XXXIV
D iligenciados los papeles por parte de la exesposa, el sargento salió del consultorio con la excusa de hacerle unas preguntas al doctor sobre la alarma que había estado sonando.
—No nos entendimos para nada, doc. Lo único que quiero es ser justo; hay detalles que me hacen desconfiar de esta señora. Sobre todo, hay cosas que van a ser más difíciles de explicar y sostener en el papel.
—Amigo, me estás pidiendo que diga mentiras y eso no va conmigo —replicó una vez más, desde el ego que se retorcía por salir a flote para cumplir su propósito: salvarse a él mismo.
—Lo que te pido es que seas objetivo. No puede estar el mismo hombre muerto y el mismo hombre vivo en el mismo lugar; sin embargo, los dos están acá, en Bahía Luz. ¿Hay alguna razón científica para eso? No lo creo.
—Lo has dicho tú: a pesar de la lógica, la ciencia o como quieras llamarle, los dos están acá, y la exesposa tendrá que verlos.
—Será así, pero el agua sucia te puede salpicar, doc.
—No hubo error, a menos que hubieran entorpecido las muestras o que la policía, una vez más, haya confundido los análisis. Ya he visto casos.
—¿Esto es en serio, doc? Viste a los dos, los examinaste, sabes de lo que hablo y, de alguna forma, me estás dando la razón.
El doctor hizo silencio, dejando a un lado sus emociones para intentar ver la película completa, pues tanto el parte médico como la ciencia forense y la investigación policiaca definieron que se trataba del mismo hombre, vivo y muerto.
Eso, más allá de la fascinación del caso por su rareza, le sembraba dudas que lo ponían a repasar su actuar en cada procedimiento sin encontrar inconsistencias y, al final, teniéndolas todas.
—Yo sé que es extraño, pero es lo que es —repuso el médico—. Dime entonces qué hacemos. Bastante tengo con este lío y no pienso sumarle el genio de la viuda. La escuchaste gritando arriba, ¿cierto?
—Estamos en manos de ella, doc. Los papeles ya están. Vamos a la morgue.
El oficial abrió la puerta del consultorio. La exesposa estaba leyendo los documentos, repasando la información de la cual tuvo solo unas preguntas.
—Acá dice que el cuerpo se entregará a su grupo familiar en primer grado. Aún no hemos firmado el divorcio legalmente, así que van a tener que hablar con sus hermanos. Yo ya no voy a hacerme cargo de más cosas sobre John.
—Viniendo de usted es entendible. Lo digo porque sé que hace mucho no son pareja.
—Pues sí, así es. Por otro lado, ¿cuándo estará lista el acta de defunción? ¿Me la puedo llevar, la recojo, la envían?
La miró, acusando su desfachatez sin ocultarlo, pero sabía que nada iba a lograr soltándole las palabras que pensó para responderle. Tomó aire y decidió contestarle con prudencia.
—Terminada la investigación, la contactaremos. Recuerde que debe identificar a los dos sujetos.
—Entonces no perdamos más tiempo. Quiero llegar a casa para la cena y me imagino que sus muchachos están esperando para llevarme de vuelta.
La exesposa, el doctor y el sargento caminaron por el pasillo, ambientado por un aroma a café fresco, y eso le recordó a John.
»No podía comenzar el día sin su café; lo tomaba para escribir cada mañana, era su gasolina —agregó ella.
Cruzaron las puertas del ascensor y bajaron a la morgue.
Luego del comentario, ni el doctor ni el sargento abrieron la boca; los dos estaban suficientemente ocupados imaginando los posibles escenarios que desencadenaría la identificación del cuerpo, lo cual llevaría mucho, muchísimo papeleo, seguramente.
La puerta se abrió semejando algún tipo de portal que llevaba a un mundo subterráneo donde el color no existía o la luz aún no se hubiese inventado. Los dos caballeros caminaron en la penumbra. Para la exesposa, eso significaba dar una especie de salto al vacío, y dejó de avanzar.
De alguna forma, la oscuridad se coló entre sus capas más duras hasta instalársele en el rostro.
Aquellos temores de la infancia, los que se mantienen encapsulados entre buenas experiencias y mantras que repiten una y otra vez que todo va a estar bien, encontraron la manera de salir.
La oscuridad le extendió la mano y ella la tomó como si la estuviese ayudando para llegar a su consciencia, donde podría libremente tomar el control.
Estaba petrificada, con sus tacones anclados al suelo, luciendo como lo hacen esos árboles secos que ya no mueve el viento. Pero, antes de quebrarse, la luz del pasillo se hizo presente, sacándola de su encierro en el ascensor y permitiéndole recuperar el pulso.
—Disculpe, siempre dejo apagado aquí y los sensores se activan desde adentro. Acompáñeme por acá —dijo el doctor.
El sargento estaba agotado de todo el asunto y de aquella mujer que solo quería cumplir un trámite para ir directo por su cheque al banco.
Los pasillos no eran tan diferentes a los que se encontraban en pisos superiores del hospital, exceptuando por la temperatura, que estaba sensiblemente más baja.
Ella y el doctor entraron por la puerta hecha de acero inoxidable, la cual daba acceso a la morgue. Pasando ese portal, estaba el sargento, esperando al lado de una gran bandeja, hecha también de acero, donde una sábana blanca mantenía cubierto el cuerpo de John.
