1. VESPER (EL ANOCHECER) #4
Los esclavos eran la tercera fuente principal de gladiadores.
Aulo Vitelio era dueño de un tal Asiático, un «joven con el que, cómplice de su deshonra lasciva, mantenía trato carnal [y que], más tarde, por haberse fugado [este] debido al aburrimiento, detuvo cuando vendía en Puteoli agua avinagrada [posca] y lo aherrojó con grilletes, aunque lo liberó enseguida y volvió a gozar de él.
Luego, enfadado de nuevo Vitelio a causa de su insolencia y sus hurtos, lo vendió a un lanista [entrenador de gladiadores] ambulante y, habiéndolo reservado [este] para el final del espectáculo, se lo arrebató de nuevo y, por último, […
] lo manumitió». Cuando Vitelio se convirtió de forma inesperada en emperador (69 d.
C.), elevó a Asiático al estatus de équite (miembro de la clase ecuestre, la segunda en importancia en la escala social) y se guio por sus consejos para gobernar.
Esta historia, tal como se expone en la biografía que Suetonio escribió de Vitelio, portaba en sí misma una fuerte carga de significados para los lectores antiguos, pues le retrataba como un desviado sexual (mutua libidine constupratum suena mucho peor en latín que mi traducción «cómplice de su deshonra lasciva») que se relacionaba con escoria 37 .
Tanto la posca, que era una bebida barata de vino agrio o vinagre con agua, como la Puteoli romana, actual Pozzuoli, un puerto cercano a Nápoles, gozaban de muy mala reputación.
¿Qué demonios hacía Vitelio allí? Aunque quizá lo peor de todo fue que, por un lado, ofendió a los de su clase al convertir a un exesclavo en équite y (peor aún) al tomarlo como consejero, y por otro, demostró ser tan cruel como inepto juzgando a las personas.
Para los lectores de Suetonio, Vitelio no era cruel porque tuviera un esclavo, sino por cómo lo trató.
Ya el filósofo griego Aristóteles había escrito que había quienes, «en efecto, creen […
] que la dominación es contra naturaleza», y en el texto jurídico latino tardío conocido como Digesto también se afirmaba que la esclavitud era contraria al orden natural.
Pero esos a los que se refería Aristóteles eran muy pocos y muy dispersos, y el propio Digesto vino a confirmar la esclavitud al regularla con leyes.
Era una institución apenas cuestionada. En un famoso pasaje, el Estagirita describió a los esclavos como propiedades animadas, o poco menos que como herramientas parlantes 38 .
No hubo ningún movimiento abolicionista antiguo, ni siquiera entre aquellos que se sumaron a la revuelta de Espartaco 39 .
En tiempos de la República, un dueño podía vender un esclavo a una escuela gladiatoria por simple capricho.
Según el Digesto, en el 19 a. C. se promulgó una ley que establecía que un cautivo debía haber cometido alguna falta, denunciada ante un tribunal, antes de que su propietario pudiera entregarlo para luchar contra las fieras 40 .
Lo más probable es que el Digesto, una recopilación elaborada en el siglo VI d.
C., cuando ya hacía tiempo que los combates gladiatorios habían pasado a la historia, suprimiese del texto final la parte del edicto en la que se incluía el caso de esclavos a los que se quisiera destinar a ser gladiadores.
De todos modos, como ya hemos visto con el ejemplo de Vitelio, aquella ley no se cumplía.
El emperador Adriano volvió a legislar al respecto «prohibiendo la venta de un esclavo o una esclava a un proxeneta o a un entrenador de gladiadores sin presentar antes su caso ante un tribunal» 41 .
No hay motivos para suponer que las prohibiciones de Adriano fueran más eficaces que las precedentes.
¿Qué acceso podía tener un esclavo al sistema judicial?
Y aun si lo tuviera, ¿la palabra de quién iba a creer antes un juez: la suya o la de su dueño?
Lo peor del caso era que el testimonio probatorio de un esclavo solo se aceptaba previa tortura.
Así que, probablemente, era mejor para este callarse y aceptar que lo mandaran a la escuela gladiatoria.
Algunos tomaban la decisión de fugarse y venderse a una escuela de gladiadores porque lo juzgaban preferible a quedarse con sus amos.
Para ellos, los evidentes peligros de la arena no eran tan malos como continuar sometiéndose a la brutalidad de su servidumbre 42 .
Un edicto del emperador Antonino Pío (138-161 d.
C.) ordenó que los esclavos evadidos descubiertos fueran restituidos a sus dueños.
El motivo dado era que podrían haber «defraudado dinero o incurrido en alguna ilegalidad aún mayor».
Gladiadores voluntarios
La última fuente originadora de gladiadores es la que más desconcertante puede resultarnos: los hombres libres que se presentaban voluntarios para serlo (los auctorati).
