1. VESPER (EL ANOCHECER) #7
Estos pasajes no deberían considerarse meros lugares comunes poéticos 75 .
La literatura y la vida no operan en mundos separados.
La primera no solo es reflejo de la experiencia vital, sino que también la moldea, y en ningún momento se adaptó más que en la muy erudita cultura de la Antigüedad clásica.
Los romanos de la élite interpretaban lo que les ocurría a través de la óptica de la literatura, y quienes no pertenecían a la élite hacían lo propio por medio de esas mismas historias contadas en el teatro y en la voz de los rapsodas callejeros.
Lo que leían u oían influía en lo que hacían.
La idea de saltar a la arena para demostrar tu valentía se introdujo incluso en los tratados jurídicos.
Al analizar quién no estaba autorizado a representar a otras personas ante la Justicia, el jurista del siglo III d.
C. Ulpiano afirmó, valiéndose de una enrevesada prosa legal, que «no es el hombre que lidió contra fieras el que se desautoriza, sino solo el que se alquiló para ello, pues, como dicen las autoridades de antiguo, quien lidiare sin alquilarse por demostrar su hombría no incurre en infamia a menos que haya aceptado recibir premios en la arena».
Dado que las palabras de Ulpiano fueron recogidas en el Digesto 76 , en el siglo VI d.
C., cuando los combates gladiatorios ya hacía mucho tiempo que habían desaparecido, podemos presumir que el texto original incluía alusiones a los gladiadores que ahí ya se habían suprimido.
La demostración de su hombría y la posibilidad de alcanzar la gloria por esa vía animó sin duda a algunos hombres libres a elegir la senda que llevaba a la cena libera.
L A DESHONRA Y LA ÉLITE
Ser un comensal en la cena libera era una señal de deshonra (o infamia), y esta era una cuestión de suma importancia para la élite.
Los magistrados, los jurados, los que presentaban alegatos en los tribunales, los que asistían al teatro y gustaban de ser vistos allí…
, todos ellos eran miembros de la élite.
La deshonra corroía su dignitas: el reconocimiento público de su autoestima y su influencia, manifestadas en su andar pausado, su acento cultivado, sus modales refinados, su capacidad para citar con acierto textos literarios en griego o en latín, y su férreo autocontrol, todos ellos elementos nucleares de su identidad 77 .
Sabido es que, para Julio César, su dignitas era más importante que la vida misma 78 .
Es posible que la infamia tuviera mucha menos relevancia para la plebe.
Se ha dicho a veces que los hombres libres que se presentaban voluntarios a gladiadores eran personajes turbios procedentes de grupos sociales marginados: exesclavos, exgladiadores, exsoldados 79 .
No hay prueba alguna de esto y no parece verosímil que así fuera.
Los veteranos de guerra recibían unas primas de jubilación relativamente elevadas, lo bastante como para situarlos entre la élite local en la mayoría de los entornos de provincias: un concejal de una ciudad pequeña, por ejemplo.
Además, aunque se hubieran alistado muy jóvenes, a los dieciséis años de edad, por ejemplo, al cabo de un cuarto de siglo y según lo normal en aquel entonces, habrían sido unos novatos bastante talludos para la arena.
Ya hemos mencionado que el emperador Tiberio tentó a algunos gladiadores famosos con grandes sumas para que volvieran a la arena.
Sin embargo, a otros niveles menos célebres, es muy posible que los gladiadores de condición servil tuvieran serias dificultades para reintegrarse en la sociedad aun después de haberse ganado la manumisión.
Si no encontraban trabajo de entrenador en una escuela gladiatoria, bien podían volver a presentarse como luchadores voluntarios.
En la cena de Trimalción, la escena más famosa de la novela El Satiricón de Petronio, uno de los motivos por los que el trapero Equión está expectante ante un inminente espectáculo gladiatorio es que los participantes son, en su mayoría, libertos.
Se ha dicho al respecto que el atractivo de que lo fueran estribaba en que se consideraba que ese tipo de luchadores voluntarios peleaban mejor.
Curiosamente, el propio Equión es un exesclavo.
Tal vez sentía un entusiasmo tan grande porque, en el fondo, pensaba que si él no era uno de ellos era «porque los dioses no lo ha[bía]n querido» 80 .
Como ya hemos dicho, la infamia asociada a luchar en la arena era un grave problema para la élite.
Bajo el régimen imperial, esta construyó un relato autoexculpatorio, según el cual, algunos miembros de las clases superiores habían sido forzados a luchar por orden de alguno de los «malos» emperadores, uno de aquellos «tiranos» que con frecuencia ocuparon el trono por entonces y que eran «malos», precisamente, por sus frecuentes desencuentros con la élite.
