XXXI
L a única reacción que la exesposa tuvo al escuchar las palabras del sargento fue mirar al doctor, buscando corroborar si lo que decía tenía algo de cierto. Estaba cansada de los juegos que, según ella, implicaba la actitud del servidor público, manteniéndola en un constante vaivén emocional.
Levantó ambas cejas en dirección al doctor.
—Escucha con atención, él te lo explica todo —dijo el médico.
Aquello hizo a la mujer regresar la mirada al sargento de forma desdeñosa.
—A ver, entonces lo escucho, sargento.
—Su esposo…
—Exesposo.
—Su exesposo, o por lo menos quien pensábamos era su exesposo, murió la noche de ayer en circunstancias extrañas, que nos han llevado a realizar una investigación detallada de los hechos.
—¿Cómo así que «quién pensaban era mi esposo»?
—Déjeme continuar. El parte médico dice que se trató de una muerte súbita, algo que el doctor puede corroborar. Así consta en las actas. Las pertenencias encontradas en poder del occiso corresponden a John Doherty.
Tomó una breve pausa antes de continuar.
»—Hemos necesitado un reconocimiento de identidad más profundo, ya que en el lugar de los hechos se ubicó a otra persona inconsciente, sin documentación, quien al ser interrogada respondió también al nombre de John Doherty.
Él ahora se recupera de las heridas causadas durante un presunto robo ocurrido en los muelles de Bahía Luz.
Ella se mantenía atenta a cada palabra del sargento.
»—Debido a que ambas personas responden al mismo nombre, tuvimos dificultades para identificar a los sujetos. Esa es la razón por la cual está usted aquí. Pero estos errores son una excepción. Ahora bien…
Antes de que pudiera terminar, la exesposa lo interrumpió abruptamente:
—A ver, no comprendo. ¿John está muerto o está vivo? Por lo que entiendo, lo confundieron con la persona que está muerta, pero… ¿cómo es que no lograron identificarlos? ¿Para qué me hicieron venir? No creo que sea tan difícil para la policía, y menos para un médico saber quién es quién. ¿O sí?
El sargento miró al doctor, esperando que respaldara la versión.
Su amigo tenía la cabeza inclinada hacia el piso, con los codos apoyados en las rodillas y la mano izquierda en la sien, dándole vueltas al discurso que acababa de escuchar.
Tardó en reaccionar y, sin una respuesta clara, contestó como pudo:
—Pues… esa es la versión oficial.
El doctor fue escueto.
La exesposa buscaba más contexto. Le clavó la mirada, intentando sacarle más palabras, una verdadera explicación. Su paciencia se agotaba, aunque sabía que no le convenía enfrentarse a la ley con agresividad, menos después de los movimientos que hizo en las últimas horas.
El doctor, que siempre supo qué decir a sus pacientes y a sus familias, que durante años dio noticias difíciles y otras llenas de esperanza, ahora se encontraba sin palabras.
Para él también era inexplicable tener a la misma persona en la morgue y en recuperación.
El sargento, lejos de aclarar los hechos, parecía cuestionar su labor.
Así lo sentía. Aún más cuando el dictamen médico lo había realizado él, al igual que la identificación de los cuerpos.
Aunque para la ciencia no existía explicación, no podía permitirse el señalamiento que se acentuaba en la mirada de la mujer, en las palabras del sargento y en su propia conciencia. Una conciencia que, aunque aparentaba calma, le abría la puerta al ego exigiendo certezas.
—Entiendo que esté incómoda. La situación no es fácil, créame, ni siquiera para nosotros con tantos años de experiencia. Estos errores —como dice el sargento— son una excepción… o, mejor dicho, excepcionales.
Tomó una breve pausa.
»—Ahora se va a dar cuenta del por qué la identificación ha sido todo un reto. Usted está aquí para reconocer a su exesposo, así que no ha perdido el viaje. Pero va a tener que ver a los dos.
El sargento blanqueó los ojos sin que la exesposa lo notara.
Al doctor le bastaron unos segundos para entender, a medias, que su amigo intentaba algo más práctico. Estaba en una posición difícil: se sintió, por un momento, en una encerrona y se vio juzgado.
—Okey, pues vamos. ¿Qué documentos o formularios debo llenar? —dijo ella como quien realiza un trámite bancario y está a punto de firmar el desembolso de un dinero.
—Doc, yo me encargo de todo aquí. Espérame afuera un momento —sentenció el sargento con autoridad, tanto que el médico obedeció sin decir nada más.
El proceder del galeno sembraba una enredadera espinosa sobre los planes del policía y ese sería un movimiento costoso para ambos.