Aquello que reclama su nombre XXXVII
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XXXVII

J ohn estaba especialmente alegre, con un semblante renovado, aunque caminaba con lentitud hacia la salida del cafetín debido al dolor punzante en la espalda. La enfermera trataba de apresurarlos sin éxito. Abril le seguía el ritmo a John de una forma tan natural que se veían coordinados.

—Qué particular verte así, alegre, en medio de esta situación, insisto. A propósito, tienes una sonrisa muy bonita.

—Gracias y, bueno, creo que, siendo toda una reportera famosa, ya estarás enterada de los detalles que me tienen aquí, aunque te falta mi versión.

—No quiero ser imprudente, eso puede esperar. Tengo lo suficiente como para crear una muy buena intriga sobre la charla que tendré contigo.

La jefe leyó la situación como un fino trabajo de coquetería. Abril tampoco ocultaba que así lo fuera; no lo hacía para tener la primicia. Esa conexión, a los ojos de la enfermera, era genuina y comenzaba a hacerle gracia, dados los hechos que los rodeaban.

—Puedes colocarte el gafete de reportera en mi suite —dijo John—, tengo la mejor vista de todas. Eso sí, convence a la policía de que sea ahí o vamos a hablar en otro tipo de celda. Yo me he encariñado con esta. Ya ves que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero yo sí.

—Amor, yo me encargo de eso —respondió la jefe—. Ojalá y no se hayan enterado de tu intento de escape.

—Jefe, yo lo traje aquí y me responsabilizo totalmente —dijo Abril.

—Ahora me va a decir que también lo vistió —replicó la jefe.

—No podía traerlo así no más a una primera cita, ¿verdad? —bromeó la reportera.

Tanto John como la jefe abrieron los ojos de una manera cómplice y luego cruzaron las puertas que llevaban al pasillo.

—Ojo, es un hombre casado, señorita Abril.

—Está separado, y a nadie le hace daño tomar un café para conocerse mejor.

Las sonrisas no se hicieron esperar en los tres, que a su ritmo estaban llegando hasta el ascensor. Abril le tomó la mano a John para darle apoyo, ya que tambaleaba al caminar.

—A mí también me gusta tu sonrisa —dijo John.

—Entonces voy a sonreír más seguido —contestó Abril.

Dejaba ver algún tipo de gusto que ni ella entendía muy bien; le parecía fascinante todo aquello que lo envolvía, y eso era parte de su atractivo.

Él mantenía cierto brillo en sus ojos mientras la reportera lo escoltaba a su suite , un instante idílico que duró lo que tardó la apertura de las puertas del ascensor en ese piso.

—¡Idiota! Así que esto viniste a hacer aquí —gritó la exesposa rompiendo la magia, expulsando maldiciones. John estaba frente a su ex.

El doctor y el sargento se quedaron tan sorprendidos como ella; en tanto que la jefe solo pudo pensar que la pillaron con su paciente fuera del cuarto.

»—No les salió el juego, idiotas. Tú y la reportera, tú y ella, sobre todo con ella —gritaba, caminando hacia los dos, como si fuese a golpearlos. Allí tuvieron que intervenir el doctor y el sargento.

—Todos tranquilos —dijo el sargento.

—Jefe, ¿qué es esto? —preguntó el doctor.

—Cariño, salimos a caminar. No le avisamos a nadie, pero estamos en el hospital y John está conmigo —aclaró la jefe.

—Más bien está de paseo con esa bruja —refutó la ex—. Ya entiendo todos sus comentarios; es una abusiva imbécil.

John estaba sorprendido de ver a su expareja así, de repente. Por otro lado, Abril, de una forma retadora, comenzó a reírsele en su cara; no de nervios, no por burla, sino con una especie de satisfacción perversa, echando más leña al fuego.

—Y tú, tú… no lo esperé de ti. No quiero verte nunca más —recalcó la ex señalando a John con la misma mano en que sostenía el pañuelo. En seguida, notó que John ponía sus ojos en ese regalo que le había dado tiempo atrás.

—Aún lo conservas. Imagino que tienes varias cosas mías contigo; bueno, yo no me llevé mucho —dijo John.

La ex buscó una de sus manos para devolverle el pañuelo. Al ver que Abril tenía sujeta la derecha, se lo arrojó con rabia en la cara.

—Quédate con él, ni una lágrima más por ti jamás.

—¿Fue tan grave la lesión? —dijo John—. Pensé que estaría bien. ¿Acaso me voy a morir? —No entendía qué pasaba; nadie le había dicho la verdad, aunque inocente no era.