Calígula, por ejemplo, obligó a un destacado équite a luchar porque, dijo, había insultado a su imperial madre.
El équite venció en su combate, pero de todas formas fue ejecutado.
Otros veintiséis équites fueron condenados por ese mismo emperador a luchar en la arena; algunos lo fueron —miren por dónde— por haber practicado combates gladiatorios 81 .
Se decía, asimismo, que Nerón «exhibió como luchadores a cuatrocientos senadores y seiscientos équites, algunos de ellos hombres adinerados y de buena reputación […
]. Había miembros de las clases senatorial y ecuestre incluso entre los lidiadores de fieras y los que ayudaban en la arena».
Todo este relato era una construcción ideológica diseñada para condenar a ciertos emperadores (ya muertos y enterrados) y, por lo general, para hacer que la élite se sintiera mejor acerca del comportamiento de algunos de sus miembros.
Aunque sin duda exageradas (¿cuatrocientos senadores de un total de seiscientos?), puede que hubiera algo de verdad en aquellas historias.
Pero estaban lejos de contar toda la verdad 82 .
Marco Aurelio le dio una vez un consejo mordaz a un «hombre de pésima reputación» que se postulaba para un cargo público.
El candidato le replicó que veía a muchos hombres que habían luchado con él como gladiador sirviendo como pretores en el Senado 83 .
En una cultura donde los niños solían jugar a gladiadores 84 y en la que incluso el biberón de un bebé podía llevar grabada la imagen de un luchador de ese tipo 85 , no es de extrañar que el deseo de saltar a la arena no se limitara a los marginados y a quienes ocupaban los niveles más bajos de la pirámide social.
Algunos en la élite —senadores, équites, incluso emperadores— estaban dispuestos a afrontar la infamia con tal de pisar el coso del anfiteatro.
Lejos de ser forzados a ello por «malos» emperadores, deseaban por propia voluntad luchar como gladiadores.
Cuando Julio César estaba preparando una fastuosa serie de juegos en el 46 a.
C., varios équites y un senador se ofrecieron voluntarios a participar.
César rechazó el ofrecimiento del senador, pero permitió que los équites compitieran 86 .
Pronto se impusieron restricciones genéricas.
En el 38 a. C. se dictó una ley que prohibía a los senadores y a sus hijos aparecer en los juegos como gladiadores 87 .
El emperador Augusto, en el 22 a. C., reiteró la prohibición y la hizo extensiva a los nietos de senadores y (suponiendo que sus miembros no lo tuvieran prohibido ya de antes) al conjunto de la clase ecuestre 88 .
Más adelante, en el 11 d. C., Augusto autorizó a luchar a todos aquellos équites que hubieran quebrantado la ley, porque, como escribió Dion Casio, «daba la impresión de que [aquellos culpables] en verdad merecían un castigo mayor […
] y se hicieron merecedores de la muerte en lugar de la infamia» 89 .
Aun así, la ley siguió siendo burlada. El emperador Tiberio ordenó el exilio de aquellos senadores y équites que estuviesen incurriendo de forma deliberada en la infamia para perder su estatus y poder aparecer en la arena, y amplió la prohibición a los nietos de los équites y a los bisnietos de los senadores 90 .
A partir de entonces, a quienes incumplieran la ley se les negaría un entierro digno.
Se fijó una edad mínima de veinticinco años para los voluntarios (que, presumiblemente, se daba por hecho que procederían de las clases bajas) que quisieran salir a la arena.
En el 69 d. C., el emperador Vitelio promulgó unas «estrictas leyes» adicionales (sin especificar) para los équites 91 ; lo irónico del caso es que su propio tío abuelo había sido famoso por haber luchado como gladiador 92 .
Tantas reiteraciones e incumplimientos de las leyes evidencian que el deseo de ser gladiadores de algunos miembros de la élite no decaía.
Como muestra la mencionada anécdota de Marco Aurelio y el exgladiador, la fascinación por la arena del anfiteatro estaba muy extendida entre los escalafones más altos de la sociedad.
Cuando ya se hubo asentado en el poder, Septimio Severo reprendió a los senadores por la actitud hipócrita que habían mostrado con el ya difunto emperador Cómodo: «Diréis “es que él de verdad luchó como gladiador”, pero ¿acaso ninguno de vosotros lucha como gladiador?
¿No? ¿Cómo es, entonces, que algunos de vosotros comprasteis sus escudos y sus famosos cascos de oro? » 93 .