XXXIII
L as enfermeras que se encontraban en una reunión de capacitación se alertaron con la alarma.
Aunque sabían que no había de qué preocuparse, dieron por terminado el encuentro de inmediato, el cual se supo alargar más de la cuenta debido al chismoteo intermitente que surgió tras los gritos provenientes de la sala de juntas médicas, donde la ex arremetió contra la reportera.
Aquello, incluso, llegó a tratarse como un punto más dentro de la agenda.
Y es que un poco de acción no caía mal. Los pasillos, aunque concurridos, carecían del vértigo propio de un hospital en la capital, con casos urgentes o personas corriendo hacia emergencias.
La única novedad allí eran los acontecimientos ocurridos la noche anterior.
Tras darle vueltas a las hipótesis sobre la separación —donde la mayoría se inclinaba por un supuesto trastorno bipolar de la exesposa y otras señalaban que lo había estado engañando y un pequeño grupo la calificaba de histérica—, retomaron la agenda del día: manejo de insumos y protocolos de atención.
Luego vino otra ronda de comentarios, esta vez sobre lo ocurrido en el muelle. Todo derivó, nuevamente, en conjeturas.
—Lo iba a botar al mar y no pudo levantar el cuerpo.
—¡Ah, claro! Por eso se resbaló y se dio un tortazo.
—Uno de los dos es el amante y el esposo tomó venganza.
—¡No! El amante se queda con su identidad y ya no hay divorcio.
—A mí me huele a crimen organizado… o mafia.
Agotadas las teorías, volvieron a los códigos de emergencia: cómo anunciarlos y cómo gestionarlos. Después pasaron a temas de higiene postural y pausas activas… hasta que, inevitablemente, la conversación regresó a John.
—No creo que lo haya hecho.
—Es muy lindo, se ve tan tranquilo.
—Esos son los peores, los que parecen que no rompen un plato.
—A mí me gustaría conocerlo mejor.
Poco antes de finalizar, la alarma comenzaba a sonar, empujándolas hacia los pasillos para transmitir calma a las personas que encontraban. Recorrieron los pisos hasta que la alarma cesó y todo volvió a la normalidad.
La enfermera jefe habló con uno de los conserjes para confirmar que se trataba de un fallo eléctrico, algo que ocurría ocasionalmente y no representaba mayor preocupación. Durante la charla, recibió una palmadita en el hombro, que atendió solo después de terminar su averiguación.
Una enfermera auxiliar la requería. Se veía consternada.
—Dime —dijo la jefe.
—No sé cómo va a tomar esto, John no está en la habitación.
—Su habitación tiene baño, ¿revisaste ahí?
—Sí. Pero no está… ni él ni su ropa.
—Llama a seguridad. Que pidan documentación a quienes intenten salir.
—Sí, señora, ya mismo.
—Ah, y revisa muy bien los pisos de arriba. Yo voy al primero.
La jefe se apresuró. Quería encontrar a John antes de que tuviera más conflictos; ya tenía demasiados encima.
Por sus lesiones, tampoco podría ir muy lejos.
No era el tipo de persona que se quedara quieta por mucho tiempo, tampoco alguien que se metiera en problemas innecesarios…
aunque, últimamente, lo perseguían. Por otro lado, debía evitar que los oficiales y el doctor se enteraran de la fuga.