—Vine a identificar tu cuerpo, idiota, y casi, casi me la creo. No sé cómo lo hicieron, esto es una burla, los voy a demandar. Es grotesco, enfermizo. ¿Y tú? Sí, tú —señaló a John—. Eres un idiota, me enfureces, me haces mal, no te quiero en mi vida. Siempre has sabido sacar lo peor de mí.

Él respiró profundo y cerró los ojos. Se vio sumergido en los recuerdos más oscuros de una antigua vida que se forzó en sepultar, la cual reclamó su luz, eclipsándolo por un momento.

Caminó entre esas memorias como quien pasea por un museo del horror, lleno de imágenes y sensaciones viscerales que le provocaron un dolor intenso en el pasado; en lugar de verlas con culpa, lo hizo con compasión, porque, de alguna forma, todo aquello lo impulsó a avanzar; cercado por las dudas, sumergido en la zozobra y con el alma revuelta, pero decidido a actuar para reescribir su historia o crearla de cero si fuera necesario.

Así que las vio por última vez, dejándolas atrás, en la penumbra, regresando al presente, fuera del ascensor.

Sonrió para sí y abrió los ojos. Su mano seguía aferrada a la de Abril, quien lo apretaba con fuerza, invitándolo a reaccionar.

—Pensé que ya no te importaba. Viniste a comprobar si estaba muerto… y, bueno, aquí estoy.

—Para mí estás muerto, John, muerto.

—Para la ley no. Aquí están sus cosas, señor —intervino el sargento.

En un movimiento sagaz, el oficial reacomodó la situación. Colocó en el pecho de John las pertenencias que subió de la morgue. Él las recibió extrañado; no las descifró muy bien. Sin embargo, allí estaban algunas cosas que en otro momento pudo reconocer como suyas.

—Gracias, sargento —remarcó John.

—Señora, hay que dejar una constancia de quién, para usted, es John Doherty.

—Yo vine a identificar un muerto, y yo a John lo veo muy vivo, les juro que esto no se queda así.

La exesposa se detuvo frente a John como quien va a soltar una cachetada.

Ganas no le faltaban, pero la mirada de él era diferente: profunda, estoica.

No se atrevió a hacer nada más. Dio tres pasos atrás, asustada por algo que solo ella pudo descifrar en sus ojos.

Se dio vuelta y se marchó buscando la salida del hospital.

El doctor y el sargento la siguieron, esperando que se fuera de una buena vez para la capital.

El médico se quedó en la recepción viéndolos salir, saboreando el momento, que le decía que ellos dos, John vivo y John muerto, eran el mismo sujeto.

Aun así, no entendía cómo. Tal vez alguien más tendría la respuesta y no se iba a quedar con la duda.

—¿Estás bien? —le preguntó Abril a John.

—Sí, solo estoy algo aturdido. Fue mucho en poco tiempo. Así no lo imaginé, no así.

—¿Cómo que no te lo habías imaginado así? —inquirió Abril.

John volvió a los recuerdos sobre el muelle, tratando de organizarlos, aceptándolos, digiriéndolos. Aunque podía verlos con mayor claridad, el significado que tenían era bastante oscuro y no conseguía comprenderlos.

—Creo que ya está bueno de emociones, dulzura. Vamos a la habitación, llevas mucho tiempo por fuera —dijo la jefe.

Antes de responder, le clavó una mirada profunda; un aire de determinación se mostraba en los ojos de John.

—Yo antes quiero ver al otro. Jefe, tengo que verlo o no voy a estar tranquilo.

—Ya tuvimos suficientes problemas, no es buena idea —aclaró la jefe con algo de frustración.

—Quiero hablar sobre esa noche, pero debo verlo. Jefe, de verdad lo necesito, ayúdame una última vez.

Movida por su curiosidad, accedió. Esperaron el ascensor y, para el momento en que abrió sus puertas, había regresado el doctor. Sin decirle nada más, lo empujaron adentro. Abril, la jefe, el médico y John entraron en la cabina.

—¿Para qué bajamos? —preguntó el doctor.

—John quiere ver al otro y está en su derecho, corazón, si es que le robaron la identidad —dijo la jefe.

—Creo que la policía debería estar aquí, ¿no? —Abril hizo la salvedad.

—Lo que diga puedo colocarlo en papel; igual están ustedes como testigos y no me van a dejar mentir —aclaró John.

—Esto podría ser traumático, amigo —advirtió el doctor.

—Pues estoy en compañía médica —finalizó John.

El descenso los sumergía en un ambiente cargado de expectativas para las cuales nadie encontraba palabras. La sola idea de ponerlos cara a cara era lo bastante tensa como para que ese encuentro simplemente se diera, sin conjeturas ni mayores explicaciones.