Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #5
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #5

La pobreza —súbita e inesperada, y, más importante aún, sin culpa alguna de su parte— empujó a Sisines a presentarse voluntario como gladiador.

Es un motivo que figura con bastante frecuencia en nuestras fuentes.

Según el poeta Horacio, un joven al que hubiera abandonado la suerte tenía tres opciones: hacerse jardinero, auriga o gladiador.

El orador de una de las declamaciones jurídicas ficticias atribuidas al Pseudo-Quintiliano dice temer que, si un día se queda sin medios, tenga que rebajarse a entrar en una escuela gladiatoria.

Ya lo dijo Séneca: un gladiador pagaba su bebida y su comida con su sangre 45 .

La mayoría de los comentaristas antiguos —aunque, desde luego, ese no sea el caso de Luciano a propósito de Sisines— creían que la caída en la pobreza que arrastraba a un infeliz hasta la escuela de gladiadores era culpa de este.

La causaba la mala calidad moral de sus hábitos, ya fuera por su carácter despilfarrador o por algo más concreto 46 .

La ociosidad y una prostituta habían llevado al hombre del que hablaba Horacio al punto de tener que elegir entre diferentes ocupaciones degradantes.

En el caso de otros, la gula había causado la dilapidación de sus fortunas, lo que los había conducido a su vez hasta la arena 47 .

El cristiano Taciano, nada amigo de las contiendas de los anfiteatros ni de sus pobladores, argumentó que «algunos, tras haberse entregado a la ociosidad por puro desenfreno, se venden luego para ser asesinados.

Y si el indigente se vende a sí mismo de ese modo, el rico compra a otros para que lo maten» 48 .

La omnipresencia de la dimensión moral subyacente se pone de manifiesto cuando un pagano le da la vuelta a ese argumento.

En el caso expuesto en la declamación jurídica ficticia antes mencionada, es la «bondad» misma de un personaje que saltó a la arena para sustituir a su amigo la que lo convirtió en un gladiador: «¿Habíase oído antes algo parecido? » 49 .

La ociosidad, el derroche, el consumo de la prostitución o la gula difícilmente figurarán en el análisis de ningún historiador moderno sobre los motivos para ofrecerse voluntario a luchar como gladiador.

Solemos pensar que esos eran temores culturales muy particulares de la élite romana, más que realidades objetivas.

Pero lo cierto es que los historiadores modernos están a veces más cerca de los autores clásicos de lo que nos imaginamos 50 .

Las cosas nos parecen más verosímiles si sustituimos las preocupaciones romanas por las actuales: la búsqueda irreflexiva de una fama vacua, la adicción a las descargas de adrenalina producidas por la asunción de riesgos extremos y, sobre todo, la idealización de la violencia en los medios de comunicación y el impacto que esto tiene en el comportamiento de los jóvenes.

A veces, incluso se postula —desde un plano menos cuestionable desde el punto de vista moral, pero sin haber encontrado pruebas suficientes de ello en la Antigüedad— el amor por la aventura como razón para salir a la arena 51 .

Ganancias de los gladiadores

Como ya hemos comentado, los diez mil dracmas que le pagaron a Sisines eran muchísimo dinero.

Un dracma griego equivalía aproximadamente a un denario romano.

En aquel entonces, la paga anual de un legionario romano era de unos trescientos denarios.

Un legionario servía durante veinte años y pasaba cinco más en la reserva, y al licenciarse, recibía una prima de compensación equivalente a unos doce años de salario 52 .

En un solo combate, Sisines reunió casi tantos ingresos como los que podría haber percibido en toda una vida en el Ejército.

El Tóxaris de Luciano es, por supuesto, una recopilación de relatos de ficción.

Esa misma suma de diez mil dracmas aparece también en otra de las historias, esta vez, en referencia a un regalo de un gobernador 53 .

Seguramente no significaba más que un modo de decir «muchísimo dinero».

Aun así, no deja de ser cierto que la esperanza de obtener buenas ganancias, y no solo la necesidad de huir de la más absoluta pobreza, animó a algunos a hacerse gladiadores y, aparte de la ficción de Luciano, y sin que sirva de precedente, contamos con pruebas documentales oficiales relevantes de ello.

Entre finales del año 176 y el 180 d. C.

, Marco Aurelio trató de poner un límite al coste de los gladiadores.

Lo hizo en su propio nombre y en el de su hijo y coemperador, Cómodo (un obseso de los espectáculos gladiatorios): de ahí las fechas, que comprenden el periodo transcurrido entre la elevación de Cómodo a la púrpura imperial y el fallecimiento de Marco Aurelio 54 .

