119 .

El baño con separación de sexos no eliminaba la carga sexual de aquel acto.

Las termas públicas eran centros de ocio multiusos: más que para remojarse, eran también espacios para comer y beber, hacer ejercicio y darse un masaje, y puede que también para verse con un médico, admirar arte, escuchar música o conferencias…

Las más grandes tenían incluso biblioteca.

En las más sórdidas, se ofrecían servicios sexuales 120 .

Esto era algo que también sacaba de sus casillas a los moralistas de la élite; cabe suponer que a quienes no lo eran no les indignaba tanto, pues ya estaban acostumbrados a las tabernas, donde las muchachas que servían las mesas también proporcionaban sexo a cambio de dinero.

De todos modos, el de las termas era un ambiente impregnado de sexo, aun sin prostitutas de por medio.

El filósofo moral Plutarco dejó escrito que no se consideraba apropiado ni decente que padres e hijos se bañaran juntos.

En sus Confesiones, san Agustín nos daba un motivo para ello.

A la edad de quince años, «cuando las zarzas de mis pasiones sobrepasaron mi cabeza», el futuro santo tuvo una erección involuntaria en los baños.

Su padre, pagano, se sintió muy contento al deducir de aquello que su hijo un día le daría nietos; su cristiana madre, sin embargo, cuando supo más tarde de lo ocurrido, se «sobresaltó» con «estremecimiento y temblor» 121 .

Todo hombre que visitaba los baños sabía que su pene sería escudriñado al milímetro.

Si tenían uno que carecía de prepucio, ya fuera por causas naturales o porque se les había practicado una circuncisión, a veces recurrían a la cirugía estética.

El procedimiento, según Celso, autor de una enciclopedia médica, «no e[ra] muy doloroso».

El tamaño importaba y llamaba la atención.

Marcial describe a un hombre de moral austera en el exterior que, en los baños, «mant[enía] la mirada por debajo del nivel de las cinturas, devorando a los muchachos con los ojos, contrayendo los labios ante la visión de una deliciosa verga».

De nuevo Marcial nos cuenta que, si se oían unos fuertes aplausos en los baños, eran «a causa del pene gigantesco de Marón».

Séneca menciona el caso de un individuo que peinaba las termas en busca de hombres bien dotados y que, luego, se los llevaba a su casa, donde le gustaba verse a sí mismo practicando sexo con ellos en una habitación equipada con espejos deformantes en los que sus miembros se veían ampliados y multiplicados (o que, según escribió Séneca, «revelaban escenas de repugnante y abominable iniquidad») 122 .

Se dice que Heliogábalo añadió a eso un elemento de fuerza al utilizar a los frumentarii (lo más parecido en Roma a unos servicios secretos) para llevarse a hombres bien dotados de las termas a palacio para dar placer al emperador.

En las letrinas

Otro ámbito donde los romanos dibujaban unas fronteras de la privacidad muy diferentes de las nuestras era en el uso de las letrinas colectivas 123 , cuyas ruinas tanto furor causan entre los turistas actuales.

Incluso la élite las usaba en ocasiones.

En la villa de Adriano en Tívoli, los aposentos en los que el emperador y sus invitados cenaban estaban provistos de letrinas individuales, pero las anexas a los baños eran de uso múltiple, si bien no es descartable que hubiera algún tipo de control de acceso: «No entre ahí, que hay un senador muy importante evacuando».

En el otro extremo del espectro social, las mujeres esclavas seguramente usaban los lavabos colectivos.

En la villa Adriana vemos también que había habitaciones para unos seiscientos sirvientes, pero a todos ellos les correspondía una única letrina colectiva con solo quince asientos.

Es posible que también ahí el acceso estuviera controlado: «No entres ahí, que ahora es el turno de las mujeres».

Había cierto elemento de privacidad con respecto al mundo exterior.

Las entradas escalonadas impedían que los transeúntes pudieran ver dentro, por ejemplo, pero no siempre había una puerta real.

(Es curioso que algunas de las letrinas individuales más lujosas de la villa Adriana tenían un gran ventanal con una vista privilegiada.

Hay quien sugiere que quizá estuviera cubierto por un paño traslúcido, aunque, una vez más, el control de acceso tal vez fuera la clave: «No entres en el jardín, que el emperador está haciendo sus necesidades»).