El frío que despedía la cava de la morgue le llegó hasta los huesos a la mujer, que por más que quiso caminar rápido no dio con los pasos para alcanzar al doctor.
Pareció tomarse su tiempo, como pensándoselo bien, pero el letargo era más un efecto del frío que de decisión, aunque el miedo se asomaba por sus hombros y espalda.
En la cabecera de la cama mortuoria vio una carriola con los objetos personales de John, los cuales identificó al instante.
—Son sus cosas. Le regalé esa billetera.
—Mire la libreta, ¿es la letra de John? —preguntó el sargento.
Extendió las manos y tocó la libreta, sintiendo la textura, y luego la abrió. Los ojos se le iluminaron con el brillo de un lindo recuerdo, de la manera en que parecía tener en ella un poquito de amor, de cariño o siquiera de afecto por ese hombre que había sido su esposo.
—Es de él, es inconfundible. Y su forma de escribir… es él. Tenía un talento que nunca supe de dónde le venía, era bueno en lo que hacía. Así era John.
El doctor y el sargento se miraron y alzaron las cejas. Ninguno, a estas alturas, esperaba siquiera unas palabras generosas de la mujer hacia John, pero las tuvo.
—¿Está lista? —le preguntó el doctor.
—No lo sé, pero a eso vine, así que adelante.
Su voz, a este punto, sonaba entrecortada, sin el brío que la estuvo acompañando.
El doctor levantó el manto para descubrir el cuerpo y, de la forma que una neblina espesa se disipa, ahí vio a John, tal como lo recordaba, aunque sin vida, como si se tratara de una fotografía: el recuerdo de lo que alguna vez fue y lo que significó para ella, para esta mujer que, luego de conocerlo en su lozanía, lo identificaba en la muerte.
—Es John, sin duda es John.
—Está totalmente segura, ¿verdad? —preguntó el sargento.
—Sí… es John. Está muerto, obvio, sí, es John: los lunares, la piel… es él.
—Recuerde que tenemos dos cuerpos… bueno, a dos John, y es necesario que vea al otro —añadió el sargento.
—No necesito ver a nadie más, es John. Lo reconocería en cualquier parte. Aún luce de la misma forma, es él.
El genio de la mujer volvió a la normalidad; sin embargo, las cosas eran claras: debía ver al otro.
—Entiendo que lo haya identificado. Ahora hay que descartar al otro. Está en una habitación en recuperación. No tiene que hablar con él, solo verlo por la ventana, si lo prefiere, pero es un requisito —dijo el sargento.
La exesposa bajó la cabeza. Una lágrima rodó por su mejilla y la limpió enseguida, para luego responder evitando mostrarse sensible ante los caballeros.
—No, no tengo por qué. Ya lo identifiqué, es él y punto.
—Lo siento, entonces esto no se va a poder dar y habrá perdido el viaje. El caso exige doble comprobación —sentenció el sargento.
—Esto es absurdo. Él es John. ¿Acaso no compararon sus huellas y demás cosas que siempre se hacen?
—Sí, todo como la ley lo indica. Y ahora necesitamos que siga colaborando —afirmó el sargento, cansado de lidiar con una mujer tan complicada.
Si bien era abrumador estar allí identificando un cuerpo, su proceder era totalmente desconcertante. A pesar de su breve muestra de empatía, parecía estar privada de bondad, le molestaba saber algo de John; ni siquiera escuchar su nombre.
Ninguno conocía la relación que los dos habían tenido, su sufrimiento, las peleas, los momentos felices, las celebraciones especiales o si realmente estuvieron enamorados, pero toda esa nube negra que cargaba aquella mujer le daba mala espina al sargento, quien además conocía los movimientos que hizo una vez enterada del deceso de su exesposo: maniobras que le parecían mezquinas y, por tanto amañadas, así que no confiaba en ella.
Tampoco le dejaría simplemente salirse con la suya, a lo cual estaba acostumbrada, por lo menos en cuanto a lo que se refería a John.
Ni él ni el doctor estaban para aguantar las pataletas de una mujer tan quisquillosa, aunque ¿qué sería lo correcto?
A nadie se le juzgaría por llorar o no a otra persona, por recordar su vida juntos o siquiera por estar abierta a realizar este tipo de diligencias.
Las razones que llevaron a esta mujer a Bahía Luz eran difusas. No se trataba de un mero apoyo a la justicia, de ofrecer un último adiós a esa persona que tanto significó en su vida ni de dar consuelo a esa alma que ya había partido de este mundo.
Luego de un silencio largo, la ex respondió:
—Pues no, no lo voy a hacer. Él es John, no tengo por qué ver a nadie más.
El sargento, quien de cierta forma sabía leerla, se hartó de la mujer. Tomó los efectos personales de John y los puso en una bolsa ante la mirada confusa del doctor, quien en ese momento solo era un observador, aunque ya se estaba dando cuenta de quién era ella.
—Vamos, su visita aquí ha terminado —concluyó el sargento.
—Usted no tiene ni idea de mis alcances. Lo voy a joder —vociferó ella.
Una vez más usó los gritos, ofensas y manipulaciones como herramientas para intentar que la autoridad cediera a sus caprichos, pero era ya un recurso inútil que no detuvo el accionar del policía.