Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #3
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #3

Se dice que, tras la batalla de Cannas (216 a.

C.), Aníbal hizo que varios senadores y otros presidiarios romanos distinguidos lucharan entre sí.

Con una crueldad refinada propia de la visión que de Cartago se tenía desde Roma, obligó a combatir a padres contra hijos y también a hermanos entre sí.

Según otra versión, Aníbal prometió la libertad a un romano si vencía el combate que se le había asignado…

¡contra un elefante! Y cuando el hombre lo ganó de forma inesperada, Aníbal, con la característica mala fe cartaginesa (fides punica, o «fiabilidad» cartaginesa, se decía en latín a modo de ironía), envió a unos hombres a caballo a matar al vencedor cuando este se disponía a abandonar el lugar 30 .

Las dos fuentes de ambos relatos se escribieron mucho después de acaecidos los supuestos hechos.

Como nada parecido figura en las Historias de Polibio, más fiables y anteriores en el tiempo, lo más probable es que reflejaran más los modos de pensar romanos que la realidad.

Espartaco y los judíos, huelga decirlo, conocían muy bien las costumbres romanas desde dentro, pero lo sorprendente es que, salvo por aquellas imaginadas crueldades de Aníbal, no sepamos de ningún enemigo exterior —ninguno de aquellos demonizados pueblos bárbaros de allende las fronteras republicanas o imperiales— que aprovechara tan poderoso símbolo para utilizarlo contra Roma 31 .

Solo en una ocasión, tras la guerra civil que enfrentó a Julio César y Pompeyo Magno en la década del 40 a.

C., se cuenta que un romano forzó a un compatriota suyo derrotado a luchar en la arena.

Asinio Polión, gobernador de la provincia de la Hispania Ulterior, escribió una carta a Cicerón denunciando a su propio cuestor (magistrado a cargo de las finanzas públicas).

Entre otros delitos, como el de fugarse con el dinero para los salarios y el de condenar a ciudadanos romanos a vérselas con las fieras en la arena, Cornelio Balbo (que así se llamaba el cuestor) había obligado a un veterano de guerra llamado Fadio, que había servido a las órdenes de Pompeyo, a luchar como gladiador.

Fadio sobrevivió a dos combates, de los que se supone que salió vencedor, pues los hechos posteriores parecen dejar claro que jamás lo habrían indultado de no haberlos ganado.

Tras haber luchado sin remuneración alguna por ello, Fadio se negó a prestar juramento para convertirse en gladiador profesional y apeló al público presente.

Enfurecido, Balbo ordenó que lo recluyeran («medio sepultado») en la escuela gladiatoria.

Los espectadores comenzaron entonces a arrojar piedras a Fadio mientras lo arrastraban hacia su reclusión, aunque Balbo los reprimió lanzando una carga de escuadrón de caballería gala contra ellos.

De todos modos, al final, Balbo hizo que quemaran vivo al infortunado veterano.

La actitud de Balbo no hizo sino que exacerbar la crueldad de sus actos, pues, «mientras él, después de comer, con los pies desnudos, la túnica sin ceñir y las manos a la espalda, se paseaba por allí, aquel desdichado gritaba: “soy ciudadano romano” y Balbo le respondía con burla: “vete ahora a pedir la protección del pueblo”» 32 .

Condenados por la justicia

Los criminales condenados por fechorías atroces eran otra fuente de aprovisionamiento de gladiadores.

El protagonista del caso expuesto en una declamación jurídica ficticia, atribuida falsamente a Quintiliano y pensada para enseñar oratoria latina decía que, cuando estuvo en las celdas gladiatorias, vivió confinado junto a reos acusados de sacrilegio, incendio provocado y asesinato.

En la novela griega Vida de Apolonio de Tiana, de Filóstrato (escrita en el siglo III d.

C., pero ambientada en el siglo I ), al hablar de la Atenas sometida al dominio romano, se añadían varias categorías: «Adúlteros, prostitutos, horadamuros, cortabolsas, secuestradores y gente de esa calaña» 33 .

