Aquellos que van a morir 1. VESPER (EL ANOCHECER) #2
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1. VESPER (EL ANOCHECER) #2

Además de los gladiadores, ¿quiénes participaban de la cena libera?

En su Apología, una defensa del estilo de vida cristiano, Tertuliano escribió que, en el festival pagano de las liberalia, él no se daba ningún festín en público a diferencia de lo que era costumbre entre los infelices que luchaban contra las fieras cuando, la noche antes, tomaban su última cena.

La palabra que usó fue bestiarii 21 . Técnicamente, los bestiarii eran los que adiestraban y manejaban a los animales usados para los espectáculos y las ejecuciones, a diferencia de los venatores, que eran los que cazaban y luchaban contra las fieras en la arena.

Pero los dos papeles se solapaban bastante y, a menudo, se confundían uno con otro.

Por extensión, bestiarii pasó a ser también la palabra que designaba a aquellos a quienes se ejecutaba arrojándolos a la arena para que las fieras salvajes acabaran con sus vidas.

Como cabía esperar, puesto que el único papel que se les reservaba en ellas era el de víctimas, los cristianos solían ver las jornadas de exhibiciones gladiatorias a través del prisma de las ejecuciones del mediodía.

En otra de sus obras, Sobre los espectáculos, Tertuliano convirtió al león en la figura representativa de los juegos gladiatorios (munera) en su conjunto, de forma análoga a como el caballo simbolizaba las carreras de carros en el Circo Máximo; la fuerza física, los deportes atléticos, y la dulzura de la voz, el teatro.

Ni que decir tiene que, como moralista cristiano que era, Tertuliano se oponía firmemente a todos ellos 22 .

Junto con los gladiadores, los venatores y los bestiarii, algunos estudiosos modernos incluyen en aquellas cenas a los reos de muerte que tenían programada su ejecución para el día siguiente 23 , y aducen como prueba la Pasión de las santas Perpetua y Felicidad 24 .

Se trata de un texto importante que puede darnos numerosas pistas, pero no deja de ser un documento que presenta ciertas complicaciones.

Relata los últimos días de seis mártires cristianos (cuatro hombres y las dos jóvenes que le dan título) en Cartago, África del norte, en la primavera del 203 d.

C. La historia está allí contada a tres voces: la de un narrador anónimo (supuestamente, un contemporáneo de los hechos) que reproduce las palabras reales de dos de las víctimas, en concreto, las de Saturo, líder masculino del grupo, y las de Perpetua, principal personaje femenino.

Los lectores actuales son muy aficionados a tomarse el relato al pie de la letra en cuanto a lo acontecido con Perpetua.

A fin de cuentas, la suya no deja de ser una voz femenina, algo nada habitual en las crónicas de la Antigüedad.

A nadie parece importarle la autenticidad o no de las palabras de Saturo.

Tanto si se escribió a tres manos o solo a una, la Pasión es un caso explícito de propaganda cristiana para la que los milagros actuales valían tanto como los del pasado.

Hasta unas dulces jóvenes cristianas podían soportar los rigores del martirio y, con ello, convertir a muchos paganos.

La realidad, sin embargo, era que solo podían obrar semejante conversión con algunos, pues toda buena literatura de mártires precisaba de la presencia de una turba furibunda.

Si todos los espectadores se convirtieran, la trama se detendría en el acto, pues no habría martirio.

El narrador anónimo asegura que los inminentes mártires transformaron su cena libera en un ágape, un «banquete de amor» cristiano inspirado en la última cena de Jesús y sus discípulos.

(Pensemos que, en un ágape, los cristianos comían sentados a la mesa, en vez de hacerlo reclinados) 25 .

Esto demostraría que a los condenados se les podía conceder también el beneficio de una cena libera…

, al menos, en la ficción, que no necesariamente en la realidad.

De hecho, no sería prudente generalizar a partir de esa única prueba.

Justo antes, en una sección previa, el narrador había atribuido a Perpetua argumentos muy poderosos para arrancar del oficial romano al mando aquel privilegio a modo de concesión: «¿Por qué no nos permitís reponernos, a nosotros, los más nobles entre los condenados del César a luchar en su cumpleaños?

¿No os dejaría en mejor lugar que se nos presentara bien alimentados?

». La amenaza implícita funcionó —«el tribuno se horrorizó sonrojado»— y a los condenados se les concedió aquel privilegio excepcional.

Es muy improbable que con los sentenciados a morir entre las fieras o entre las llamas —cristianos o no— se tuviera una atención así.

