XLII
L as olas golpeaban el bote, meciéndolo con fuerza, incomodando no solo a la exesposa, sino también a la tripulación, que, por un instante, sintió perder el equilibrio. Desde lejos, debió verse como un grupo de monos saltando, asustados de caer al agua.
El capitán añadió algo de tensión. No podía quedarse con la duda, así que soltó un par de perlas, como si el sacudón del momento las hubiese hecho salir de un cofre mal asegurado.
—¡Jum! Entonces, ya supo quién era su marido, eso está muy bien. ¿Y fue fácil identificarlo?
La pregunta puso de colores el rostro de la mujer. Sin mirar al capitán y sosteniendo con fuerza una de las líneas de seguridad del bote, respondió:
—Sí, lo hice. Para eso vine, ¿no? Esa era la idea.
—¡Ajá! ¿Y quién? ¿Cuál de los dos resultó ser John?
Ella volvió la cabeza hacia el capitán, clavándole los ojos como dagas.
—¿Eso a usted qué le importa?
—¡Ja! Okey, tarde o temprano se sabrá, aunque quería oírlo de usted, mi señora.
Luego de que otra ola hiciera saltar el bote, fue ella quien dejó caer unas perlas:
—Era John, pero no lo era al mismo tiempo. Lo vi muerto y también vivo. Parecía alguien más.
La frase no solo llamó la atención del capitán, sino la de su tripulación. Todos querían oír su versión.
—Lo conocí de una forma, recordé todo lo que me hizo enamorar de él, y ahora es otra persona; sin embargo, es él, es John. No el mío… no lo sé realmente.
Se quedó en silencio, y hasta el mar calló para escucharla, pero solo el motor se oía entre el oleaje, que por ahora había diezmado.
Cerró los ojos como quien busca una respuesta y perdón por sus pecados. Mientras ella se mantuvo en silencio, los demás se miraban, preguntándose: «¿Habrá sido el vivo o el muerto?».
—Solo espero que John sea feliz y rehaga su vida —finalizó ella.
Esas últimas palabras sacaron de dudas a todos y pusieron fin a las especulaciones, haciendo que el viaje se convirtiera en un trámite, una encomienda que ya no implicaba mayor dificultad, ni interés ni mucha energía que gastar.