XXIX
E l presidente del Concejo volvió a mirar su reloj: una antigua reliquia con correas de cuero trabajadas a mano, tan anchas que parecían grilletes alrededor de su muñeca.
Los números romanos mostraban un trabajo de fino detalle que enriquecía visualmente el cronógrafo; además, su estado era inmejorable.
Esa pieza única, una joya de buen gusto, alimentaba la obsesión de su portador por revisarlo constantemente, haciéndolo esclavo del tiempo.
—Bueno, bueno, díganme, ¿dónde está? ¿Les ha dicho algo? La gente está impaciente y eso no es bueno —le dijo con firmeza al equipo del Canal.
Para calmar los ánimos, desviaron la atención:
—Señor, la demora es por los policías —contestó el productor—. Abril es una profesional; además, entre más larga la entrevista, mejor queda hecha la nota.
La respuesta socavó el ego del presidente y reabrió la herida que causó el sargento con sus evasivas.
Él, como máxima autoridad del pueblo, debía estar enterado de cada decisión, aprobarla o rechazarla o, por lo menos, eso creía, inmerso en un juego personal que iba más allá de sus funciones.
Así que, cegado por el protagonismo, se limitó a llamar al sargento por teléfono.
Lo hizo tres veces sin obtener respuesta y, antes de intentar la cuarta, recibió un mensaje:
—Estamos terminando —contestó el oficial.
El sargento conocía muy bien el modus operandi en Bahía Luz, y esas últimas veinticuatro horas lo habían puesto a prueba.
En el hospital, la ex, el doctor y el sargento caminaban sin rumbo claro. El oficial encontró la puerta de un consultorio abierta, miró al doctor y preguntó:
—¿Se puede entrar acá?
El doctor contestó que sí. Los tres ingresaron y tomaron asiento. La mujer ocupó el lugar de una paciente frente al escritorio, mientras el sargento se sentaba en la silla del médico. En ese momento revisó un nuevo mensaje del presidente, que decía:
—¿A qué hora vienen? No me gustan los rodeos. Todo está listo acá.
Suspiró, soltando la apatía que le producía leer aquellos mensajes y la frustración de tener que responderle a alguien que no entendía explicaciones. Aun así, contestó:
—Tenga en cuenta que se trata de una muerte ligada a una investigación. Hay ciertas reglas que debo cumplir, que no son iguales a las de una muerte por causas naturales. Paciencia, señor presidente. Ni usted ni yo queremos saltarnos la ley.
En el mensaje le devolvía la pelota al concejal, quien no tuvo más remedio que tragarse el enojo.
—Listo, tiene razón. Quedo atento —respondió.
—En media hora o menos estaremos allá —devolvió el sargento.
Era una pequeña galleta para alimentar la ansiedad del presidente.
Terminado el asunto, el sargento regresó su atención al consultorio.
En sus manos llevaba la libreta de John que habían encontrado en la cabaña, y unos documentos relativos a la identificación del cadáver para diligenciar.
La exesposa se mostraba impaciente. El oficial hizo tiempo organizando torpemente unas hojas, buscando una forma menos incómoda de decir lo que estaba a punto de decir.
—Y entonces, ¿qué sigue? —dijo ella.
—Señora, tengo que decirle que hemos cometido un error —declaró el sargento.
El médico sintió una punzada que lo dejó en alerta, queriendo entender hacia dónde señalaría la presunta equivocación, pues de cierta forma se vio arrastrado en esa sentencia.