L OS ORÍGENES

Seguro que quienes bebían aquel vino dulce y comían aquellas carnes de su gusto debían de preguntarse cómo habían acabado allí, en aquella cena libera. ¿Cómo terminaba un hombre convertido en gladiador? ¿Cuáles eran sus orígenes?

Prisioneros de guerra

Muchos de ellos eran prisioneros de guerra bárbaros capturados tras las victoriosas campañas romanas.

En el 70 d. C., tras haber aplastado la revuelta judía y haber destruido Jerusalén, Tito, hijo del nuevo emperador Vespasiano, partió hacia la ciudad de Cesarea de Filipo, «donde permaneció largo tiempo organizando espectáculos de toda clase.

Muchos de los prisioneros perecieron en ellos: algunos arrojados a las fieras salvajes, otros obligados a enfrentarse entre sí en batallas a escala real».

De allí, Tito se desplazó hasta otra Cesarea, la Cesarea Marítima, donde celebró el cumpleaños de su hermano, «notable ocasión para la que reservó buena parte de su venganza contra los judíos.

La cifra de los fallecidos en luchas contra bestias salvajes, o en combates entre ellos, o quemados vivos, sobrepasó los dos mil quinientos.

Pero a los romanos todo aquello les pareció un castigo demasiado ligero, por mucho que estuvieran matando a sus víctimas por mil métodos distintos».

En la siguiente ciudad, Beritus (la actual Beirut), celebró el cumpleaños de su padre «con un despliegue más fastuoso aún.

[…] Un gran número de prisioneros perecieron del mismo modo que antes».

Más tarde, «pasó por una serie de localidades sirias y en todas patrocinó fastuosos eventos con prisioneros judíos obligados a hacer de su propia destrucción un espectáculo».

Y a pesar de que también otras arenas de varias provincias fueron obsequiadas con una gran cantidad de rehenes para sus propias celebraciones, y de que se envió a bastantes más a realizar trabajos forzados en Egipto, aún quedaron unos cuantos miles más —«los más altos y bien parecidos»— con los que adornar una procesión triunfal en Roma antes de hacerlos luchar en el recién inaugurado Coliseo 26 .

Cuanto mayor fuera el número de cautivos y más difusa su procedencia, mejor.

A veces, los detalles plasmados en la ficción antigua aportan una imagen bastante clara sobre los valores de la cultura romana.

En una extensa novela histórica en latín, presentada como una serie de biografías de emperadores, escrita alrededor del año 400 d.

C., y conocida por los historiadores como la Historia Augusta, se menciona que el emperador Probo (276-282 d.

C.) ofreció un espectáculo con «trescientas parejas de gladiadores en el que lucharon la mayor parte de [los] blemios [de Sudán] que fueron exhibidos en su entrada triunfal, un gran número de germanos y sármatas [tribu nómada de la gran llanura húngara] y también algunos ladrones isauros [de Asia Menor]».

En el mundo bastante imaginario creado por aquel texto, los hechos de Probo quedaron eclipsados por el triunfo y los juegos posteriores del emperador Aureliano (270-275 d.

C.), con ochocientas parejas de gladiadores, y más cautivos blemios, axumitas (de Abisinia), árabes, indios, bactrianos (de la actual Afganistán), iberos (de la Iberia caucásica, actual Georgia), sarracenos, persas, godos, alanos (nómadas de las estepas), roxolanos (nómadas del norte del Danubio), sármatas, francos, suevos (de las cabeceras del Rin y el Danubio), vándalos, germanos, palmireños (de Palmira, Siria) y egipcios.

Para añadir más espectacularidad, entre los godos vinieron diez mujeres armadas para la guerra: «Un cartel indicaba que eran [de la raza de las] amazonas» 27 .

Espartaco —que había sido un soldado auxiliar romano y que, con posterioridad, fue condenado a luchar en la arena por desertor y bandido— fue el líder de la gran revuelta de esclavos que convulsionó Italia del 73 al 71 a.

C. En unos juegos funerarios celebrados en honor de sus camaradas caídos, ordenó que trescientos cautivos romanos lucharan como gladiadores 28 .

En torno al 117 d. C., varios rebeldes judíos de Cirene, en el norte de África, fueron acusados, entre otras muchas atrocidades (como practicar el canibalismo y fabricar cinturones con entrañas humanas), de entregar a los prisioneros a la ferocidad de las bestias salvajes, y de forzar a otros a luchar como gladiadores 29 .

Para los romanos, semejante inversión de papeles suponía una terrible humillación, algo que —aunque pueda antojársenos un tanto paradójico desde nuestra perspectiva actual— delataba el carácter inhumano de sus enemigos.