Aquello que reclama su nombre XXXII
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E n la cafetería, la plática continuaba entre pequeños sorbos de café y confesiones que iban surgiendo a medida que ambos entraban en confianza.

—Sí, John. De hecho, es mi primera visita a Bahía Luz. Y digamos que el turismo no fue lo que me trajo.

John la observó con cierta perspicacia, sin olvidar que ella le había ayudado.

—¿Has venido por trabajo? ¿Estás con el hospital?

Abril sonrió, como una forma de suavizar lo que estaba a punto de contarle: que la razón de su visita era él, que vino desde la ciudad a cubrir una noticia con un titular cargado de rating para su Canal y que, de alguna manera, ya lo estaba entrevistando mientras compartían una taza de café.

Lo del teléfono se trató de una estrategia sagaz para quedarse con el número y llamar después.

Lo tenía en la punta de la lengua cuando algo interrumpió el momento abruptamente.

»—¿Escuchas eso, Abril?

La alarma contra incendios se activó de repente. Abril contuvo sus palabras. El sonido, aunque agudo, provenía desde fuera del cafetín. La gente atendió la señal, caminando con prisa hacia las salidas. Sin embargo, John no parecía inquieto.

Tomó la mano de Abril.

»Espera. Dejemos que todos salgan. Algo me dice que esa alarma es por mí y, si me buscan, prefiero que me encuentren tomando un café.

Abril abrió los ojos por completo y, con cierta incredulidad, dio un pequeño sorbo a su bebida.

»Ahora puedes lanzar un ¿por qué? —dijo John.

—Así que te has salido de tu cuarto sin permiso… o algo mucho peor, ¿verdad?

—Soy John Doherty y, desde hace veinticuatro horas o menos, estoy hospitalizado y detenido por un asesinato que no cometí. Ya deben saber que salí de mi habitación y por eso activaron la alarma. Solo quería un teléfono… aunque confieso que quería mucho más una taza de café. Esa es mi historia.

—Hum… entonces yo fui tu derecho a una llamada y la usaste para comprar una casa en el lugar que te mantiene «encarcelado». Eso es muy particular. Si fuera tú, saldría corriendo de aquí ya mismo.

John ensanchó la sonrisa y miró a su alrededor. El lugar se estaba vaciando casi por completo, aunque el personal de la cafetería seguía trabajando con normalidad, limpiando y ordenando.

—Este lugar, por el contrario, me liberó.

Te aseguro que no hay peor cárcel que la mente.

Y aunque he podido entender lo que se siente estar tras las rejas, también he aprendido a llevar mi atención más allá de las paredes.

Estoy aquí sin saber a quién supuestamente he matado ni cómo lo hice.

Solo recuerdo caminar por las tablas del muelle, con la idea de darme otra oportunidad para comenzar de nuevo, eso entre otras cosas.

—Yo, en tu lugar, estaría invocando a los mil demonios y buscando culpables. Ya habría hablado con mi abogado para mandarlos a todos al carajo.

De pronto, ambos estallaron en carcajadas, burlándose de aquella suerte, llamando la atención de los empleados del cafetín, que seguían en lo suyo mientras la alerta continuaba resonando afuera.

—Esa alarma se dispara de vez en cuando. Debe estar por apagarse, no se preocupen —les dijo una mesera que recogía los platos de otra mesa.

—Y entonces, ¿cómo saben cuándo es de verdad? —preguntó Abril.

—Nunca ha pasado nada. Imagino que vendrán los de seguridad, pero créanme, nada raro pasa aquí. Solo lo del tipo del muelle; es lo único. Todo sigue igual de tranquilo. Avísenme si quieren algo más. —Enseguida se retiró.

John y Abril se miraron. Ella asintió levemente, como reconociendo que Bahía Luz tenía algo especial.

—¿Y tu exesposa? Disculpa la pregunta, pero ¿por qué se separaron?

—Me debes una respuesta. Te contesto y luego me dices qué te trajo aquí.

—Claro que sí… pinky promise .

—Pues a ella se le acabó el amor, eso me dijo. Aunque más tarde entendí que me engañó y se engañó a sí misma. Yo aguanté más de lo que podía y eso me pasó factura. Me hizo creer que atravesaba por un momento difícil… y ahora pienso que tal vez sí.

Tomó respiro y un sorbo de café.

»—¿Sabes? Acostarse con otro y romper una relación de años no es algo fácil de manejar. Lo digo más bien por lo que se deja atrás: acabar una familia, el engaño, la traición… esas son cosas que te marcan. Son una maleta muy pesada de cargar. Que rehaga su vida; yo ya tengo la mía.

Abril, que ya conocía ambas versiones, no terminaba de entender cómo un hombre con tantas cosas encima, en tan poco tiempo, pasaba la página de esa forma.

»Bueno, ahora vas tú. No voy a repetir la pregunta.

El tiempo se le acababa a la reportera. Había estado lo suficiente en el lado seguro de las preguntas y ahora la situación le exigía a ella respuestas, cosa que logró ponerla incómoda.