Aquellos que van a morir
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1. VESPER (EL ANOCHECER)
V ESPER ( E L ANOCHECER)
Los hombres reclinados en las mesas son corpulentos, con grandes pliegues de carne; muy distintos de los enjutos espectadores que los observan comer.
Los cuerpos de los comensales están surcados de marcas dejadas por los filos de las espadas y los látigos, como sus cuellos lo están de músculos prominentes.
Sus rostros están curtidos y endurecidos por el uso constante del casco.
Algunos, casi deformes ya, tienen un brazo más largo que el otro.
Todos están siendo escrutados a fondo en ese momento por las miradas ajenas.
Algunos ríen y bromean, y conversan con ligereza; otros organizan con calma sus asuntos económicos; muchos permanecen en silencio, pálidos y sudorosos, incapaces de tragar la comida.
Los hay que beben en exceso. Mañana a esta misma hora, algunos de ellos —uno de cada ocho, quizá— habrán muerto de forma violenta.
Pero nadie sabe cuál de los ocho será. Esta es la cena libera, el momento en que se deja que el público entre en el pabellón de los gladiadores para observarlos durante su última cena.
L A CENA LIBERA
L A DIETA Y LA CONSTITUCIÓN FÍSICA
Aquellos flacos espectadores consumían habitualmente una dieta vegetariana 6 .
Desde luego, no lo hacían por nada relacionado con la moderna preocupación por la salud, la moral, los derechos animales o, menos aún, la salvación del planeta.
En la Antigüedad, el vegetarianismo solo era una elección para una minoría.
Era algo más bien propio de ciertos filósofos excéntricos, como el heterogéneo grupo de embaucadores y hechiceros que se consideraban a sí mismos miembros de la escuela de Pitágoras.
Para los pitagóricos, el vegetarianismo estaba ligado a la cuestión de la transmigración de las almas 7 .
Uno siempre corría el peligro de comerse a sus difuntos padres, si no.
En sus años mozos, Séneca el Joven flirteó con esta escuela filosófica y renunció a comer carne hasta que su padre le hizo entrar en razón: el vegetarianismo era antirromano y podía acarrearle acusaciones de adhesión a alguna de aquellas dudosas —cuando no directamente ilegales— sectas orientales, con sus estrafalarias restricciones dietéticas 8 .
La causa del vegetarianismo de quienes iban allí a ver a los gladiadores era la pobreza.
Estas gentes vivían en una época en que la pirámide social era tan empinada como en los actuales países del mundo en vías de desarrollo 9 .
La élite (puede que un diez por ciento de la población) era acomodada, por no decir que fabulosamente rica en términos de entonces, mientras que la inmensa mayoría de la población se situaba al límite (o por debajo) del nivel de subsistencia.
La plebs, u hoi polloi (por decirlo en latín y en griego, términos ambos peyorativos en boca de la élite y acompañados a menudo de adjetivos como sucia o supersticiosa), vivía de lo que suele llamarse la «tríada mediterránea» de cereal, vid y olivo.
También comían otros alimentos vegetales —sobre todo, habas y legumbres—, aunque estos nunca llegaran a considerarse parte de la «tríada» tal como se concibe de manera popular.
Aunque hoy sea objeto de interminables elogios en los suplementos a todo color de los periódicos dirigidos a la clase media acomodada, la tríada mediterránea solo da para una dieta limitada y repetitiva.
Cuando se sacrificaban animales en festivales religiosos, la plebe aprovechaba gozosa la oportunidad de comer carne asada por un día.
De hecho, el filósofo moral Plutarco juzgó necesario recordar a la gente que aquellos festivales se disfrutaban más si se asistía a ellos con genuino fervor religioso 10 .
También los gladiadores solían ser vegetarianos, pero la suya era una dieta distinta y característica 11 .
Plinio el Viejo nos dice que se les apodaba los «hombres de la cebada» (hordearii) por el estofado o sopa de habas y cebada que constituía el componente principal de sus raciones 12 .
En el Ejército romano, la cebada era una comida de castigo 13 .
Plinio cuenta también que se usaba sobre todo para alimentar a los animales.
Además, los gladiadores consumían grandes cantidades de comida, y el emperador Vitelio, en un vano esfuerzo por potenciar la lealtad de sus soldados, les aumentó el nivel de las raciones de alimento basado en trigo (cereal de mejor calidad que la cebada) para equipararlas a las cantidades que se les ofrecían a los gladiadores 14 .