Donde no había privacidad alguna era dentro de una letrina colectiva.

Allí no existían cubículos ni compartimentos.

En nuestros días, se ha tratado de advertir cierta privacidad en la posibilidad de que las aberturas con forma de ojo de cerradura que había en la parte delantera de los asientos por las que se introducían las esponjas con palo supuestamente omnipresentes en aquellas instalaciones, sumadas a los voluminosos pliegues de las togas, permitieran que los usuarios se limpiaran sin ser observados.

La hipótesis de los agujeros tiene cierto fundamento, si bien tal discreción no siempre habría sido posible, ya que algunas letrinas carecían de esas aberturas y, además, la maniobra en sí quizá requería de más destreza en el caso de los hombres.

Pero lo sugerido a propósito del uso de una prenda como la toga es bastante menos convincente: los romanos casi nunca la llevaban, era un atuendo reservado para contextos formales muy determinados.

Tertuliano, cristiano muy crítico con el comportamiento pagano, cuenta que un hombre recatado en exceso, que apenas se atrevía a levantarse un poco la túnica en público para aliviarse, podía luego, en el circo, dejarse llevar hasta tal punto que se despojaba por completo de esa prenda, «como si estuviera empeñado en exhibirse ante todos» 124 .

En una letrina colectiva, los asientos estaban muy juntos; no solían dejar más de medio metro por usuario y, en ocasiones, apenas treinta centímetros.

Todo el mundo estaba expuesto allí a una gama muy íntima y cercana de experiencias sensoriales, tanto de imágenes como de olores y sonidos.

Aquello suscitaba comentarios. Suetonio nos dice que una vez el poeta Lucano soltó una ventosidad con tal estruendo en una letrina que todos los demás usuarios salieron corriendo de allí.

Lucano se regodeó entonces espetándoles una línea muy bien traída de aquellos terroríficos versos del emperador Nerón: «Parecería que ha tronado bajo tierra» 125 .

Como esa anécdota bien da a entender, el intercambio de bromas y chanzas era habitual allí.

En una pintada de una pared de la «Taberna de los Siete Sabios» de Ostia puede verse a esos siete hombres sosteniendo unos objetos que recuerdan a las mencionadas esponjas con mango de palo y hablando de sus movimientos intestinales: «Tales de Mileto aconsejó a quienes tenían dificultades para defecar que empujaran fuerte», pero «el astuto Quilón enseñó cómo expeler ventosidades silenciosas».

Bajo los sabios, vemos a unos hombres corrientes hablando entre ellos.

Uno aconseja: «Sacúdete todo y acabarás de evacuar antes».

Otro a su lado responde malhumorado: «Pero es que tengo prisa» (en realidad, se lee solamente una palabra en latín: propero).

También había momentos que no eran tan propicios para la conversación: «Nadie te dice apenas nada, Prisciano, cuando estás usando la esponja con palo».

Y, de hecho, sería difícil rebatir las palabras de otro de los personajes, que sentencia: «Tú, alíviate bien, y luego, podrás mandar a los médicos a freír espárragos» 126 .

En el sexo

Nada en la vida está más acotado con normas culturales que la privacidad y el sexo.

En las paredes pintadas de dos habitaciones que han sobrevivido hasta nuestros días de la villa Farnesina, excavada en Roma en torno al 20 a.

C., se representa una galería de arte (una pinacotheca) de estilo griego.

Ambientadas sobre un fondo arquitectónico falso de columnas pintadas y losas de mármol, en ellas están representadas unas pinturas como si estas colgaran de las paredes.

Artísticamente dispuestas entre ellas, a su vez, aparecen unas imágenes eróticas.

En cada una, un hombre y una mujer, tendidos sobre una cama ornamentada con lujo, se encuentran en los preliminares del acto amoroso: están a punto de besarse o ya se están besando; vemos que se muestran los pechos de una de las mujeres.

El escenario es doméstico y las parejas son matrimonios; una de las mujeres lleva aún el velo nupcial.

Lo que nos impacta de lo que vemos ahí, es que en la habitación hay pintados también sirvientes con refrigerios a mano para los amantes 127 .