XLV
L a luna y las estrellas adornaban la noche. El mar traía una música interpretada por la brisa, que mecía las hojas de los árboles, cubriendo al pueblo de calma luego de tanto revuelo.
Los negocios atendían a locales y turistas que, entre pedidos, sorbos y bocados, comentaban el desenlace de los hechos, los cuales se mantenían frescos en la mesa hasta pagar la cuenta.
En el hospital, el sargento se encontró con el Novato y el doctor. Restaba clarificar detalles y unificar la historia para cerrar el caso.
—¿Cómo estuvo todo en el Concejo, mi sargento?
—Como debía ser, tal cual el informe —le respondió al Novato mientras le golpeaba el pecho con unas hojas que este recibió torpemente y acomodó con sus manos para no dejarlas caer.
—Mis amigos —dijo el doctor con ironía—, alguien me contó que el presidente estaba impecablemente vestido para la ocasión.
—Ni te imaginas. Vamos a tu consultorio —anotó el sargento—. Tenemos que alinearnos con el informe oficial.
—Mi sargento, estas hojas en blanco, ¿para qué son? —inquirió el Novato.
—El futuro informe oficial. Tenemos a un lesionado y a una persona muerta luego de una riña por robo que se convirtió en un accidente trágico.
—Ni más ni menos —completó el doctor.
Como bien señalaba el sargento, el documento debía elaborarse, aunque para la comunidad ya se hubiese dado su lectura magistral.
Los tres se encaminaron al consultorio. El caso necesitó un cierre más práctico y conveniente: exponer lo ocurrido con palabras diferentes significaba mantener una puerta abierta que no le haría bien a nadie.
A veces, el camino racional es la única forma de explicar lo inexplicable.
—No hemos hablado de la nueva pareja de la exesposa —dijo el Novato—. El policía retirado de Criminalística.
—¿Y qué pasa con él? —respondió el sargento—. No pudo meter mano en los análisis; ya nada lo vincula con el laboratorio.
—No tocó las pruebas, pero le enseñó a ella cómo moverse —observó el doctor.
—Es obvio que le estuvo susurrando al oído. La mujer supo qué callar, aunque metió la pata con el asunto del apartamento. Pero no hay una sola prueba que los vincule con lo del muelle —sentenció el sargento.
—¿Y el difunto, entonces qué? —preguntó el Novato.
—Lo reportamos como John Doe —respondió el sargento.
—Pero las huellas, el ADN y los análisis dicen que él también es John Doherty.
—Dicen lo mismo que el hombre con vida, y a ese lo identificó su exesposa como John Doherty, delante de todos. No podemos registrar a la misma persona como viva y muerta. —El sargento hizo una pausa—. Si luego de un tiempo nadie reclama al difunto, lo sepultamos aquí donde murió.
—¿Y John Doherty? Me refiero al vivo —preguntó el Novato.
—Tranquilo, está en buenas manos —repuso el doctor—. No creo que quiera irse a otro lugar por ahora. Así que lo verás mañana.
El informe se haría y se enviaría temprano a la capital, cumpliendo las formalidades de la investigación. El turno para los tres había terminado. Todo parecía retomar su rumbo en una noche excepcionalmente estrellada.