Un miembro de la élite escribió que a estos últimos se les atiborraba de alimento y que eso era peor que cualquier tipo de hambre.
La palabra por él empleada —sagina (ceba, engorde)— solía usarse en referencia a los animales de granja 15 .
Como veremos, la élite solía equiparar a los gladiadores (o, cuando menos, a la mayoría de ellos) con las bestias, aunque lo cierto era que esta clase consideraba «bestiales» a todos aquellos y aquellas que no eran de los suyos (plebe y bárbaros por igual).
Los gladiadores no solo consumían comida diferente, sino que bebían un brebaje singular de ceniza (de madera o hueso quemado) disuelta en vino aguado para fortalecer los huesos 16 .
En las afueras de la antigua ciudad griega de Éfeso (en la actual Turquía), los arqueólogos han excavado y desenterrado un cementerio de gladiadores que contenía los restos de, al menos, sesenta y siete hombres y una mujer.
El análisis científico ha demostrado que los huesos de algunos de aquellos hombres exhibían unos niveles excepcionalmente altos de calcio 17 .
En lo sucesivo, volveremos a este importante yacimiento con cierta frecuencia.
A los gladiadores se les cebaba con su propio caldo de «engorde».
Hoy es demasiado fácil que caigamos en las mismas actitudes de la élite antigua, pues, a fin de cuentas, fue esta la que escribió los textos literarios a los que en la actualidad aún tenemos acceso, pero, en todo caso, los representados en el mosaico de la finca Borghese (hacienda de las afueras de Roma donde se hallaron siete paneles) parecen ciertamente pesados (véase la imagen 2 del encarte fotográfico) 18 .
¿Por qué se consideraba deseable que fueran tan corpulentos?
Según Cipriano, un obispo cristiano antiguo y contrario a aquel espectáculo, «los juegos gladiatorios se disponen de tal modo que la sangre pueda saciar la sed de crueldad.
Al cuerpo se lo engorda con un alimento más fuerte, y a la vigorosa masa de sus miembros se la enriquece con más fuerza y músculo, para que los desdichados, cebados para el castigo, tarden más en morir» 19 .
Dicho en terminología moderna, los gladiadores necesitaban tener una constitución más fuerte para soportar breves estallidos de actividad física intensa y violenta, y, a su vez, su dieta rica en carbohidratos producía una gruesa capa de grasa subcutánea que protegía los órganos vitales.
Eso permitía que recibieran heridas más o menos superficiales que sangraban con profusión, pero no les impedían continuar peleando.
Los gladiadores gordos daban más espectáculo.
L A COMIDA Y LOS PARTICIPANTES
Una posible traducción literal de cena libera sería «cena gratis», pero lo cierto es que las raciones de los gladiadores probablemente siempre eran gratuitas para ellos 20 .
Libera podría traducirse también como «ilimitada», pero tampoco la cantidad era nunca un problema.
Más bien, era «libre» en el sentido de que «no había restricciones» ni en cuanto al tipo ni en cuanto a la calidad de lo que se comía y se bebía en esa ocasión.
La expresión romana equivalente al actual anglicismo mansplaining (explicar lo obvio con tedioso detalle) era «ir de los huevos a las manzanas».
Las cenas formales romanas, como las italianas actuales, solían consistir en tres platos.
Los huevos (con frecuencia, cocidos) figuraban a menudo en el primero de ellos; las manzanas, ya fueran frescas o, cuando estaban fuera de temporada, deshidratadas, eran ingrediente habitual en el último.
Por su parte, los griegos, en tiempos del imperio, siguieron dividiendo una comida entre el sitos, el alimento básico (casi siempre pan), y el opson, palabra que a veces se ha traducido como «delicia», pero que, en realidad, abarcaba todo lo demás: la carne, el pescado, las salsas, los pasteles…
, todo lo bueno. Plutarco dice que a los gladiadores que estaban a punto de saltar a la arena se les ofrecían muchos alimentos caros.
En vez de densos y anodinos estofados y vino barato que sabía a polvo, podían servirse carne y otras exquisiteces regadas en abundancia con vinos buenos.
Tal vez el hambre y la envidia ocuparan un lugar destacado entre las emociones que invadían a los flacuchos curiosos que los contemplaban en aquellos momentos.