Aquello que reclama su nombre XLIII
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XLIII

El sargento caminó directo al atril y, por supuesto, los miembros del Concejo ocuparon sus lugares, esperando que las cámaras registraran sus mejores ángulos. El auditorio se silenció.

Antes de comenzar, revisó un mensaje en su celular: el Novato respondía a sus indicaciones con un «Okey, como ordene». El público estaba expectante y el presidente avanzó hacia el micrófono del atril, iniciando la sesión.

—Hola, hola. Buenas tardes a todos. En breve daremos a conocer la declaración oficial de lo ocurrido en el muelle. Como presidente del Concejo, doy fe de que todo se ha realizado con el mayor profesionalismo por parte de la policía y de nuestra administración. Siga usted.

Se aclaró la garganta para iniciar el discurso, el cual hasta los ángeles en las pinturas del auditorio querían escuchar. El oficial inició.

—Sobre los acontecimientos ocurridos el día de ayer en Bahía Luz, tanto las investigaciones del departamento de policía local como los análisis forenses, realizados en tiempo récord con la ayuda de la Estación Central de Policía, nos han llevado a la siguiente conclusión…

Hizo una pausa, buscando la hoja del informe.

El auditorio contuvo la respiración. El lente de la cámara tomó un primer plano para no perder detalle.

Cuando por fin encontró el papel, miró al público, aumentando el suspenso.

Todo pareció apagarse para escucharlo. La brisa de la tarde dejó de barrer la hojarasca y los grillos callaron.

»Se ha determinado que entre las dos personas encontradas en el muelle hubo una riña causada por un robo.

En el forcejeo, los efectos personales de los individuos se mezclaron: unos cayeron al agua y otros quedaron en el muelle, dificultando la identificación de los sujetos por medios convencionales.

Al escuchar sobre una riña, los ojos y los ánimos se avivaron; el morbo los motivaba. Querían saber más.

»El resultado de la riña dejó como resultado un hombre fallecido y otro con lesiones severas en la espalda.

El auditorio parecía cada vez más interesado, en tanto que la cámara registraba en primer plano al sargento, aumentando el dramatismo.

»Los estudios forenses determinaron que el deceso del hombre fue ocasionado por un colapso del sistema nervioso, lo que derivó en una muerte súbita.

Podría decirse que fue una muerte natural sin precedentes en Bahía Luz, originada por la intensidad de la pelea, mas no por un golpe con objeto contundente ni por el otro sujeto en cuestión.

Algunos asistentes querían escuchar sobre un asesinato y se desilusionaron. Otros estaban maravillados con los hechos. A pesar de ello, nadie dijo nada; sabían que aún faltaba más.

»El hombre encontrado inconsciente fue llevado al hospital para su evaluación y diagnóstico, el cual reportó necrosis en tres de sus vértebras, ocasionada por un duro golpe luego de una caída sobre el muelle, producida tras un puñetazo lanzado por el occiso momentos antes de fallecer.

Actualmente se recupera de manera satisfactoria en el hospital.

Ahora, la historia se había puesto interesante para los asistentes, quienes comenzaron a hacer conjeturas. Los murmullos llenaron el ambiente y luego se aquietaron para continuar oyendo la declaración.

»Al no hallarse una causa externa, armas o acciones que indujeran la muerte, no se levantarán cargos por homicidio, ni culposo ni doloso. Al no haber una persona viva a la cual imputar cargos por lesiones personales o robo, tampoco se adelantarán denuncias ni investigaciones sobre el hecho.

Los asistentes creían estar escuchando noticias de algo muy diferente a lo ocurrido en el muelle, y aún faltaba esclarecer la identidad de John.

—¿Y entonces, a cuál de los dos terminé vendiéndole mi casa? —dijo alguien en el salón.

El auditorio completo puso la mirada en el lugareño que habló y, por unos segundos, se dispararon nuevamente los murmullos, avivando las conversaciones. El oficial reconoció al dueño de la casa resaltada en el mapa encontrado en el canguro.

—Silencio, silencio, por favor —pidió el presidente del Concejo—. El sargento está aquí para aclararlo todo y ya nos dará la identidad de los dos hombres.

El uniformado tomó un respiro. Claramente, estuvo tratando de eludir el tema desde el comienzo y, volviendo los ojos al papel, continuó con la declaración:

—Luego de las investigaciones del Departamento de Policía y de la colaboración de su expareja, se ha llegado a la conclusión de que John Doherty es la persona que está recuperándose de las lesiones causadas en la riña y pronto se le dará de alta.

El occiso permanece en calidad de desconocido, ya que no ha sido posible atribuirle de manera concluyente ninguno de los documentos hallados en la escena.

Ese proceso continuará abierto hasta que la ley lo determine.

Entregada toda la información oficial, los dejo con el señor presidente del Concejo. Buenas tardes a todos. Con permiso.

Las bocas detonaron en habladurías. El robo de identidad seguía vivo entre los vecinos del lugar, pero nada había que hacer: el informe ya estaba entregado. El presidente, al ver que el sargento se dirigía a toda prisa hacia la salida, lo detuvo antes de que cruzara la puerta.

—Disculpe, disculpe. Facilíteme el informe para aclarar cualquier pregunta.

—No. Este es un documento oficial y esa fue la declaración oficial. No es un conversatorio sobre el caso.

El sargento se marchó y el presidente, resignado, volvió al atril, poniéndose al frente de su público para calmar los ánimos, agradeciendo la asistencia y despidiendo al auditorio luego de escuchar el cierre del caso.