Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #6
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #6

Hasta aquí, hemos pensado en gladiadores superestrellas.

La mayoría, sin embargo, debían de estar situados en el extremo opuesto de la escala.

En la legislación de Marco Aurelio, los gladiadores más baratos estaban valorados en tres mil sestercios por combate.

Pero en la inscripción figura un grupo de luchadores que aún estaban por debajo de aquellos: los gregarii 59 .

Más allá de su aparición en la compleja gradación de precios y de sus escasísimas menciones en otras fuentes, los gregarii son figuras misteriosas para nosotros.

Cabe suponer que fueran gladiadores de modestísima serie B.

Los «mejores» de esa clase, según decretó Marco Aurelio, valían solo dos mil sestercios; el resto, apenas mil.

Cualquier voluntario libre incluido en esa categoría cobraba el veinticinco por ciento de unos miserables doscientos cincuenta sestercios por cada ocasión en la que salían a arriesgar la vida.

Desde luego, eran migajas con las que solo se podía alimentar a una familia durante tres meses.

Pero los jóvenes no se acercaban a ese mundillo resignados a quedarse entre los mediocres u otros luchadores aún inferiores.

Su meta era alcanzar las tarifas más altas jamás cobradas: los cien mil sestercios con que el emperador Tiberio tentó a algunos gladiadores famosos para que volvieran al ruedo 60 .

Los jóvenes libres voluntarios tenían la vista puesta en la hacienda a la que, según el poeta Horacio, un gladiador de éxito podía retirarse al terminar su carrera 61 .

Esas cifras, sin embargo, ilustran solo uno de los métodos por los que un promotor de juegos podía adquirir gladiadores: su compra pura y dura.

Ahora bien, la única fuente documental adicional de la que disponemos nos muestra algo completamente distinto.

El jurista Cayo, que escribió un manual para aspirantes a letrados en el siglo II d.

C., expuso en él la ley que regía la contratación de gladiadores.

Si un luchador contratado por veinte denarios (ochenta sestercios) moría o era mutilado en combate, el patrocinador de los juegos (el editor) tenía que abonar mil denarios (cuatro mil sestercios).

En la práctica, aquello hacía que la contratación se convirtiera en una compra (póstuma, según los casos) cincuenta veces más cara que el arrendamiento original 62 .

Desconocemos si Cayo escribió aquello antes o después del decreto de Marco Aurelio, pero el hecho de que su tratado siguiera usándose para formar a abogados hasta entrado el siglo V e incluso más tarde 63 nos indica que su sistema continuó siendo relevante todo ese tiempo, y que el decreto no debió de soportar la prueba del paso del tiempo 64 .

Si trasladamos al texto de Cayo los porcentajes abonados a los gladiadores según se establecían en el decreto, los combatientes no se llevaban casi nada por pelea: veinte sestercios si eran hombres libres; dieciséis si eran esclavos.

Ahora bien, si los precios de adquisición de los gladiadores eran tan altos en la segunda mitad del siglo II , es probable también que el coste de alquilarlos hubiera experimentado una inflación similar.

Cayo solo estaba sentando un principio jurídico, no una tabla prescriptiva de precios.

Es muy probable que sus cifras fueran meramente teóricas, pensadas para ilustrar la razón de cincuenta a uno entre la compra y el arrendamiento.

Las listas de gladiadores y las lápidas funerarias

Otro motivo que guiaba a los voluntarios libres era la aclamación del público, el ansia de gloria.

Una interpretación moderna sostiene que, con el tiempo, el número de esos voluntarios aumentó.

La hipótesis 65 se basa en el estudio de dos tipos de inscripciones: las listas de gladiadores y sus lápidas funerarias.

Hay dos problemas principales. El primero es que solo han pervivido siete de esas listas.

Dos de ellas son de Pompeya y, sumadas, enumeran a un total de nueve hombres libres y veintisiete esclavos.

Las cinco procedentes del resto del imperio suman a otros veintiún hombres libres y treinta esclavos.

Desde un punto de vista estadístico, esta supone una muestra insignificante de la que inferir conclusiones válidas para varios siglos y para el conjunto de un imperio que abarcaba, en la actualidad, desde Escocia hasta Irak.

Cada «familia» de gladiadores y cada espectáculo gladiatorio eran diferentes.

El segundo de los problemas es que, si bien hay muchas más lápidas que podemos estudiar (en un informe reciente se mencionan doscientas cincuenta y nueve), las pruebas que proporcionan están sesgadas en varios y significativos sentidos 66 .

Los epitafios y las inscripciones no son una costumbre universal.

Algunas culturas erigen un gran número de ellos, otras no.

En aquellas que sí, las cifras pueden variar con el tiempo.