¿Por qué iba nadie a escoger una profesión no ya peligrosa como aquella, sino también degradante?
Sobre el gladiador caía la infamia por el hecho de serlo.
Ese, el de infamia, era un concepto jurídico romano que marcaba al individuo como alguien en quien no se podía confiar.
Esa persona ya no podía representarse a sí misma (ni a ninguna otra) ante un tribunal, ni ser testigo en un testamento, ni votar, ni servir en el Ejército, ni ejercer de magistrado o de jurado, ni siquiera ir al teatro.
No tenía ningún recurso a su alcance contra los castigos físicos arbitrarios que le impusieran los magistrados.
La infamia la producían actos concretos: una condena judicial, una bancarrota, la elusión de su deber como militar por parte de un soldado, una muestra de cobardía en combate, un soborno aceptado por un juez, etcétera.
También era algo propio a ciertas profesiones: prostitutas, proxenetas, actores y entrenadores de gladiadores (lanistas).
Como los gladiadores, todas esas personas caían en la infamia de aceptar dinero por exhibir sus cuerpos (o los de aquellos o aquellas a quienes controlaban) para el placer de otros 43 .
Tenemos un testimonio de primera mano de uno de aquellos voluntarios.
A mediados del siglo II d. C., Tóxaris y Sisines, dos escitas de las estepas que decidieron ir a aprender cultura griega (paideia) en Atenas, hicieron parada en la ciudad helena de Amastris, en la ribera sur del mar Negro.
Se alojaron en una posada y salieron de compras.
Mientras estaban fuera, alguien forzó la puerta de su habitación, les robó todas sus pertenencias y los dejó en la miseria.
Como foráneos que eran en aquella ciudad, consideraron que de nada les serviría tratar de emprender acciones legales.
(He ahí un ejemplo más que nos muestra que no parece que el derecho romano fuera tan accesible como algunos contemporáneos nuestros se imaginan que era).
Al principio, Sisines se puso a trabajar de estibador en el puerto, pero, un día, en el ágora, presenció una procesión de unos animosos jóvenes de buen ver que se habían alistado en una especie de compañía de gladiadores.
Un heraldo anunció en público un premio de diez mil dracmas para quien se presentara voluntario a luchar contra alguno de ellos.
Dos días después, en el teatro, Sisines dio un paso al frente.
Le dieron el dinero, que entregó allí mismo a su amigo, y le proporcionaron una armadura, que se puso, aunque rechazó llevar casco.
Iniciado el combate, Sisines fue el primero en recibir una herida, un corte en la parte posterior del muslo con una hoja curvada.
Sangraba en abundancia y, en las gradas, Tóxaris estaba casi muerto del susto.
Pero, entonces, el gladiador avanzó demasiado confiado sobre su rival y Sisines le atravesó el pecho.
El escita, muy debilitado, se desmoronó a su vez sobre el cadáver de su adversario.
Tóxaris se llevó de vuelta a su amigo —más el dinero del premio— al lugar donde se alojaban.
Allí lo cuidó hasta que se repuso. Sisines regresó entonces a Escitia, donde se casó con la hermana de Tóxaris, aunque la experiencia le dejó cojo de por vida.
Tóxaris volvió luego a algún lugar de Grecia que no era Atenas ni Amastris, sino una ciudad anónima donde vivían numerosos amastrianos que recordaban aquella pelea y pudieron confirmar su versión de lo acontecido.
Aunque escrita como si de una crónica directa de los hechos se tratara, esta emocionante historia es algo más.
Es el noveno de diez relatos sobre la amistad —cinco griegos, cinco escitas— incluidos en el Tóxaris, una ingeniosa y lúdica obra literaria del intelectual griego Luciano de Samósata.
En otra de las historias de esa colección, en la que también participa Tóxaris, se nombra a dos reyes del Bósforo (un reino cliente de Roma con centro en Crimea): Leucanor y Eubíoto.
Disponemos de una lista aparentemente completa de reyes bosforanos del siglo II d.
C. extraída más a partir de monedas y de inscripciones que de la literatura; ninguno de ellos tenía esos nombres.
Ahora bien, un fragmento de una novela griega conservada en papiro sí menciona a un Eubíoto, gobernante de los escitas.
La cuestión es que, como en el caso de los monarcas bosforanos, Tóxaris es una invención de Luciano.
Su nombre no es escita, sino una creación a partir de toxon, palabra griega para designar un arco, arma típica de los nómadas esteparios.
Luciano ya había usado ese nombre en una obra anterior en referencia a otro escita —del que tampoco existe ningún otro testimonio histórico— también aficionado a la cultura griega.
Sisines y su amigo Tóxaris fueron inventados por Luciano, sí, pero, como ya hemos visto, la ficción suele abrirnos una ventana por la que observar la mentalidad romana 44 .