Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #8
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #8

El deseo de muchos miembros de la élite de triunfar en la arena solo podía ser igualado por el que tenían sus inferiores sociales de verlos allí.

Según Tácito, varias ciudades itálicas competían entre sí ofreciendo incentivos económicos para que los équites romanos participaran en sus juegos 94 .

Una interpretación bastante benévola de ese comportamiento es que los voluntarios de condición elevada valían más porque se esperaba de ellos que lucharan con un mayor entusiasmo.

Otra interpretación, más cínica, era que a los que no eran de la élite les encantaba ver a sus superiores sociales degradarse de ese modo.

El historiador griego Herodiano, que tenía una perspectiva completamente elitista, creía que la masa disfrutaba con las desgracias de los ricos 95 .

La moral de la élite aplicaba una escala de creciente degradación a los diferentes aspectos del mundo de los gladiadores.

Poco importaba aquella hipocresía de semejante actitud ya apuntada por Septimio Severo.

La gente podía ir a las escuelas gladiatorias (ludi) a ver a los gladiadores entrenarse.

Con ello, sin embargo, se adentraban por una pendiente muy resbaladiza en su prestigio moral.

Ante un tribunal, bajo la acusación de ser un mago, Apuleyo —más recordado como el autor de El asno de oro (también conocida como Las metamorfosis)— trató de desprestigiar a uno de sus acusadores diciendo que era la clase de hombre que dejaba que su sobrino (e hijastro de Apuleyo, por cierto) fuera asiduo visitante de una escuela de gladiadores, donde los jóvenes aprendían de boca del lanista los nombres de los luchadores, las peleas en las que habían combatido y las heridas que les habían infligido 96 .

Ver los entrenamientos era malo, pero participar en ellos era aún peor.

Y era un paso bastante fácil de dar, pues los romanos de la élite solían recibir formación militar en el manejo de armas 97 .

Incluso el emperador filósofo Marco Aurelio participó de joven en alguno 98 .

Las técnicas se consideraban algo distintas, como veremos, pero la diferencia crucial radicaba en el contexto.

Una ley promulgada en el 19 d. C., en tiempos de Tiberio, imponía duros castigos a cualquier senador o équite (o sus descendientes) que empuñara la espada para entrenar o adoptara cualquier otro papel subordinado similar en las escuelas gladiatorias 99 .

De hecho, luchar en privado —ya fuera con armas romas o reales— era otro modo de rebajarse.

Según Septimio Severo, por eso los senadores habían comprado el material de Cómodo, y así se explica también cómo el mal reputado solicitante de un cargo público antes mencionado pudo reconocer entre los pretores a otros que habían luchado como gladiadores, pero Marco Aurelio no.

Tal vez el ejemplo más estrambótico, uno que el propio Severo echó en cara a los miembros del Senado, fue el del anciano excónsul que había actuado en la arena como cazador de un leopardo, animal que era interpretado por una prostituta 100 .

Saltar a la arena para luchar en público suponía un descenso de nivel adicional.

Ya hemos visto al jurista Ulpiano invocando a las «autoridades de antiguo» para argumentar que hacer algo así no traía infamia alguna a quien lo hiciera, siempre y cuando no cobrara ni recibiera premios por hacerlo.

Muchos de sus contemporáneos no habrían estado de acuerdo.

En las anécdotas sobre miembros de la élite forzados por los «malos» emperadores a aparecer sobre la arena, no se mencionan pagos ni premios; la deshonra caía sobre ellos por el mero hecho de estar allí, expuestos ante el público.

Fadio, el veterano de guerra pompeyano, se sintió infamado cuando le obligaron a luchar en la arena.

Cuando Balbo intentó que Fadio prestara el juramento gladiatorio y, de ese modo, aceptara cobrar, ya fue demasiado para él; el viejo soldado se negó y fue ejecutado.

Luchar en público a cambio de dinero era el punto más bajo de deterioro moral al que se podía llegar.

El satírico Juvenal nos legó un ejemplo de ese mínimo de mínimos.

Graco, portador de un insigne apellido, eligió luchar como reciario (retiarius), un gladiador armado con red y tridente.

Su decisión fue mala, sobre todo, en dos sentidos.

La mayoría de los gladiadores llevaban un casco que les tapaba la cara.

No era ese el caso de los reciarios, por lo que el rostro de Graco —y, con él, su vergüenza— quedaba expuesto a la vista de todos.

Por otro lado, un reciario luchaba desde cierta distancia: «Así que ha lanzado la red que pendía, balanceando su mano derecha, y falla, alza al tendido su rostro descubierto y huye de acá para allá por el coso» 101 .

