Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #9
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #9

Más extraña aún es una historia que sitúa a Cómodo en ese mismo escenario, el Coliseo, participando, al parecer, en las ejecuciones del mediodía en algún momento ligeramente anterior al macroespectáculo de dos semanas antes referido.

Según Dion Casio, el emperador reunió a todos los hombres de Roma que habían perdido los pies a causa de alguna enfermedad o accidente.

Entonces les disfrazaron las piernas para que parecieran colas de serpientes, como las de los gigantes mitológicos.

Y como armas, les proveyeron de unas piedras hechas de esponja.

Cómodo, caracterizado como Hércules, se encargó de matarlos a palos con una clava muy real 110 .

Una reacción típica desde el mundo académico a la denigración de la que siempre fueron objeto los «malos» emperadores como Cómodo ha sido la de tratar de rehabilitar sus figuras 111 .

La argumentación vendría a ser más o menos la siguiente.

El emperador no se llevaba bien con la élite, pero esta fue la que escribió todos los relatos literarios sobre aquel una vez que estuvo ya muerto y enterrado.

Así que todo lo que dijeron puede desecharse como mera propaganda difamatoria póstuma.

Todas aquellas extrañísimas anécdotas eran simples topoi (tópicos literarios, aunque en griego suena más fino y autorizado), y los topoi eran el territorio en el que los escritores antiguos se dedicaban a «jugar».

Si se cuentan historias parecidas sobre dos o más «malos» emperadores, eso demuestra (no se sabe muy bien cómo) que ambas eran falsas.

Algunos de estos historiadores traen a veces a colación el funcionamiento cotidiano del imperio —el mantenimiento de las calzadas, la promulgación de leyes, etcétera— como muestra de lo eficiente que en realidad era el régimen del denostado emperador.

En otras ocasiones, se recurre al arte —en monedas, en estatuas— para poner de manifiesto que lo que ese emperador estaba tratando de impulsar era una premeditada campaña promocional de una imagen nueva y, a menudo, original de su papel como mandatario.

En cualquier caso, lo que esos estudiosos buscan es enseñarnos que el emperador «malo», lejos de ser caprichoso, perverso o loco como lo retratan nuestras fuentes literarias, era un político racional, aunque radical.

En esencia, siempre nos lo acaban presentando como un «buen» emperador que contaba con la aprobación de todo el mundo salvo, por supuesto, la élite.

Ahora bien, ese ejercicio rehabilitador es, en muchos aspectos, erróneo 112 .

El arte no nos proporciona una ventana por la que observar la mentalidad del emperador.

Los cambios en el estilo de los bustos que lo retratan podían ser muy similares en todo el imperio.

Es evidente, pues, que obedecían a un modelo central, pero no tenemos ninguna información de quién era el que elegía ese modelo, ni de cómo se difundía.

Solo pisamos terreno algo más firme con las figuras que aparecían en las monedas imperiales.

No obstante, no tenemos casi ningún testimonio de que un emperador eligiera los tipos de moneda en circulación.

Estos solían ser decisión de los tres viri magistrales, una junta de magistrados menores que todavía no habían alcanzado el rango de senadores.

Las imágenes y las palabras grabadas en las monedas salieron de propuestas hechas por subordinados del emperador y no suponen evidencia alguna de una política imperial coherente.

Tampoco había apenas aportación alguna del emperador al hecho de que las calzadas y los caminos se repararan y las leyes se promulgaran.

Daba igual quién ocupara el trono: la maquinaria cotidiana del gobierno imperial seguía funcionando.

Y luego está la cuestión de la literatura de la época.

No cabe duda de que los topoi eran un terreno abonado para el «juego» literario de los autores antiguos, pero no siempre carecía de reglas.

Algunos escritores —como el desconocido narrador de la Historia Augusta— se sentían libres para inventar.

Pero los que escribían en un registro más realista, como el historiador Dion Casio, estaban condicionados por cierta exigencia de pertinencia y verosimilitud en sus obras.

Seleccionaban y moldeaban sus topoi para que se ajustaran a aquello que consideraban más cercano a la verdad.

Si los topoi no fueran más que ficción libre, su aplicación habría sido indiscriminada y todos los «malos» emperadores habrían sido acusados de las mismas cosas.

