Aquello que reclama su nombre XXXVIII
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XXXVIII

N uevamente, el doctor salió primero para encender las luces.

Justo cuando se pudo ver dónde poner un pie en la baldosa, el grupo salió del ascensor.

Abril sostenía la mano de John, quien esta vez aligeraba el paso: quería llegar pronto.

Cruzaron la puerta de la morgue. El doctor llegó antes al cuerpo y esperó a que todos estuvieran en posición para retirar la sábana blanca.

—Es idéntico a ti, John, así que no será fácil.

—Lo sé, doc. Fue como verme al espejo, pero no me arrepiento de haberlo puesto ahí.

Tras la confesión, el médico quedó paralizado: la revelación le llegó como una bofetada y le hizo repensar todo el caso, desde el levantamiento del cuerpo hasta la necropsia y los resultados forenses que llegaron de la capital.

Saltaba de una hoja a otra del informe médico sin encontrar una causa que indicara asesinato, y su silencio formulaba una pregunta que tanto la jefe como Abril sostenían con el movimiento impaciente de sus ojos, cruzando miradas que llegaron hasta John, buscando una respuesta a la pregunta que flotaba en el aire.

Abril le tocó el hombro para llamar su atención, la cual se centraba en el cuerpo sobre la plancha de acero, estaba inmerso en un recuerdo de la noche anterior en el muelle de Bahía Luz.

—No podía haber sido de otra forma. Tenía que ser yo, y así fue.

—John —intervino la enfermera jefe—, sabes que esto trae consecuencias, y creo que varias veces te preguntaron si habías sido tú. Lo negaste siempre.

—Hasta ahora lo llegué a entender. No fue algo planeado, aunque sí deseado.

—Espera, vamos a necesitar un abogado antes de continuar —repuso Abril—, o todos vamos a tener que subir a un estrado y testificar lo que estamos oyendo aquí.

—No va a ser necesario. No tengo nada que ocultar. Así que adelante, déjeme verlo por última vez.

El doctor respiró profundo, para luego quitar el manto del rostro.

Los ojos de todos se abrieron al máximo; el velo blanco se movía lento como un telón que pretende demorar la revelación de una escena.

Abril y la jefe quedaron sorprendidas con el parecido; lucía un poco más subido de peso, pero sin duda eran el mismo.

John puso su mano sobre el cuerpo tendido.

—Adiós, John. Sabes que fue lo mejor. Te agradezco por todo.

Esas palabras, si bien marcaban un cierre para él, a los demás solo les dejaban inquietudes. Se tomó un tiempo haciendo memoria, reconstruyendo los hechos. Paseó su mirada por todos los presentes y luego dejó la mirada clavada en el rostro pálido del otro John.