Desde tiempos de Homero, las culturas clásicas habían considerado que había algo intrínsecamente cobarde —y, por consiguiente, afeminado— en el hecho de no combatir cara a cara.

El valor, la verdadera hombría, se encontraban «cerca del acero» 102 .

Los emperadores gladiadores

Hasta la era del ascenso de los llamados «emperadores cuartelarios», salidos de las filas del Ejército a mediados del siglo III d.

C., los emperadores siempre habían sido miembros de la élite.

Pero la púrpura no los volvía inmunes al oscuro encanto del combate gladiatorio.

No todos eran sensibles a su hechizo, desde luego, y cabe suponer que el entusiasmo por los juegos variara entre las personas de todos los niveles de la sociedad.

Tres emperadores —Tiberio, Vespasiano y Marco Aurelio— no sentían afición alguna por los munera 103 .

Pero los príncipes imperiales Caracalla y Geta se entrenaron como gladiadores 104 .

En la Historia Augusta se dice que Adriano, Lucio Vero y Didio Juliano no abandonaron la práctica ni siquiera siendo ya adultos instalados en el trono.

Llega más lejos aún con Macrino, de quien sugiere que, en su juventud, se ganó la vida como gladiador profesional y prostituto.

En realidad, no fue ni lo uno ni lo otro, sino que trabajó como abogado provincial 105 .

Suetonio, el biógrafo, escribió que Nerón quiso emular a Hércules matando al león de Nemea e hizo que le «prepararan» una fiera para luchar contra ella en público con una clava (o maza) como la del dios y desnudo como este.

También según Suetonio, Calígula luchó en una ocasión en privado con espadas de madera contra un mirmilón (murmillo), otro tipo de gladiador.

Cuando, a modo de entrenamiento, este se dejó caer al suelo simulando haber sido vencido, Calígula lo atravesó con un puñal real y luego se puso a correr de un lado a otro con una palma de la victoria, «como hacían los vencedores» 106 .

El caso particular de Cómodo

A principios del otoño del 192 d. C., una masa de espectadores acudió a Roma a ver «algo que nunca antes habían visto ni oído»: catorce días de combates protagonizados por el emperador en el Coliseo.

Dos son los testimonios de primera mano que han sobrevivido 107 .

Cómodo entraba cada día en el Coliseo portando un caduceo como el del dios Mercurio y precedido de asistentes que sostenían la piel del león y la clava de Hércules.

Por las mañanas, el emperador mataba animales.

Despachaba peligrosas bestias —con arco y flechas, o bien con jabalinas— desde pasarelas elevadas que dividían la arena en cuatro cuadrantes.

Luego bajaba a la arena a sacrificar animales domésticos y algunos salvajes capturados con redes.

El número de muertes fue prodigioso —se habla de cien leones o de cien osos— y su precisión, asombrosa: casi siempre iba a razón de una muerte por lanzamiento o disparo.

Los avestruces seguían corriendo una vez decapitados.

Lo de Cómodo fue más una demostración de habilidad que de valentía, como señaló un observador no sin cierta causticidad.

Sin abandonar la parafernalia de su identificación con Hércules, cuando Cómodo se cansaba, apuraba de un trago el vino blanco dulce y casi helado que le traían en una copa con la forma de la clava del dios.

Al momento, el público al unísono —senadores incluidos— coreaba las conocidas palabras de los brindis con alcohol: «¡Por muchos años! ».

Por las tardes, Cómodo se presentaba como gladiador.

Luchaba como secutor y lo hacía con la mano izquierda.

En combates privados, utilizaba hojas de acero afilado y, en ocasiones, rebanaba la nariz o alguna oreja de sus oponentes.

En público, sin embargo, se abstenía de derramar sangre humana y empuñaba una espada de madera que oponía al nártex (narthex, un bastón o palo) de su adversario 108 .

El emperador cobraba un millón de sestercios diarios por participar; esa suma equivalía al mínimo de patrimonio que se requería para acceder a la condición de senador, es decir, para ser uno de los seiscientos hombres más ricos del imperio.

En cualquier caso, el dinero procedía en última instancia del fisco imperial, por lo que puede decirse que, en realidad, el emperador se estaba pagando a sí mismo.

Cómodo hizo revestir la colosal estatua del dios sol que había en el exterior del anfiteatro —de la que derivaría después el nombre mismo de «Coliseo»— con la piel del león y la clava de Hércules, y también ordenó que remodelaran el rostro del dios para se pareciera al suyo.

En el pedestal se añadió una inscripción que le confería el título de «campeón [primus palus] de los secutores» por ser el único luchador zurdo que había ganado tan increíble número de combates (seiscientos veinte, setecientos treinta y cinco, mil o incluso doce mil, según las fuentes) 109 .