XXX
L es sirvieron el café en dos vasitos de cartón amarillo.
La cafetería era lo suficientemente colorida como para hacer pensar que estaban lejos de un hospital y desconectar de lo que fuera que pasara detrás de aquellas puertas de cedro, las cuales separaban los servicios médicos de los alimenticios.
Allí todo tenía un diseño de muy buen gusto, incluso las mesas, con pequeñas lámparas que colgaban del techo y que, muy seguramente, creaban en las noches una atmósfera acogedora. Los ventanales dejaban entrar la luz del día y la iluminación indirecta cubría suficientemente el ambiente del lugar.
En la mesa, sentados cara a cara, el vaho del café parecía serpentear en un sugestivo contoneo, preparándoles el gusto para disfrutar del primer sorbo de café. Abril notó a John pensativo, algo ido. De hecho, observó que pasaba la lengua por sus labios, como si trajera a su mente alguna malicia.
—El que ríe solo, de sus picardías se acuerda.
—Tal cual, pero en realidad estoy tranquilo, Abril, en paz, nada más. Aunque el dolor en la espalda no ayuda mucho.
—¿Y qué es lo que te llena de paz? Porque se te ve en esa sonrisa que tienes de oreja a oreja.
Tomó algo de café y se dio unos segundos antes de contestar.
Sentía que había llegado al otro lado: a la orilla después de la tormenta que casi lo ahoga, dejándole como única pertenencia la voluntad de no darse por vencido.
Soltó todo lastre y ese peso muerto ya no tendría lugar en el viaje hacia su nuevo mundo.
—La sensación de estar en casa después de un largo tiempo —dijo John.
—No me parece que un hospital sea la casa de nadie.
—Lo digo por mí. Antes de llegar aquí estuve pensando demasiado. Cada idea era un alfiler clavándose en mi cabeza. Ahora las cosas son más claras y, aunque todo parezca un gran enredo, me siento tranquilo.
A ella le pareció admirable, pues, al indagar sobre su vida, conocía más detalles sobre los hechos que rodeaban el caso que el propio John.
Se preguntaba cómo alguien en semejante caos —uno en el que cualquiera podría colapsar— se veía tan tranquilo, sin que pareciera afectarle demasiado.
Quizás era el efecto de las medicinas. Pero sus palabras transmitían calma, aunque por dentro había zonas de él que no terminaban de ordenarse.
Por un rato, Abril se quitó el traje de reportera y, en esa mesa, solo estuvieron dos personas conociéndose.
—Y eso transmites. No parece que tuvieras más problema que el de enfriar ese café a resoplos —dijo Abril sonriendo.
—Han pasado cosas y, aunque me dejaron cicatrices, han estado ahí enseñándome. Me llevo esas lecciones para el camino.
—¿Y qué tanto te ha pasado? —Inevitablemente, la reportera asomaba. La conversación los llevó a ese punto.
—No es que sea un gran secreto que quiera guardar, pero dudo que sea prudente decírtelo sin que vayas a juzgarme.
—Bueno, te entiendo, acabamos de conocernos. Entonces dime, ¿en qué lugar del mundo va a quedar tu nuevo mundo?
—Aquí, en Bahía Luz. Algo tiene este lugar que me invita a echar raíces y empezar de nuevo.
—Wow… lo dices como si quisieras desaparecer. Ni que hubieras matado a alguien.
El comentario fue lo suficientemente imprudente como para alertar a John haciéndole pensar que su encuentro no fue casual. Un error infantil que él no pasaría por alto.
—Abril, tú no eres de acá. ¿En qué trabajas?
En Bahía Luz, ninguna verdad podía eclipsarse para siempre, sin importar qué tanto se quisiera administrar.