Cuesta ser precisos a propósito de qué delitos podían comportar este tipo de castigo.

Los textos jurídicos de que disponemos fueron compilados en la Antigüedad tardía, en tiempos del reinado de Justiniano (527-565 d.

C.), cuando la gladiatura había dejado de existir; en ellos, las referencias a esta institución habían sido ya suprimidas en las fuentes anteriores allí citadas 34 .

Lo más probable es que la aplicación de la sentencia fuera flexible y quedara a discreción del juez.

El pasaje de Filóstrato posiblemente sugiere que no había uniformidad al respecto en el imperio y que los delitos que podían enviar a un hombre a la arena eran distintos según las ciudades.

Como en el caso de los prisioneros de guerra, el número de delincuentes varió según las épocas y los lugares.

A veces, la oferta superaba a la demanda.

Cuál no sería la extrañeza de Plinio el Joven cuando, recién llegado a la provincia de Bitinia y Ponto, en Asia Menor (c.

110-112 d. C.), como nuevo gobernador enviado por el emperador Trajano, se enteró de que allí había hombres que, pese a haber sido condenados a luchar en la arena, trabajaban con cierta tranquilidad como esclavos públicos y percibían un salario anual por ello.

Al investigar el asunto, no halló ninguna razón satisfactoria que explicara por qué se les había conmutado la sentencia original.

Plinio escribió a Trajano pidiéndole consejo.

El emperador respondió que los que hubiesen sido condenados en los últimos diez años, debían ser enviados a la arena, pero que si eran ya mayores y se les había juzgado más de una década antes, se les debían «asignar tareas no muy distintas de los trabajos forzados de los convictos, como limpiar baños públicos y alcantarillas, o reparar calles y caminos».

Se supone, sin embargo, que lo más habitual era que la demanda sobrepasara a la oferta.

Los emperadores Septimio Severo y Caracalla (198-211 d.

C.) decretaron que los presos condenados a luchar no fueran transferidos de una provincia a otra sin previo permiso imperial para ello, y que los de mayor habilidad y fuerza fueran enviados a Roma para ser exhibidos allí 35 .

Una condena a luchar como gladiador se consideraba más suave que una sentencia a muerte por decapitación (método reservado para los ciudadanos romanos) o por crucifixión (procedimiento usado para los esclavos); los no-ciudadanos libres podían ser condenados a morir de cualquiera de las dos maneras.

Así fue hasta el imperio tardío (a partir del 212 d.

C. todos los hombres libres pasaron a ser ciudadanos), cuando la costumbre era que a los miembros de la élite se les cortara la cabeza, y a los demás se les clavara en la cruz.

No cabe duda de que la condena a pelear en la arena era menos dura que la de enfrentarse a las fieras salvajes, o a ser quemado vivo, o a realizar trabajos forzados en las minas (una especie de sentencia a morir en vida, pues allí se laboraba hasta el último aliento en unas condiciones terribles).

Como veremos, el gladiador tenía al menos una oportunidad de sobrevivir.

«Está bien que a los culpables se los castigue —escribió Tertuliano—.

¿Quién más puede negarlo sino los propios culpables?

». Ahora bien, el susodicho teólogo e inveterado crítico de las costumbres romanas no se detenía ahí y puntualizaba: «¿Quién puede jurar, sin embargo, que siempre son los culpables quienes son condenados a las fieras o a otro destino aciago, y que nunca se les inflige ese castigo a unos inocentes por el espíritu vengativo del juez, o por la debilidad de la defensa, o por la intensidad de la tortura?

». En su opinión, «no cabe duda de que se vende a hombres inocentes como gladiadores para que sirvan de víctimas del placer público».

Está claro que, como cristiano que era, Tertuliano tenía una actitud muy sesgada al respecto, pero sus dudas eran también compartidas por algunos paganos.

El impecablemente tradicional soldado y escritor romano Varrón (116-27 a.

C.) vivió el trauma de la gran revuelta de esclavos, pero una fuente posterior le atribuía haber escrito que «el inocente Espartaco [fue] condenado a ser gladiador» 36 .

Esclavos