Aquello que reclama su nombre XL
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E l sargento escoltó a la exesposa hasta el muelle para que regresara a la capital cuanto antes.

—Esto es el colmo, les voy a llenar este lugar de medios, me las van a pagar —vociferó la mujer.

—Señora, mil disculpas, pero sencillamente el parecido es abismal. Usted misma se dio cuenta; teníamos que traerla. Ahora sabemos que John Doherty está vivo, ¿no?

—Son unos imbéciles tramposos; a mí no me necesitaban. Además, esa escena con la reportera, todo estaba planeado. ¡Idiotas!

—¿Y qué es lo que le da tanta rabia? ¿Que él rehaga su vida o que ahora usted tenga que pagarle su parte del apartamento? ¡Dígame!

Se quedó callada a sabiendas de que sus acciones no la favorecían, así que guardó algo de compostura y se mordió la lengua con el riesgo de envenenarse ella misma.

Encontrarlo así de feliz con otra mujer le revolvía el estómago y le desordenaba la cabeza, más aún al verlo renacido, vivo, con un brillo retador.

Sabía también que había hecho movimientos en falso y que de seguro la policía tenía el dato de su nueva pareja.

»El que calla, otorga, bien lo decía la señorita Abril. Acá están los muchachos, ellos la van a llevar a la capital.

—Muchas gracias —respondió ella con enojo.

El capitán, quien estaba custodiando el muelle, salió a recibirlos.

—¡Epa! ¿Qué tenemos acá? Señora. Sargento. Es como tarde para ir a la capital, ¿no les parece?

—¿Acaso es otro truco? ¡Me llevan ya mismo!

—Tranquila. El capitán y su tripulación la van a llevar ¡ya mismo!

El sargento y el capitán se miraron. La señora no saludó a nadie, tampoco se despidió.

—Hablamos luego, capi; llévala de inmediato —dijo el sargento.

—Ajá, pero… je, je, ¿ya sabemos quién es quién?

—Ya lo sabemos. Ya te contaré al volver.

—¡Opa! No voy a zarpar sin saber la verdad.

—Capi, con toda tranquilidad pregúntale a ella y lo que te diga eso será. No seas tímido —propuso el sargento con tono burlón.

—Pos, merezco saber, yo los encontré.

—Sí, y todavía me debes una buena explicación por la demora en avisar —respondió el sargento.

—¡Jum! Yo no demoré en pedir ayuda; demoré en llamarlos a ustedes. El vivo apenas respiraba. Primero avisé al hospital, hablé con la enfermera jefe y seguí las indicaciones mientras venían a recogerlo. Después, ahí sí, les pasé la voz. Fue cosa del momento.

—Eso último quedó bastante claro.

—¡Ajá! Pero el hombre está vivo, ¿no? A la hora de la verdad, uno atiende primero al que todavía respira.

El sargento no respondió de inmediato. El registro de llamadas y la hora de ingreso al hospital confirmaban la solicitud de asistencia médica del capitán antes de dar aviso a la Policía.

El Novato ya le había contado lo nervioso que estuvo el capi, cosa que encajaba con él: algo torpe, indiscreto casi siempre, pero útil cuando tocaba resolver.

—Hiciste bien en auxiliarlo —dijo finalmente—. Lo que no puedes volver a hacer es decidir cuánto tiempo puede esperar la Policía.

—Recibido, mi sargento. Y ahora sí, dígame quién es quién.

—Por el momento no hay versión oficial. Pero la de ella va a ser mucho más entretenida que la mía —dijo sonriendo en tanto se giraba y encaminaba hacia la patrulla.

El capitán entendió el mensaje: «No le hagas el viaje tranquilo». Así que lo aceptó como parte de la misión.

En el bote, la exesposa movía sus pies de manera tan ansiosa que parecía ser ella quien lo mecía y no las olas que rebotaban en el muelle. La tripulación recibió la señal del capitán y zarparon hacia la ciudad en una tarde, con justicia poética, dibujada en el puerto.

Sentado ya al volante de la patrulla, el sargento escribió a su compañero preguntando por John y si había logrado encontrarse con él. La respuesta fue casi inmediata.

—Lo encontré, está en la morgue con el doctor, la enfermera jefe y también la reportera, pero una cosa más: John reconoció a John.

—Ponte a cargo, llévalo a su habitación. Yo regreso al hospital y los busco.

—Así será, mi sargento.

Las órdenes del sargento tocaron el sentido de compromiso del Novato, despertando en él un impulso de estricto cumplimiento. Después de todo, sin importar con quién estuviese John en ese preciso momento, lo veía como un prisionero que había escapado de su celda.