Los romanos adquirieron el a veces llamado «hábito epigráfico» (de «epigrafía», el estudio de las inscripciones) en el último siglo a.

C. Dicha costumbre floreció en los dos primeros siglos d.

C. para decaer en el tercero 67 . Algunos grupos sociales son más proclives a encargar inscripciones y epitafios que otros.

Poner una inscripción era una declaración de identidad romana.

Solo los «romanizados» se contagiaron de aquel hábito.

A los venator, que cazaban bestias salvajes en la arena, se los solía importar de las regiones más periféricas y bárbaras del imperio.

No es de extrañar, pues, que contemos con muy pocas lápidas dedicadas a esos hombres (ninguna de ellas en la mitad occidental del imperio).

Entre los gladiadores, los que más posibilidades tenían de que se erigiera una en su recuerdo eran aquellos que estaban más integrados en la sociedad romana.

Es decir, era más probable que fuera homenajeado de ese modo un voluntario libre que un gladiador que hubiera sido antes un esclavo extranjero o un prisionero de guerra bárbaro.

La evidencia que proporcionan las inscripciones es escasa, pero, aun así, podría ser cierto que, en los dos primeros siglos d.

C., un número creciente de hombres libres eligiera seguir una carrera como luchadores en la arena.

La gloria militar (gloria o laus en latín) ocupaba un lugar central en la cultura romana 68 .

En tiempos de la República, aquella se ganaba exhibiendo virtus (una mezcla de nuestros conceptos de virtud y bondad moral —obviamente, desprovista de toda humildad o benevolencia cristiana—, por un lado, y valor físico y virilidad, por el otro) en el campo de batalla.

Roma atesoraba una rica tradición de relatos de hazañas de combate en solitario, como la de Horacio sosteniendo el puente 69 , o la de Tito Manlio Torcuato ganándose su tercer nombre al arrebatar el torque —o collar metálico— del cuello de un caudillo galo 70 .

En griego, esto se conocía como monomaquia, la misma palabra empleada para el combate gladiatorio de uno contra uno.

A partir de finales del siglo II a. C., todos los romanos de la élite sabían hablar (y pensar) en griego, pues ya habían aprendido el idioma desde niños.

De los problemas planteados por esa búsqueda desatada de la gloria individual son bien ilustrativos relatos como el del propio Torcuato ejecutando a su hijo por librar un duelo contraviniendo sus órdenes.

Cuando el primer emperador, Augusto (31 a.

C.-14 d. C.), introdujo la autocracia y profesionalizó el Ejército, restringió las oportunidades que todos los niveles de la sociedad romana habían tenido hasta entonces de obtener gloria 71 .

Con las legiones apostadas en fronteras lejanas, sus tropas acabaron siendo reclutadas de entre los ciudadanos romanos de las provincias.

Muy rara era la ocasión en que se formaban nuevas legiones con soldados movilizados de la propia Italia.

Así pues, en épocas normales, la única vía de acceso a una carrera militar para los itálicos de entonces era en la guarnición de Roma, sobre todo en la Guardia Pretoriana, encargada de la protección del emperador.

En el 193 d. C., los pretorianos perdieron una guerra civil.

El vencedor, Septimio Severo, disolvió la Guardia y la reformó con efectivos traídos de las legiones estacionadas en torno al Danubio, de donde sus reclutas procederían a partir de entonces.

Un contemporáneo, el historiador senatorial Dion Casio, escribió indignado al respecto que «se hizo entonces sobradamente evidente que, sin querer, había traído la ruina a la juventud de Italia, que, en vez de servir en el Ejército como antes, se dedicó al bandidaje y al oficio de gladiadores (monomaquia)» 72 .

Para algunos hombres, ser gladiador era una opción sustitutiva de ir a la guerra.

«Ahora, con la guerra en suspenso, encuentran a nuevos enemigos a los que atacar y venden sus propias vidas para ofrecer el espectáculo de la muerte y perecer en la arena».

Era cosa de los astros, del hecho de haber nacido bajo el signo de Escorpio, según el poeta Manilio 73 .

Como era de prever, el cristiano Tertuliano adoptó un punto de vista más crítico al respecto:

La gloria terrenal tiene tal poder sobre la fortaleza del cuerpo y de la mente que los hombres menosprecian el peligro de la espada, del fuego, de la cruz, de las fieras o de las torturas con tal de llevarse el premio del elogio de los otros.

[…] ¡Cuántos hombres ociosos se dejan atraer por el espectáculo de las armas y se entregan a la espada!

En el fondo, se rebajan hasta el nivel de las bestias solo por el afán de exhibirse, y consideran sus mordeduras y cicatrices signos de belleza 74 .