Hasta nuestros días han sobrevivido dos inscripciones en las que se recoge el debate sobre esa cuestión en el Senado.

Ambas son fragmentarias. En la que está en mejores condiciones (pues la otra está tan dañada que añade bien poco), se conserva solo parte de un discurso de un senador anónimo que estaba respondiendo a una carta (hoy perdida) de los dos emperadores que se había leído antes en voz alta.

A veces, no queda claro si está citando a los emperadores —ni con qué exactitud— o si está corrigiendo y añadiendo elementos propios a la propuesta de aquellos.

Las múltiples dificultades de interpretación de ese texto han suscitado un gran debate.

Ya fuera a sugerencia de los emperadores o del mencionado senador, la propuesta de ley establecía un complejo sistema de tarifas que un lanista (recordemos, un agente comercial de gladiadores) podía cobrar por sus luchadores (casi seguro que por la compra, aunque otra posibilidad fuera el arriendo [véase más adelante]) al promotor de los juegos en función del coste total de estos.

Los precios más altos eran doce mil sestercios por un hombre libre y quince mil por un esclavo 55 .

Teniendo en cuenta que cuatro sestercios eran un dracma o un denario, los tres mil o tres mil setecientos cincuenta dracmas que costaban uno y otro tipo de gladiador representaban cifras muy inferiores a lo que Sisines percibió en la ficción de Luciano.

Pero seguían siendo mucho dinero: diez o doce veces el salario anual de un legionario (mil doscientos sestercios) y bastante para mantener a una familia de cuatro miembros durante, al menos, doce años, según una estimación actual que sitúa el coste de la vida para un hogar así en torno a los mil sestercios anuales 56 .

Si el gladiador era un miembro de la élite y negociaba con el patrocinador de los juegos una participación puntual en los combates, se quedaba toda esa tarifa para él.

La inmensa mayoría de los gladiadores, sin embargo, formaban parte de un grupo, una familia.

La cosa no pintaba igual de bien para ellos.

El lanista que dirigía la familia cogía el dinero y solo le pasaba un porcentaje al gladiador (tal vez un veinte por ciento si era un esclavo, y puede que un veinticinco en el caso de un hombre libre).

Así pues, por cada pelea, un gladiador estrella que fuera un esclavo se llevaba solo tres mil setecientos sestercios de la tarifa de quince mil, mientras que si era un hombre libre, percibía tres mil de los doce mil sestercios abonados por su participación.

En la práctica, es posible que las cantidades fueran menores.

A los gladiadores —en la mitad occidental del imperio, sobre todo— les gustaba verse a sí mismos como soldados.

El Ejército retenía parte de la paga de un soldado para sufragar su comida y su manutención 57 .

Aunque no existen pruebas antiguas de ello ni casi análisis moderno alguno al respecto, es muy posible que un lanista hiciera lo mismo.

Ahora bien, tres factores parecen indicarnos que los ingresos de un gladiador de primerísima fila tal vez eran bastante más elevados.

En primer lugar, debemos recordar que Marco Aurelio estaba intentando rebajar precios, y mucho, por lo que se ve.

La inscripción dice que los precios anteriores habían llegado a ser tan altos que los sacerdotes del culto imperial —miembros muy adinerados de la élite provincial entre cuyas obligaciones estaba la de patrocinar juegos— se estaban arruinando.

El predecesor de Marco Aurelio, Antonino Pío (138-161 d.

C.), también había intentado fijar unos precios, pero es evidente que no lo había logrado 58 .

Ante la complejidad y la imprecisión de la nueva legislación, susceptible de abusos, y cuyo buen cumplimiento era muy difícil de supervisar, cuesta creer que el intento de Marco Aurelio tuviera más éxito.

En segundo lugar, si un gladiador ganaba un combate, había un premio monetario.

Hasta donde sabemos, Marco Aurelio no impuso límite legal alguno a esa cantidad.

En lo que ha sobrevivido de la inscripción solo se proclama que un gladiador esclavo debería tomar un veinte por ciento del premio, y uno libre, un veinticinco por ciento (que son los porcentajes que he trasladado un par de párrafos más arriba a lo que supuestamente se cobraba por un gladiador).

Es de suponer que las cantidades en cuestión variaran bastante, pero en el extremo superior de esa horquilla, podían llegar a ser considerables.

En tercer lugar, es probable que un gladiador entrara en combate más de una vez al año. Si sobrevivía, sus tarifas y premios comenzaban a subir.