Aquello que reclama su nombre XLI
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E n la morgue, el Novato guardó su teléfono y se acercó al grupo que estaba alrededor del cadáver, dejándose notar con sus pasos desde la entrada.

Todos voltearon a mirarlo, excepto John, quien mantenía los ojos en el cuerpo, recorriendo cada detalle de su rostro, de la misma manera en que lo hizo su exesposa.

En sus ojos había un dolor que poco a poco se iba transformando en una expresión neutra, como la de quien ve a un desconocido cuya muerte ni le asombra ni le conmueve ni le afecta lo suficiente como para que de él broten lágrimas.

—Él ya estaba muerto por dentro.

—Creo que las cosas no son así, John —apuntó el Novato—. Lo que hiciste fue una confesión. Acompáñame, te vas conmigo.

—Bien, no tengo lío con eso. Ni la menor duda o arrepentimiento. Así tenía que ser.

—Tú lo has dicho. Ahora préstame tus manos.

Abril retuvo la mano de John por unos segundos más, diciéndole con ello que lo pensara mejor, que no se metiera en más problemas.

—No hay por qué esposarlo —apeló el doctor—. Yo me hago responsable y también lo escolto. Además, si lo escuchó, sabe que no es que haya cometido un asesinato; por lo menos, no lo considero así.

Luego de oírle a John la historia, de alguna forma, confirmaba todas sus lecturas de la escena y de los cuerpos.

—Lo siento, pero va con las esposas, y no lo voy a repetir.

Soltó la mano de Abril y juntó sus palmas, poniéndolas al alcance del Novato, quien de inmediato le colocó las esposas. John miró por última vez a John, y el doctor dejó caer la sábana blanca sobre el rostro, marcando el punto final de esa despedida.

Las luces de la morgue se apagaron. El ascensor los esperaba. John fijó su mirada en la oscuridad del pasillo mientras las puertas se cerraban frente a él, quedando bajo la luz de la cabina que lo llevaba nuevamente al piso de su habitación.

Poco a poco recobró su tranquilidad, contando las baldosas del suelo bajo sus pies. Las puertas se abrieron y un aire fresco los recibió: alguien había dejado abierta una ventana.

Ya en la habitación, quedaba esperar al sargento, quien daría las indicaciones sobre el proceder con el indiciado. Tanto John como Abril se sentaron en la cama. Allí nadie habló.

La atmósfera transmitía una especie de resignación, como la que se ve al final de un juicio donde resta oír el veredicto del jurado luego de aportar todas las pruebas. John llenó sus pulmones de aire fresco y mucha fe; no hubo más que allí cupiera.

La enfermera jefe sintió que no tenía otra cosa que aportar, así que se despidió, con unas palabras que tuvieron un cierto dejo maternal:

—Hermosura, de alguna forma te entiendo.

Sin importar lo que pase o que todos quieran juzgarte, tú jamás lo hagas.

Mantente como hasta ahora: libre, allí, en tu cabecita.

Así nada ni nadie va a poder encarcelarte —dijo mirando al Novato—, aunque lo intenten.

Fue un gusto conocerte, John. Adiós a todos. Doc, te veo en las rondas.

Abril, el doctor y el Novato quedaron sorprendidos con las palabras de la jefe. Todos, en menor o mayor medida, tuvieron acceso a la información de los hechos que rodeaban a John, incluso más que él mismo, y la despedida la sintió cada uno como suya.

—Gracias, querida —respondió John.

Abril cayó en cuenta de que sería buen momento para comenzar la entrevista, aunque no encontró la forma de iniciarla, no de una manera con la que se sintiera cómoda, y en lugar de formular alguna pregunta, apoyó su cabeza en el hombro de John.

Los dos miraban hacia la puerta de la habitación, esperando que por allí asomara el sargento para llevárselo a la cárcel.

El doctor tampoco vio más motivos para quedarse hasta la llegada del sargento, así que abandonó la habitación con un escueto:

—Ahora regreso.

John respiró profundo y sintió en su nuca el calorcito del sol; así que se levantó de la cama y la rodeó.

—No sé cuánto demore el sargento, pero voy a esperarlo con la mejor vista de aquí. Ven, acompáñame, Abril.

Se ubicaron en el lado de la cama que daba hacia la ventana para ver la puesta del sol, un cuadro pintado sobre el cielo que el Novato también admiró desde unos pasos atrás, dándole privacidad a la pareja. Después de todo, no se sabe cuándo tendremos nuestro último atardecer en el mundo.

Aquel sol en el horizonte se mantenía suspendido con sus colores y la magia que regalaba a quien lo viese: una que ayuda a clarificar ideas y sanar las heridas para las que no se visita un hospital; las profundas, las que necesitan un cambio de pensamiento, drenando las amarguras, los resentimientos y abriéndose al perdón, tanto de sí mismo como de quienes hubiesen podido lacerar mente, cuerpo y espíritu.

Ahí estaban los dos, transformando el paso del tiempo en un ritual asistido por los arreboles sobre el océano azul de Bahía Luz; un lugar donde parecía haberse dibujado el paraíso en la Tierra, que, de tanto verlo, se iba sembrando en la consciencia, estirando sus raíces, hasta tener la capacidad de manifestarse con tan solo cerrar los ojos y visitar en sus adentros un oasis de pensamientos fértiles.

John y Abril estaban en comunión con la vida cuando el sargento asomó por la habitación para quedarse en el marco de la puerta. El Novato no lo sintió, con semejante postal y el caso prácticamente ya cerrado, esta vez no quiso molestar a nadie más ni a su compañero.

—¿Todo listo, amigo? —preguntó el doctor, que llegó casi al momento con el sargento.

—Hecho está. Por fin lo entendiste, ¿verdad?

—Sí, lo vi tarde, lo siento. —El doctor asintió con un toque de vergüenza.

—Tengo que dar una declaración oficial. Tú encárgate del resto. Ah, y despierta al Novato cuando puedas; le dejé indicaciones en su teléfono.

—Claro que sí. Una cosa más: ¡gracias! Aprendí mucho en este caso, amigo.

El sargento lo miró y, con una señal, le hizo saber que todo estaba bien entre los dos. Ahora restaba avanzar con lo que sería el destino de John, el cual ya había sido dictado por su confesión en el cuarto oscuro. Así, el doctor quedaba encargado del siguiente movimiento.