Pero no lo fueron: solo de Cómodo se dice que combatió como gladiador en el Coliseo.

En su nivel más elemental, estas rehabilitaciones tan habituales hoy en día descansan tanto sobre el exceso de imaginación como sobre la falta de esta.

Por un lado, dependen de intuir cuáles eran los sentimientos de la población que no pertenecía a la élite y de suponerlos hostiles a esta, pese a la ausencia de pruebas tanto de lo uno como de lo otro.

Por otro lado, implican cierta negativa a creer que los autócratas tiendan a hacer cosas irracionales, desquiciadas incluso.

En cualquier caso, no hay rehabilitación que pueda negar que Cómodo combatió en el Coliseo.

En el último día del año 192 d. C., Cómodo anunció que, a la mañana siguiente, iniciaría la procesión para ser investido cónsul desde el pabellón de los gladiadores, recinto en el que pasaría aquella misma noche, presumiblemente en el Ludus Magnus , donde tenía reservada una celda por ser el secutor de mayor rango.

En vez de toga, iría vestido con indumentaria gladiatoria y escoltado por el resto de los luchadores imperiales.

Su concubina, Marcia, su camarlengo (o cubiculo), Eclecto, y el prefecto del pretorio, Leto, rogaron al emperador que cambiara de planes, pero él hizo caso omiso de sus consejos.

Así que, ante las amenazas que les profirió entonces el propio emperador, decidieron que Cómodo tenía que morir.

Lo curioso del caso es que solo el équite Leto tenía algún derecho a ser miembro de la élite; los otros dos, miembros de la familia Caesaris (personal de palacio), eran exesclavos.

Cómodo no sucumbió tan fácilmente. Le administraron veneno en el almuerzo, tal vez en el vino o en la ternera.

Pero, como los emperadores desarrollaban inmunidad tomándose a diario pequeñas dosis de todos los venenos conocidos, Cómodo solo se sintió mal y vomitó.

Mientras se recuperaba en el baño, los conspiradores enviaron a un corpulento atleta griego para que lo estrangulara allí mismo 113 .

Cómodo, asesinado en palacio tras el almuerzo, nunca llegó a su última cena libera.

De haberlo hecho, un gladiador que esperara que esa noche hubiera allí la clase de sofisticadas exquisiteces que a los súbditos les gustaba imaginar que comían los emperadores —como el pentepharmacum de Adriano 114 , un pastel de faisán, pavo real, jamón, ubre de cerda y jabalí, por no mencionar el relleno de langosta, cangrejo y gambas, acompañada de vino aromatizado con lentisco y poleo, o las lenguas de pavos reales y ruiseñores de Heliogábalo— 115 se habría sentido decepcionado.

Los emperadores podían tomarse muy en serio su interpretación del papel.

Cuando actuaba como un soldado común, el emperador Caracalla llevaba el corte de pelo y la indumentaria típicos, marchaba a pie portando un estandarte y, en el campamento, se sentaba en el suelo y comía las gachas con panceta y bebía el vino agrio característicos de las raciones de los legionarios 116 .

L A PRIVACIDAD

De los hombres grandes, fornidos y atravesados de cicatrices que comían en la cena libera se estudiaba hasta el último de sus bocados y expresiones.

Ver a otras personas comer es algo extraño para nuestra cultura actual; lo sentimos como una intromisión, nos incomoda a ambos, comensal y observador.

No ocurría lo mismo entre los romanos, que tenían trazados unos límites muy distintos en lo referente a la privacidad.

En las termas

Tomemos el ejemplo de los baños públicos 117 .

A lo largo del imperio, las termas eran un indicador de identidad romana muy consciente y distintivo.

Todo el mundo iba a los baños públicos, a veces, incluso, aquellos que eran lo bastante ricos como para disponer de unas termas privadas.

Cuando Adriano vio a un veterano del Ejército frotándose aceite contra una pared porque no podía permitirse tener un esclavo que se lo aplicara, el emperador decidió procurarle tanto esclavos como dinero para mantenerlos.

(Otro día, Adriano reparó en varios ancianos haciendo lo mismo que aquel veterano, pero esta vez el emperador les dijo que se frotaran unos a otros 118 ).