XXXIX
E l sol del atardecer pintaba las nubes que aún quedaban en el cielo.
Los dorados se remezclaban con tonos rojizos, y los celestes que aún quedaban en el firmamento recorrían el horizonte hasta tocar las copas de los árboles más altos del bosque, que sobresalían en unos tímidos cerros.
El aire estaba cargado de una magia que impulsaba los corazones a concretar cualquier tipo de acción, ya que cada latido llenaba el cuerpo de una decisión implacable.
Sobre el muelle que sostenía aquel paisaje, caminó John, avanzando por una cubierta tomada por las algas que se habían asentado allí, de tal manera que las personas debían calcular muy bien sus pasos.
En su diestra sostenía unas flores y en la siniestra una caja de bombones. En el rostro se dibujaba una sonrisa creada por algún tipo de ilusión. John siguió mirando el paisaje, contando cada paso que lo acercaría hasta su bote. Respiró profundamente y continuó el tramo que le faltaba.
Repasaba versos cortos con la idea de abrir un portal que lo condujera a la reconquista de su entonces amada, una oportunidad de revivir esos sentimientos que tan feliz lo hicieron años atrás y que añoraba recobrar con la alegría de la primera vez, en una misión que nadie más podía frenar.
El rugido de un bote se escuchó; luego, tras un último traqueteo, le siguió el apagado de sus motores y el golpeteo del casco contra los pilotes.
Con el dorado aún brillando en el firmamento, una bota descendió de la embarcación apoyándose con firmeza en la madera.
Le siguió la otra bota como un tambor que anunciaba la aparición definitiva de aquella presencia.
Las manos se ocupaban de los amarres, fijando el bote al muelle; los ojos veían por última vez el atardecer y el resto del cuerpo se preparaba para cruzar las tablas hacia lo que deseaba fuera ya su hogar definitivo.
La persona, descendida de la embarcación, fijó la postal de la tarde en su vista, escuchando el oleaje convertirse en una banda sonora que lo impulsaba con determinación.
Durante unos segundos estuvo inmóvil, memorizando la escena completa, y luego la silueta se dio vuelta para abrirse camino hacia Bahía Luz.
Los dos hombres se vieron caminando el uno hacia el otro, sin distinguir más que un leve dejo familiar en sus pasos, y al avanzar se fueron encontrando: el John que partía y el John que llegaba. Ambos fueron hacia sus destinos, los cuales, inevitablemente, se cruzaron.
El que partía miró con sorpresa al que llegaba.
Era él, su propia persona, aunque su figura llevaba otro tipo de semblante que aún no definía.
El John que llegaba observó con detalle al que partía y lo encontró con las flores que solía dar a su exesposa y una caja de bombones.
Notó en él un brillo de ilusión que nunca pensó volver a ver.
—No. ¡No vas a hacerlo, John! No esta vez.
—¿A qué te refieres? ¿Acaso nos conocemos?
—No vas a ir a rogarle ni una vez más. Eso se acabó.
—Esto… esto no es cosa tuya. Yo me voy. Con permiso.
El John que partía trató de manejar la situación, pero el John que llegaba puso su mano en el pecho del otro, impidiéndole seguir.
—No, de acá no sales. ¡De verdad que eres masoquista! ¿No aprendiste nada en estos años? Te va a usar y luego otra vez te va a dejar, y ya pasamos por eso, John.
El que partía guardó silencio y trató de ver un poco más allá de su rostro, hasta que entendió mejor con quién estaba hablando y no pudo evitar el desconcierto.
Todo aquello que escuchaba ya se lo había dicho y negado, dejando que un espejismo estuviera al mando una y otra vez, hasta quedar nublado por las sombras del pasado, como si insistiera en repetir una cruel lección que no se permitía superar.
—Oye, no quiero problemas, tengo afán.
La presión de la mano en el pecho se hizo más fuerte hasta convertirse en un empujón.
—Caes bajo: arrastrarte por un perdón y asumir la culpa cuando no has sido tú, mirar para otro lado después del engaño, soportar ese tipo de tratos…
No, ya no; se acabó. Entiendo que haya gente que pueda odiarte, John Doherty, tanto como ella lo hace o hasta más.
Yo mismo te he odiado por vivir al lado de alguien que te habla solo para recordarte que le importas un carajo. John, tú hasta aquí llegas hoy.
La noche cayó y la luna llena iluminaba la escena semejando un gran faro acompañado por las estrellas.
El John que partía comenzó a llorar por la ira contenida; sus dientes crujían a causa de una tensión acumulada por meses de abuso, por su falta de límites, viéndose como el causante de su propio ocaso.
Recordó todo lo que había soportado en silencio, sin otra razón para haberse dejado caer a ese pozo tan profundo que la de haberse abandonado.
La furia le llenó el pecho y su piel estaba enrojecida por la sangre que le hervía.
Las flores y los bombones quedaron en la cubierta del muelle.
John, el que partía, se abalanzó sobre el recién llegado golpeándolo justo en la quijada, dejándolo con la mirada hacia la luna en un viaje prolongado sobre las tablas, donde cayó de espalda encima de un amarre.
De inmediato, John, el que llegaba, intentó reincorporarse, pero ya tenía el cuerpo del que partía encima, ahorcándolo.
Los dos rostros se juntaron: uno rojo, enfurecido, y otro azul grisáceo, casi desmayado.
En ese momento, con su último aliento, John vio a John lanzándole una mirada aguda que pareció haberle detenido el corazón.
—Adiós, John —se escuchó con la respiración entrecortada—. Hasta aquí llegaste hoy.
Cerró los ojos con una sonrisa en el rostro, logrando liberar las manos de su cuello.
Usando su último latido, el John que partía se levantó y dio tres pasos, solo para caer también de espaldas en el muelle, mirando por última vez las estrellas en el gran telar del universo, al que poco a poco iba regresando, como una llama que se extingue, de la manera en que lo hacen los soles en su ocaso.
En ese momento lo entendió: debía morir, y con él, todo sentimiento que lo arrastrara nuevamente a un caos que ya no merecía sufrir.
John murió ese día.
Y así, John también volvió a vivir.
Sobre las tablas del muelle encontraron el cuerpo inerte del John que partía. Al John que llegaba lo encontraron inconsciente y lo llevaron al hospital de Bahía Luz, aquel lugar donde tendría su despertar.