Aquello que reclama su nombre XXXVI
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E l sargento salió del recinto a paso firme, como quien huye del frío. El doctor se quedó con la mujer. A pesar de su alegato, la ex seguía mirando a John sobre la bandeja de acero, así que el médico decidió darle un momento sin decir nada más, respetando ese espacio.

Ella estaba recordando cada instante de sus vidas en una introspección que la mantenía con la vista clavada en él.

Sus manos se movieron para tocarle la frente, recorriendo por última vez el rostro.

Sabía que no habría otro espacio para ello.

Sus ojos parecían incrédulos, en negación; luego se le llenaron de lágrimas, que tímidamente rodaron por sus mejillas y que no tuvo afán de limpiar.

Sus labios entreabiertos se movían como si estuviese diciéndole unas palabras de despedida, que solo él y ella hubiesen podido entender.

Se acercó juntando sus cabezas de la forma en que se cuenta un secreto, el cual se le escapó a viva voz:

—Perdóname, John.

El doctor, como un espectador, seguía inmóvil, conmovido por ese adiós.

Fuera lo que fuera que aquella mujer le hubiera hecho a John, pesaba como una gran maleta que arrastraba a donde iba.

El galeno pensó en que esa era la razón de su rencor, de su cambiante humor; tal vez era la culpa que le venía del engaño, de su falta de lealtad, de no haberse despedido como se debía de aquel hombre que tiempo atrás le juró amor.

El momento siguió sin ser interrumpido por el sargento, quien se asomó con ánimos de acelerar el paso, pero se detuvo al ver semejante aflicción, que, para él, era más un tipo de castigo divino: una pena clavada en el corazón como una estaca.

Al tiempo que transcurría aquella escena y se alcanzaban a escuchar unos tímidos sollozos, el bolsillo del sargento se sacudió. Leyó un nuevo mensaje del Novato:

«John no está en la habitación, nadie sabe a dónde fue».

Tomó una gran bocanada de aire denso —que era lo único que se respiraba en el piso de la morgue— para llenarse de paciencia mientras observaba a la exesposa en su papel, que luego él calificaría de simple teatro, reviviendo en su memoria las evidencias que la ponían en un muy mal lugar.

La mujer recobró su compostura, limpiándose el rostro con un pañuelo de seda que John le había regalado años atrás.

Luego de secar sus lágrimas, lo dejó sobre su cuerpo.

El doctor la miró con una expresión compasiva, entendiendo de alguna manera su dolor, pues, aunque ahora fuera su exesposo y entre ambos hubieran quedado muchas diferencias, alguna vez llegó a ser, siquiera por un tiempo, su alma gemela, el amor de su vida; y, como todo gran amor, eterno hasta que se termina.

Ella caminó presurosa hacia la salida. El doctor se encargó de cubrir el cuerpo, deteniéndose a verlo por última vez, asombrado por el parecido con su paciente en recuperación, algo que no podía explicarse, y sintió alivio porque su ex lo había identificado.

Terminó de cubrirle el rostro, soltando un último pensamiento: «Son el mismo». Al darse la vuelta, pegó un brinco: se encontró de frente con la ex, quien regresó de repente.

—Con permiso —dijo ella.

El doctor se quedó mirándola. Ella recobró su pañuelo y se lo llevó al rostro. Luego se retiró con un zapateo insidioso hacia la puerta, ignorando por completo al sargento, que seguía en la entrada.

El doctor se dio prisa para acabar el asunto y hablar con el sargento.

—¿Viste eso?

—¿Ver qué? ¿A una arrepentida, que quiere sacudirse la culpa?

—Caramba, ten un poco de compasión por su pérdida.

—Ella no tiene nada de eso hace rato. Doc, a propósito, mira esto.

Le enseñó la pantalla del celular con el mensaje del Novato.

—No puede ser. ¿Y ahora?

—Vamos al consultorio otra vez.

Tomaron camino hacia el ascensor. La exesposa ya lo había pedido y estaba próximo a llegar. Le dijeron a la mujer que irían al consultorio; ella accedió sin reproches. Se encontraba algo ida, ensimismada con ese golpe de realidad que tuvo en el anfiteatro.

El sargento estaba enfurecido, pero lo disimulaba muy bien. No podía creer que John se hubiese escapado. Tampoco confiaba en las lágrimas de aquella mujer.